sábado, 6 de abril de 2013

Diez semanas


 El día apuñaló por la espalda a la noche haciéndola descansar entre las sombras que arrojaba el sol del alba. Apenas si ellos dos podían verlas en su pequeño hogar bajo tierra. Algunos rayos serpentearon por las mirillas de la puerta y fueron a dar directamente en los ojos de Shion. Abrió los párpados lentamente. Sus iris brillaban igual que si fuesen piedras preciosas incrustadas en la córnea, talladas con mimo y precisión. Intentó ubicarse. Estaba en la cama, con el pijama puesto. Notó un leve peso sobre su pecho que le hizo orientar hacia él la mirada. Nezumi dormía plácidamente sobre él, con las piernas flexionadas en posición fetal. Tenía ojeras. ¿Cuánto tiempo había estado llorando? Le acarició el cabello. Sostenía fragmentos de la noche anterior entre las pestañas. Le había confesado su secreto mejor administrado. Sabía que tarde o temprano se enteraría, sus ojos grises le harían cantar hasta la última palabra. Pero no fue así. No habría manera más abrupta de que lo supiera, ni puñalada más violenta. Recordó haber estado toda la noche juntos. Abrazados. Sintiendo el calor del otro. Nezumi era un hombre que desde siempre supo reprimir las lágrimas de una forma sorprendente, tanto, que cuando era capaz de expulsarlas le hacían el doble de daño de lo normal. Mas aquella noche fluyeron por sus mejillas desde el primer momento. Las sentía como un ácido dulce, que quemaba gentilmente su piel al despuntar hacia la barbilla. ¿Qué podía hacer en aquella situación sino llorar? ¿Acaso iba a curarle con el roce de su mano? Solo Elyurias como Diosa había sido capaz de  resucitarle de entre los muertos, y si algo enseña la religión es que son contados los milagros. Aunque le implorase que volviese a salvarle, sería un acto de egoísmo por su parte, y a pesar de que a él no le inmiscuyese el destino de los demás, Shion nunca se lo permitiría. Nunca le abrazó tan fuerte como aquella noche, nunca derramó tantas lágrimas desde el día en el que nació. Era suyo. Solo suyo. Completa y absolutamente suyo. No iba a dejar que una enfermedad se lo arrebatase por las buenas. Shion no había podido evitar dejar aflorar el llanto también. Apenas si le salían las palabras para calmarle; no recordaba lo doloroso que llegaba a ser escucharle sollozar. “Todo irá bien, te lo prometo, te lo prometo, mi vida”. Palabras vacías y a la vez tan repletas de angustia. Se acostaron en la cama. Nezumi no le soltaba. No pretendía hacerlo. Apoyó su cabeza en su pecho. Solo el latido de su corazón podría tranquilizarle entonces. Saber que TODAVÍA seguía siendo solo suyo.


Shion deslizó sus pies por el suelo con la gracilidad de un cisne que alza el vuelo a ras del agua. Apartó la cabeza de su amante con muchísima delicadeza, procurando no despertarle. Sintió la necesidad de coger la peluca, la cual yacía en el suelo después de que Nezumi la pisotease desesperadamente, una y otra vez, hasta llenarla de barro y de polvo. Suspiró profundamente. Se lo prometió. No iba a volver a ponerla mientras no estuviese ante su hijo. No iba a engañarle, él tampoco lo había hecho en ningún momento. Se dirigió al armario, al final de la biblioteca, para poder coger una muda limpia y un traje. Una camisa blanca, una americana negra, un pantalón oscuro y una corbata que le cruzaba el pecho como la rúbrica de una esquela fúnebre.  Se acarició la propia cabeza. La envolvía un fragmento de cicatriz que nunca antes había visto, por la zona de la nuca. Se sentía desnudo sin nada cubriéndola. Las palabras que Nezumi había pronunciado cuando había cambiado de apariencia  eran lo único que conseguían hacerle sentir cómodo consigo mismo y sonreír.

“Tener una serpiente alrededor de tu cuerpo me parece encantador, ¿no crees?”

“Considéralo una medalla de honor por sobrevivir”

Por sobrevivir… ¿mh?

Una suave calidez envolvió su cuerpo. Se liberó de un escalofrío.

“La gente está caliente cuando está viva”

-¿Qué haces levantado tan pronto?-la voz de Nezumi se arrastraba por su garganta. Todavía estaba medio despierto. ¿Qué hora sería? ¿Las seis de la mañana, quizás? Con razón aún no había sonado el despertador.

-Me estoy preparando para trabajar. Puedes volver a la cama, si quieres.-ladeó levemente su rostro para poder besarle en la frente.

-¿Cómo te encuentras?- Shion se preguntó si había escuchado lo que le había dicho.

-Bien. Hoy voy al médico al mediodía, después del trabajo.

-Iré contigo. No me voy a separar de ti en todo el día.-restregó su melena negra contra su hombro. A pesar de tener los ojos cerrados a cal y canto con las legañas, estaba completamente despierto.

-¿De verdad quieres venir? Sabes a lo que te expones.

-Bah, no me importa que me echen a los leones si estás tú para recoger los pedazos.

...

Las puertas del Congreso se abrieron ante ellos. Ni las águilas reales extenderían sus alas con tal majestuosidad. Shion cruzó el umbral decidido, sin mirar atrás, con paso firme y sonoro. Su cabeza desnuda no pasó desapercibida desde el minuto uno. Los presentes clavaron la mirada en él sin ningún tipo de reparo, sin disimular. ¿Cómo es que ayer tenía una media melena blanca y hoy no? ¿Qué arrebato le había dado? Nezumi también le observó. Sentía su determinación, su aplomo, su valentía. Le fascinaba. Le tomó la mano, ante sorpresa del hombre moreno. Se la apretó. Notó sus latidos en los dedos. Shion respiró con profundidad. Y continuó andando.

-Presidente,-le asaltó una mujer, caminando a su vera toda su conversación.- recuerde que tiene una reunión ahora a las nueve y media con el ministro de cultura sobre la preservación de las ruinas de No 6.

-Lo sé, lo sé. Gracias por recordármelo.

-Presidente,-esta vez fue un hombre el que repitió la misma acción.- tenemos que hacer balance de los gastos de la nación este mes.

-De acuerdo, pero yo a las dos y media debo estar fuera. Tengo una cita muy importante.

-Pero tenemos que...

-Por favor, no puedo faltar a esa cita. Mañana seguiremos con lo que hoy comencemos.

Su voz se le notaba cansada cuando mencionó que tenía que irse antes. El médico. Recordó que Shion le había comentado que tenía que ir al médico cuando él aún estaba medio dormido. Un violento escalofrío recorrió su vientre hasta colisionar con el esternón. ¿Qué le iba a hacer? ¿Iba a tocar su cuerpecillo pálido y consumido por la enfermedad con esos guantes congelados? ¿Iba a introducirle miles de sustancias por sus finas y frágiles venas? ¿A qué iba a enfrentarse? Su espalda se liberó de otro temblor que le golpeó como un látigo. ¿Qué era lo que iba a ver una vez hubiesen entrado en la consulta...?

Shion abrió la puerta de su despacho, liberándose de un suspiro de nuevo. Su cargo era tanto menos agotador; a pesar de tener el respaldo de una serie de ministros y consejeros, el peso del nuevo país recaía sobre sus hombros. Un paso en falso y todo lo que había construído se vendría abajo. Se desabrochó un botón, o quizá dos, de la camisa. Necesitaba respirar. En el momento en el que ambos entraron en la sala se percataron de que no estaban solos.

-Shion.-ese timbre de voz...-me gusta que seas puntual, te he recopilado una serie de puntos que es bueno que toques en la reunión para hacerte de gui...

Detuvo su charla en el momento en el que alzó la mirada de los papeles que tan obcecado había estado revisando toda la mañana. Los ojos grisáceos de Nezumi se toparon con los suyos. No sería la primera ni la última vez.

-Eve... ¿Eres tú?

-No, soy el fantasma de tu puta madre. Claro que soy yo, viejo loco.

Rikiga soltó una estentórea carcajada en tanto que se le acercó, solo para darle una fortísima y sonora palmada en la espalda al recién llegado.

-¡Coño, parece que han pasado mil años!-de nuevo guardó silencio al desviar fugazmente la mirada hacia el joven presidente. ¿Dónde estaba... la peluca?- Shion, te has... olvidado...ejem...

-Tranquilo, él lo sabe.-respondió, con esa sonrisa dulce dibujada en sus labios que tenía el magnífico poder de inculcar calma a quien la admirase.-Y he decidido no volver a usar la peluca. Me gusta estar así.

-¿Lo sabe?

-Espera, ¿ÉL lo sabe?

Ambos entrecruzaron sus voces, señalándose mutuamente. Shion contuvo una leve risita, contestándoles por orden, intentando que ambos comprendieran la situación actual.

-Por supuesto que lo sabe, es mi pareja. Nezumi, se lo he contado a Rikiga porque es mi secretario. Y... se ha casado con mi madre hace unos cinco o seis años.

-Vaya, así que lo has conseguido, vejestorio.-ahora la palmada se la devolvió Nezumi, riéndose con desparpajo, como solía.

La sonrisa del joven volvió a trazarse en sus labios finos y quizás un tanto resecos por la destrucción celular masiva del tratamiento. Se inclinó hacia él y le besó suavemente. Ya no le importaba que Rikiga supiese lo suyo. Ni él ni nadie. Había vuelto. Le sentía a cada momento dándole cuerda a sus latidos.

-Me adelanto a la reunión para ir repasando un poco los puntos, ¿vale? Espérame si quieres en la cafetería. Te quiero.

-Y yo a ti.

Sellaron el trato con un beso más, antes de separarse poco a poco. Ir perdiendo lentamente el calor ajeno que se impregnaba en la propia ropa era ciertamente angustioso. Shion salió del despacho, llevando los esquemas en sus manos para darles un rápido vistazo. En cuanto cerró la puerta, Rikiga apresó el brazo de Nezumi con fuerza, tirando de él hacia atrás. Le cortó literalmente el aliento durante un instante.

-¿Qué pasa?-no se vio capaz de añadirle ningún tipo de calificativo, ni de llamarle por su nombre. Solo le aferraría de esa manera si quisiese revelarle algo importante. Y temía saber sobre qué tema.

-Mira, Eve, no es que te guarde rencor, pero voy a dejarte las cosas claras. Nunca me has gustado para Shion, puede que antes no lo exteriorizase, pero ahora soy su padrastro. No va a decírtelo, desde luego, pero le jode que hayas vuelto justo en este momento. Está muy enfermo, y le dejaste con un crío a los 16 años. Eres peor que los chavales que preñan a las niñas y después no se les ve el pelo.

-Oye, yo no le obligué a que le salvase. Él se hizo cargo del bebé porque quiso.-interrumpió el hombre moreno, apartando la mirada. Sus verbas le hacían daño. Se le clavaban. Le ardían por dentro.

-¿Ves? No has cambiado nada. Sigues siendo el mismo tío egoísta y narcisista que cuando te fuiste. Pero Shion sí que ha cambiado. Es padre de  familia, presidente de un país y aún por encima enfermó de cáncer. Vas a volver a crearle falsas esperanzas y cuando vuelvas a irte se sentirá mucho peor.

Tuvo que decirla. Tuvo que pronunciar esa palabra. Esa maldita palabra entre todas las que existen en el idioma. No utilizó un sinónimo, no volvió a utilizar "enfermedad" para referirse a ello. Nezumi apretó los puños. Su corazón arremetió contra las costillas. Sintió sus uñas clavársele en la piel. Cáncer, cáncer, cáncer, se repetía. Shion tiene cáncer. Tiene cáncer, ¿la culpa es mía? ¿Yo le enfermé? ¿Tiene el maldito cáncer por mi culpa, porque me fui? Ni siquiera supo de dónde sacó las fuerzas para responderle con serenidad.

-He podido cometer errores, pero yo también he cambiado. Vivo por y para Shion, y le cuidaré, porque le quiero. No me importa lo que opines.

Apartó a Rikiga de un empujón que ni siquiera controló y salió de la sala mirando al suelo.  No sabía a dónde iba, solo tenía que alejarse de allí. Aún sentía el olor de Shion. Su presencia. Su beso. Aquella palabra martilleaba su mente. Cáncer, cáncer, cáncer. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez veces. Se ahogaba con su propia respiración. Comenzó a dolerle el pecho. Se dirigía a ciegas por el pasillo, se lo repetía, desgranando la palabra, rompiendo su estructura, penetrándola hasta no sentir nada. Cáncer, cáncer, cáncer. Después juntaba las dos. Shion. Cáncer. Y un gemido le desgarraba los pulmones. Se encontró fuera. Necesitaba aire. Se dejó caer. Apoyó la espalda en una columna. Abrazó sus propias rodillas y se replegó sobre sí mismo. No podía permitirse el lujo de hiperventilar. Perdería el sentido. Shion se enteraría. Shion, pensó. Mi Shion. Mío, mío, mío, mío, que no se atrevan a quitármelo. Acabaré con ellos. Acabaré con quien se atreva a arrebatármelo de mi lado. Rompió a llorar. Su abuela le había dicho desde niño que no lo hiciera, que no mostrase su debilidad, pero el sentimiento era demasiado abrumador. Su Shion. Su Shion tenía cáncer. Y por si fuese lo suficientemente doloroso, por si no tuviese suficientes lágrimas que malgastar, tenía que decirle aquel viejo cabrón con quién tenía que estar. Con ese tono tan afable de "quiero lo mejor para los dos". Los cojones. Él no podía vivir sin Shion. Shion le había echado de menos. Por fin se tenían el uno al otro, podían dejarles en paz. Vivir en paz...

La taza de tila ardía en las manos de Nezumi. Aquel líquido amarillento de tan vomitivo aspecto parecía magma volcánico al tocar con su piel. Había decidido ponerse de pie, respirar muy profundamente, y dirigirse al bar que Shion le había indicado. Seguramente sería el primer sitio en el que buscaría por él, y no quería demorarse en estar a su lado. Sus ojos dibujaban todas las venas borgoña que transitaban por ellos. Había llorado lágrimas que no sabía que tenía. ¿Le quedaría alguna para empapar sus ojos? Lo más irónico es que, de todo lo que le dijo, lo que más daño le provocó fue haber pronunciado esa maldita verba con tanta airosidad. ¿Es que no le importaba nada? Seguramente, no tanto como a él. Se llevó la taza a los labios y bebió un pequeño sorbo. Ya no temblaba. Sus nervios se habían paralizado. Insensibilizado. Al menos ahora podría comportarse de una manera normal, sin dejarse llevar por la ansiedad.  Esperó pacientemente. No supo cuántas horas pasó con la taza en las manos. ¿Una, dos, tres tal vez? De vez en cuando la acercaba a los labios y los mojaba con la infusión. Nada más. Apenas si bebía un pequeño trago. En el fondo  de sí temía su reacción al ver a Shion entrar por la puerta.

Sintió un beso en la melena.

Se estremeció. No muy bruscamente. Simplemente un breve temblor.

-Ya he acabado, ¿nos vamos ya? En mi coche llegamos en diez minutos.

En contra de todo pronóstico, su voz le tranquilizó. Se llevó una mano al corazón. Latía muy despacio, casi no lo notaba. Ya no tenía palpitaciones.

-Vale. ¿Te encuentras bien, Shion?-sonó calmado, tierno, dulce.

-Ahá. Un poco cansado, no saben hacer nada sin mí.-bromeó, soltando una carcajada mientras le tendía la mano. No para ayudarle a levantarse, sino para caminar los dos juntos. Sintiéndose mutuamente.

-¿Te han preguntado algo del pelo?

Shion se mantuvo un instante en silencio.

-No. Solo se me quedaron mirando. Pero no me dijeron nada.

Quiso dejar el tema zanjado. Selló sus labios con una capa de saliva. Nezumi lo notó. Quizás no estaba diciendo toda la verdad. Era tan trasparente como el cristal. Cada vez que le miraba era como radiografiar su conciencia. Podía incluso ver las manchas que carcomían su corazón cuando guardaba una mentira. Rikiga estaba equivocado, no había cambiado. Seguía siendo el niño del que se enamoró cuando tenía 16 años. Quizás más mayor, con una distinta vestimenta, sin cabello, pero era él. Con el mismo con el que hacía el amor a escondidas de sí mismo, el mismo muchacho sensible, tímido, alegre, soñador, inocente. Su visión de él no variaría por muchos años que pasaran. Notó la presión de su mano. Las comisuras de sus labios se elevaron suavemente, mostrando aquella sonrisa que le mantuvo tanto tiempo apresado a su recuerdo. Era tan injusto lo que estaba viviendo aquel hombre justo y bueno que Nezumi creía no ser capaz de soportarlo en el momento en el que se metió en el coche y se cruzó con su pupila la imagen de Shion apoyando una mano en el volante y la otra en su frente, paralizado por las punzadas en la cabeza.



Los hospitales siempre habían sido lugares fríos exentos de humanidad. Más y más a medida que el tiempo avanzaba. Las puertas de las consultas eran de color plateado, las citas salían por unas pantallas de manera automática, ahorrándose un secretario que las llamase. A cada persona se le asignaba un número, el de su historia clínica, y al fichar en cuanto entraban en la sala de espera, su turno quedaba registrado.  Nezumi sentía escalofríos en aquel lugar. Echó de menos en aquel momento el bosque en el que su madre le había criado, las montañas, el campo, los animales, el olor de un cigarro. Miró de soslayo a su compañero. Jugaba con la cartilla entre los dedos, un tanto tenso, aunque más que acostumbrado al ambiente. Sus ojos color vino escudriñaban la portada, en la que figuraba su nombre y el susodicho número que le identificaba dentro del sistema de salud. Había adquirido un albinismo encantador, igual que el del conejo blanco del cuento de Lewis Carroll. Si por él fuese no dejaría de mirarle.

-¿Nervioso?-su tono grave irrumpió en los pensamientos de Shion.

-Un poco.-susurró, sin perder esa maravillosa sonrisa. Estrechó la libreta contra su pecho en un acto reflejo.-Tendría que tener la sangre muy fría para no estarlo.

El moreno inclinó poco a poco su cuello clavando la mirada en el techo. Era de un blanco tan límpido que daba náuseas. Suponía que así era como tenía que ser. La decoración invitaba a la gente a que limitase lo máximo posible sus visitas, hasta quedar solamente con los pacientes que realmente tenían algún problema serio. Como era el caso de Shion…

-Tranquilo.-sonaba con tanta dulzura que le acariciaba con la voz.-Es el mejor oncólogo de la ciudad, me he asegurado de ello. Está muy especializado en la materia.

“Oncólogo”. Esa palabra tampoco le acababa de caer simpática.

-Más le vale a ese matasanos dejarte preciso como un reloj o me encargaré de hacerle la vida un infierno.

Ni siquiera pensó en lo que decía. Arrancó las palabras de dentro tal y como las sentía, sin pasar por ningún filtro previo. Su compañero sonrió. Tomó su melena negra y lentamente fue ladeando su cabeza, flexionándola, hasta encontrar descanso entre sus dos clavículas. Le besó justo donde su mejilla se había apoyado. La sensación de tranquilidad que le invadió en aquel momento fue inigualable. Irrepetible. Las miradas escandalizadas de la gente se disiparon. Les cubrió una densa niebla que les ocultaba del mundo. Ya no notaba los chispazos de incomodidad en su columna, ni la desazón ardiendo en su esternón. El huequecillo que le ofrecían los brazos de Shion era un universo aparte. Cerró los ojos. Podría besarle en el límite que separaba la piel y del cuello de la camisa hasta que dejase de ser consciente del paso del tiempo. Lo único que le iba marcando una ubicación dentro de la realidad eran los latidos de su corazón contra su oído. Tan solo eran un feble eco. Sonaban como un suspiro. Como las gotas de lluvia rompiendo contra el suelo. Como las manecillas de un reloj. Deseó no volver a abrir los ojos. Morirse en cuanto sintiese ese corazón apagarse. Sin variar de posición. Sin moverse más que para respirar. Le había extrañado tanto. Pensar que los latidos que escuchaban no eran los suyos propios al haberse acostado sobre su antebrazo. Eran los de Shion. Ni siquiera el mar abrazaba la arena con tanta delicadeza en el vaivén de sus olas.

-691832. Puede pasar a consulta.

La máquina arrancó de sus metalizadas entrañas aquella frase. El albino abrió los ojos de golpe. Su corazón se estrujó en una fuerte palpitación. Esa era su identificación. Rompió el halo con un balanceo en el hombro de Nezumi. “Me tengo que ir” susurró. “Voy contigo” recibió como respuesta. Se levantaron casi al tiempo, cogiéndose de la mano en un acto reflejo. Tenían miedo.

El médico apenas si rozaría los cincuenta. Mascaba un chicle de nicotina parsimoniosamente, revisando sus datos en un sofisticado ordenador. Parecía no haber ni un solo movimiento de Shion que se les escapase dentro de la información que poseían. Incluso, se excedían del terreno de la salud. Lo primero que les pidió en cuanto entraron por la puerta, con una voz rasposa, fue que tomasen asiento. Seguían con los dedos entrelazados. El cuerpo entero de Nezumi temblaba imperceptiblemente.

-Bien, ¿cómo te has encontrado estos días, Shion?

-Me ha dolido mucho la cabeza. Y me he mareado unas cuantas veces. Me he controlado la tensión como me mandó y no ha subido de 10, 5. El pulso lo tengo algo más elevado.

Anotó todo en su ordenador, con una diligente mecanografía.

-¿Has conseguido comer algo?

-Poco. Alguna cosa pasada por la plancha y así. Si no soy capaz, tomo un zumo o un batido, pero no tengo mucho apetito.

-¿Y dormir? ¿Problemas para conciliar el sueño todavía?

-No. Creo que se han ido.

Le miró. ¿Estaba sonriendo? ¿Había sido él quien había mejorado sus noches?

-Doctor,-esta vez fue el muchacho albino el que le preguntó a él, en proceso inverso.- ¿Ha recibido los resultados del escáner?

Cesó en seguir rumiando su clicle para mantenerse completamente estático. Suspiró profundamente por la nariz, empujando el aire que movía su vello como si se tratasen de anémonas. Uno nunca estaba acostumbrado a decir cosas así.

-Te seré sincero. Una gran parte de su cerebro está afectada. Operar sería una monstruosidad. Será cuestión de tiempo que alcance el centro respiratorio o el bulbo raquídeo.

Apretó más fuerte la mano de Nezumi. Le devolvió la fuerza. Shion lo comprendió en un segundo. Sus conocimientos sobre ciencia nunca antes le habían parecido tan prescindibles. Su compañero se inclinó hacia delante, clavando sus ojos grises en el facultativo. ¿No le estaría diciendo…?

-¿Y eso qué quiere decir?

Se relamió los labios, manteniéndole la mirada. Todos los músculos del joven Shion se entumecieron. Se tornaron en hielo. En mármol. En acero.

-Siendo optimistas, solo le quedarían unas diez semanas de vida.

Sus pupilas se quebraron. No podía dejar de escudriñar al médico. Su semblante era tan serio, sus palabras tan duras. Tenía que estar equivocado. ¡Tenía que estar mintiendo! Diez semanas… Shion… Sintió la presión que ejercía sobre su mano desvanecerse en un segundo. Su alma parecía haberse apagado, dejando el cuerpo atrás. Solo respirando, bombeando sangre, con la mirada en la pared. No, él no podía hacerle eso. Él no podía estar diciéndole eso. No tenía derecho a sesgar su vida de ese modo. Shion… Miles de palabras se agolparon en su mente. Martillearon sus entrañas. “Pedazos”, “narcisista”, “egoísta”, “cáncer”, “diez”, “semanas”. Todo estaba tan jodidamente planificado, encajaba de una manera tan cruelmente exacta que sintió que no podía soportarlo. Diez semanas. Solo diez semanas. Compensar el dolor de años y años de abandono, de desespero, de angustia, de soledad en diez semanas. Nezumi sintió tornarse azul. Sintió quedarse sin aire. Apretó los puños. Alzó el tronco. Golpeó la mesa. La sangre comenzó a correr a la velocidad de la luz.

-¡¿Es que no piensa hacer nada?! ¡¡Tienen tanta mierda de tecnología, para qué!! ¡¿Para dejar que se muera así?! ¡¡Es usted el que le está matando!!

Los gritos salían de su pecho tan naturales como la propia respiración. Aunque el médico intentó razonar con él, estaba completamente cegado por aquella fecha. Por la sentencia. Diez semanas. Era de su novio de quien estaban hablando. Del único hombre que consiguió hacerse un hueco en su corazón tan profundo que para salir de allí tendría que quitarse la vida. Nunca más vería el iris rojizo de sus ojos. Los mechones blancos de sus patillas. Su sonrisa infantil cargada de dulzura. La cicatriz que cruzaba su cuerpo desde el dorso de los pies. El tacto de sus manos. Su voz. Su aura. Su calor. “La gente está cálida cuando está viva”. Sus propias palabras se volvieron contra él como un arma de doble filo. La impotencia ascendió por su columna como un rayo atronador atravesando la coraza de frialdad que le protegía. Shion. Diez semanas. No, Shion no, por favor. Que se lo llevasen a él. Ya no le importaba seguir adelante. El mundo sin él no tenía sentido, no, no tenía. Deseó arrancarse desde la médula espinal y entregárselo todo. No podía morir. Era injusto. Mierda, Shion. Shion. Shion.

Una mano apresó su muñeca.

-Nezumi, ya basta. Siéntate.

Tan suave pronunciación. Tan dulce susurro. Tan temblorosa frase.

-¿Piensas seguir con el tratamiento, Shion?

-Sí.-ni pensó su respuesta. La escupió.

-Entonces seguimos con la pauta que tenías establecida. Si te encuentras mal, llama al 091 y mandaremos una ambulancia de inmediato. Si por el contrario deseas el ingreso voluntario en algún momento, yo te lo avalaré. Lo siento muchísimo. De veras que lo siento.

El albino se levantó. Le estrechó la mano y salió por la puerta. Sin más.



Los pasos de Nezumi eran largos y costosos. Apenas podía alcanzarle, caminaba demasiado deprisa. Miraba al frente, sin detenerse. Pero no como cuando entró en su edificio de trabajo. No. Era una marcha desesperada. Intentó cruzarse con sus ojos. Quería verlos. Quería ver aquellos iris bermejos. Escuchar la voz salir de su boca.

-Shion. Shion, espera. ¿Qué coño, Shion? ¿Por qué no dices nada? Espera.

La desesperación se enraizaba con la ansiedad en su interior. Le oprimían. Necesitaba que le hablase. Que le dijese algo. Cualquier cosa. Aunque fuese una mentira. No le importaba, solo quería oírle hablar. Mas se movía casi como un autómata, labios sellados uno contra el otro, ojos clavados en el horizonte, cuello erguido, espalda recta. Nezumi no podía dejar de gritarle. Cuanto más ignoraba sus ruegos, más angustiado se sentía. Se fueron acercando a la puerta. No le quedaban lágrimas. El dolor se le acumulaba todo dentro, como ácido, burbujeaba, quebraba y crecía.

Nubes negras. Lluvia que se presagia. Viento que corta. Shion se detuvo en seco. Respiró profundo. Nezumi permaneció a su lado. Respuestas que nunca parecían llegar. Se preguntó en qué jodido momento decidió que la mejor opción había sido haber vuelto. La culpa le empujaba al abismo, le golpeaba, le dejaba exento de fuerzas. Si tan solo hubiese vuelto en el instante justo. ¿Pero cuál era? ¿Es que no existía el instante justo? ¿Estaba ya en él? ¿Contando sus errores de diez en diez?

Shion abrió los labios.

Tomó aire.

Sintió su alma derrumbarse.

Permaneció con la boca abierta. Unos segundos.

Estrechó la garganta.

 -¡Aaaaaaaaaaaah!

Un gemido tan profundo como el mismo abismo arrasó con todo buen pensamiento, arrancó de sus entrañas toda esperanza. Su voz se rompió en mil fragmentos que se escapaban con su propia respiración, que se convirtieron en lágrimas que herían su piel. Nunca antes había llorado con tanta intensidad. Nezumi. ¡Nezumi! Quiso pronunciar su nombre, mas no pudo cerrar los labios. Se dejó caer. Sus brazos le rodearon. Ya no sabría distinguir si su presencia era real o una simple ensoñación de su mente enferma. Olía a él. Tenía que estar allí. Enterró la cabeza en su ropa. No le importaba no poder respirar. Los sollozos temblaban en la punta de su úvula. Iba a irse sin poder pasar más de diez semanas con él. ¿Para qué echarle de menos si su enfermedad se lo quitaría todo? ¿Para qué luchar ya, de qué serviría? ¿Por qué no podía morirse en los brazos de Nezumi? Sintió sus manos oprimir su espalda, clavarse en su carne. El dolor, la desazón, la impotencia. Seguía vivo. Le empapó con sus lágrimas. Le sumergió en sus alaridos. Se hundían. Se hundían juntos.

-Shion, deja de llorar. No llores, por favor. Tranquilo. Nos quedan diez semanas.-lo repetía. Se le había clavado entre ceja y ceja.-Diez semanas para nosotros solos. Diez semanas. Tranquilo. Tranquilo, mi vida.

Nunca le había llamado así. En su adolescencia, una palabra así de los labios de Nezumi le habría emocionado tanto que no podría soportar sus propias lágrimas de alegría. Y ahora, escucharle con la voz hecha pedazos, le apuñaló en medio del corazón. Aunque se sintió calmado. La correspondencia ahora era tangible. No tenía que buscar su amor entre la niebla. Se agarró fuertemente a su cazadora. Arqueó la espalda. Sus vértebras protruyeron. ¿Cuánto había adelgazado? Le abrazó fuerte. Quería sentir su llanto, sus gemidos, su calor. Quería sentir que estaba vivo, de pie, allí, con él.

-Le arrancaré la cabeza a ese cabrón.

Cerró los ojos. Apretó los dientes.

Una mano acarició su mejilla.

Shion.

¿Sonreía entre lágrimas?

-¿Por qué todo tiene que ser blanco o negro contigo…?

sábado, 30 de marzo de 2013

Diez meses



Nezumi dejó su mochila encima de su antigua cama y se sentó a su lado. El piano, los libros, las estanterías, todo seguía tal y como lo había dejado. Shion había optado por mantener todo como si nunca se hubiese ido. Quería que cuando por fin llegase el momento del reencuentro no se equivocase de casa, ni se sintiese extraño en la morada que él habitase. Cenaron juntos. Como en los viejos tiempos. La presencia del niño no le incomodó; todo lo contrario, se sentía completo con él. No hacía más que acribillarle a preguntas, mirándole con aquellos ojos almendrados y curiosos.

-Papi, ¿por qué eres un vagabundo?

-No soy ningún vagabundo.

-Shionn, no le hables así a tu padre.

-¿Entonces por qué andas con esa ropa tan sucia?

-Pues…

-Porque no tenía otra, cielo. Se la había olvidado en casa.

-¿Y por qué no estabas en casa con papá y conmigo?

-Eh…yo…

-Tenía trabajo que hacer fuera, vida, pero ya lo ha acabado.

Nezumi intercambió una mirada cómplice con su pareja. Tenía siempre la respuesta adecuada. Siempre la tuvo. Su inventiva, que siempre le pareció innecesaria e idealista, le estaba salvando el pellejo ante el bombardeo de cuestiones del pequeño. Todavía no se acostumbraba a eso de “papi”. Aunque al menos el origen del pequeño le fue aclarado al rebuscar entre sus recuerdos mientras perseguía un pedacito de patata que nadaba en el resto de la sopa. Shionn, que así le habían llamado, era el niño que habían salvado de la limpieza humana en la que se habían visto inmersos antes de introducirse en las entrañas de la ciudad santa. Al parecer no solo había sobrevivido, sino que Shion se encargó de él y le crió como hijo suyo todo ese tiempo. Le había cuidado bien. Se le veía sano, alegre, inteligente y mordaz. Igual que su padre, quien se apartaba el cabello blanco para engarzarlo tras el oído al comer. Incluso el corte era el mismo que cuando se había ido. El tiempo parecía no haber transcurrido en aquella habitación. El pequeño cogió un pedazo de pan y se inclinó para dárselo a los tres ratones. Cravat, Moonlight y Hamlet. ¿Todavía seguía allí esa anticuada tecnología? Definitivamente, no había cambiado nada. Intentando que sus progenitores no se diesen cuenta, Shionn tomó la taza de sopa entre sus manos, a medio terminar, y se la entregó a los animalitos. Su padre, al verle, le regañó, pero sin evitar reírse, envolviéndole con sus brazos para impedírselo.

-¡Eh, eh, esa es tu comida! ¡Nada de trampas! ¡Tienes que comértelo todo!

-Joooo, papáaaaa, no tengo hambreeee-se quejó, carcajeándose igual que su padre.

-Anda, come un poco más, ¿eh? O papi va a pensar que aún eres un niño pequeño.

Shion se enderezó con su hijo contra su tronco, quien dejó sobre la mesa el tazón de sopa, pues sabía que recibiría una buena bronca si lo rompía. Nezumi sonrió, haciéndole un gesto con la cabeza para indicarle que le hiciera caso. Aunque no se le daban demasiado bien los niños, se sentía aceptado en el seno de aquella pequeña familia.

En cuanto terminó la cena y Shionn se fue por fin a la cama llegó el momento que habían estado durante tanto tiempo anhelando, especulando, deseando. La regresión, la calidez, la cercanía. El albino dejó los platos encima de la mesa. Tendría tiempo para fregar más tarde, pero el momento le reclamaba, tendría que ser ahora, ahora o nunca. Sin mediar una palabra tomó entre sus manos el rostro de Nezumi y sus labios se fusionaron en un profundo beso. Viajó por todos los recovecos de su boca, la exploró, acarició sus encías, escaló sus dientes, bailó con su lengua. Y ambas pelvis se juntaron a ritmo de vals. Subió poco a poco su camiseta hasta arrebatársela. El contrario fue desabotonando uno a uno los botones de su camisa. La ropa cayó al suelo por su propio peso. No tenían nada que esconder. Nada que reprocharse. Estaban allí, desnudos, uno enfrente del otro. Sin escudos. Sin armas. Sin complejos. La cicatriz todavía envolvía el cuerpo de Shion con magistral dulzura. La espalda de Nezumi seguía quemada hasta la capa interna de la dermis. Podrían reconocerse leyendo en braille en la piel del otro. Se abrazaron de nuevo. Tantísimo tiempo llevaban añorando el tacto que desprendían hasta que por fin lo sentían. Y era tal y como recordaban. Mas ya no eran dos adolescentes que jugaban a amarse. Eran adultos que conocían ya los recovecos de su propio corazón. Y en todos y cada uno de ellos tenían al contrario reflejado. Nezumi besó el cuello de su amante, mordiendo con suavidad el contorno de su mandíbula, mientras él trazaba dibujos en su espalda. Lentamente se acostaron en la cama, sin soltarse ni un solo instante. Absorbiendo el calor ajeno. Bebiendo el sudor. Mezclando la saliva. Se oprimieron uno contra el otro. Ambos pares de manos otearon la fuente de placer que estaban buscando. No podían dejar de besarse, de tocar el cuerpo del contrario, necesitaban saber que todo permanecía en su lugar, que nada había desaparecido. Silenciaron sus gemidos con suaves caricias. Apretaron los dientes. Shion escondió el rostro contra la almohada. No podía contenerse. Deseaba soltar un chillido del que toda la ciudad fuese consciente. Necesitaba hacer saber que ya no era el hombre solitario que esperaba por un sueño incumplido. Estaba allí, en la misma habitación, con Nezumi, haciendo el amor. Él había vuelto. Contra todo pronóstico, a contracorriente, desoyendo lo que sus allegados le decían. Que siguiese con su vida, que dejase de esperarle, que nunca jamás estarían juntos de nuevo. Que su recuerdo solo le haría daño. Pero estaba allí, estaba allí, le sentía entre sus brazos, notaba sus piernas entrelazadas, sus dedos aprehendiendo su sexo. No era un espejismo. No estaba muerto. Se oía a sí mismo respirar. Nezumi besó su cabello blanco con dulzura. Su cabeza se despegó de la almohada y se hundió en su pecho. Sintió sus latidos contra su frente. Estaba vivo, como él le dijo aquella vez, y nada más importaba.

Un gemido.

Un suspiro profundo.

“Te quiero”.

“Te quiero, te quiero, te quiero”.

Podría decirlo miles de veces y eso no resumiría lo que sentía por él.

Y el sentimiento era más que mutuo.

-Parece que ha pasado una eternidad desde que hicimos esto por última vez.-el tono de Nezumi se convirtió en un susurro. El ronroneo de su voz húmeda le hizo estremecerse.

-Sí. Lo haces muy rico, vas aprendiendo.

-Eh, eso debería decírtelo a ti. Tú eras el que no tenía ni idea sobre sexo.

Shion soltó una carcajada nerviosa contra el pecho de Nezumi. Era cierto, cuando se habían conocido apenas si era un chaval de 16 años sin nada que perder, inexperto y asustado. Un muchacho que se había convertido en todo un hombre, en un cabeza de familia, en el presidente de una nueva ciudad que consiguió convertirse en un lugar pacífico a pesar de haber nacido del odio y la destrucción. Un hombre que desde su juventud no había vuelto a sentirse a gusto en su propia cama hasta aquel preciso instante. Sin embargo, tuvo la necesidad de levantarse, no sin antes besar en los labios a Nezumi.

-Voy a darme una ducha, me encuentro un tanto pegajoso. Tú también deberías.-le guiñó un ojo, antes de bajarse definitivamente de la cama y salir de la habitación, camino al cuarto de baño.

El moreno observó en todo momento cada pequeño gesto, cada mirada, cada detalle, cada atisbo de lenguaje no verbal de Shion. Definitivamente no había cambiado nada. Quizás sí en que ya no temblaba indeciso cuando hacían el amor, igual que si fuese un niño que cometía una travesura. Se inclinó hacia su mochila, la cual yacía en el suelo para dejarles sitio, y extrajo de ella un paquete de tabaco con su mechero correspondiente. Cuando se habían conocido no se le pasaría por la cabeza echarse un pitillo después de consumar, pero ahora realmente lo necesitaba. El humo le tranquilizaba. Sus curvas danzantes en el aire le recordaron aquella “primera vez”. Incluso él se cuestionó en aquel momento, cuando por primera vez vio a su amante desnudo, si estaba haciendo lo correcto, aunque en ningún momento lo exteriorizó. Mas fue la mejor decisión que tomó en su vida. Seguir el camino de su corazón hacia una dirección correcta.

Antes de que le diese tiempo a comenzar a culparse a sí mismo por haberse ido de una manera tan abrupta, se fijó en que Hamlet deslizó su cuerpecillo por un hueco de la puerta para salir afuera. Una infantil curiosidad hizo que dejase el cigarrillo aparcado en uno de los cuencos todavía sin lavar, se pusiese los calzoncillos y saliese a espiar al ratoncito. Escuchó desde el pasillo el fluir del agua de la ducha. ¿Habría algo de malo en que entrase? Por supuesto que no.  Quería pasar cada momento de su vuelta con Shion, y qué mejor para ello que una pequeña y morbosa sorpresilla. Se le acercaría por detrás, abriría la cortina de la ducha muy despacito y le besaría en un hombro. Solo pensarlo le excitaba.

Giró la manecilla.

Entró despacio. Sin hacer ruido.

Entonces, se quedó completamente paralizado.

Encima del lavabo, colocada en un pequeño soporte con forma de una semi esfera, había colocada una peluca blanca, sobre la cual jugueteaban los tres ratones.

¿Qué clase de broma pesada es esta, maldita sea?

Bruscamente, sin siquiera pensar en sus actos, la cogió con ira y corrió la cortina, cegado por la incertidumbre y el odio.

-¡¿Qué se supone que significa esto?!

Shion se giró rápidamente. Sus ojos eran como agujas incandescentes.

Tenía la cabeza completamente despoblada de cabello.

¿Qué coño está pasando, joder?

No podía creerlo.

No, no QUERÍA creerlo.

Shion se tapó la cabeza con ambas manos. Sus ojos le seguían mirando. Su mirada dolía tanto, pero no podía apartarla en ningún momento.

-Nezumi, yo… Deja que te explique, por favor.

-Cojonudo, porque me debes una explicación.

En un suspiro apagó el agua de la ducha. Ni siquiera se preocupó por secarse o vestirse. Tenía que arrancarlo de dentro ya o le perdería. Y no podría permitirse eso. No ahora.

-Tengo cáncer.

Aquellas palabras le atravesaron el pecho. Eran lanzas envenenadas. Eran lo más cruel que podía oír salir de sus labios. No, no, no iba a creerlo. Había vuelto a verle, ¿le estaba diciendo que había caído enfermo justo el día en el que se habían reencontrado? Tenía que ser una pesadilla. Seguramente abriría los ojos y se encontraría a Shion durmiendo a su lado, con su media melena blanca tendida sobre la almohada como si de nieve se tratase. Si eso fuese cierto, no sería menos que un monstruo. ¿Se había atrevido a dejarle solo durante diez largos años, con un niño a su cargo y una enfermedad a sus espaldas? No, no, no.

-Eso es imposible.-fue lo único que articuló. Su voz temblaba.

-Me lo diagnosticaron hace diez meses. Me encontraba mareado y sentía que a veces me fallaba el equilibrio, así que me hicieron un TAC y una biopsia. Tengo un tumor en el cerebro, parece ser que es de una naturaleza bastante extraña, que no habían visto nada igual desde hacía mucho tiempo. Investigué en los archivos médicos y las autopsias. Uno de los antiguos fundadores de No. 6, el que también sobrevivió al ataque de las abejas parásito, murió debido a un tumor poco más grande que el mío. Me han sometido a un tratamiento experimental. Es muy agresivo, más que el convencional, de ahí que me haya caído el pelo.

La peluca resbaló de los dedos de Nezumi. Se convirtió en hielo frío y escurridizo. Sus ojos se anegaron en
lágrimas. Su aliento le falló. ¿Acaso era verdad lo que le estaba diciendo? Su semblante se veía tan serio. Veía cómo su pecho temblaba al respirar. Mierda, Shion, si es una broma más te vale desmentirlo de una buena vez. Tenía que serlo, tenía que ser una broma de mal gusto.

-Lo siento, Nezumi.-se envolvió con sus propios brazos. Se le notaba el miedo en la mirada. La tristeza, la incertidumbre, el arrepentimiento.-No quería que te enterases así.

-Sé que no ibas a decírmelo.-respondió secamente. ¿Cómo podía sonar tan insensible con todos aquellos sentimientos arañando su interior?

Shion desvió la mirada hacia el suelo, sin dejar de abrazarse para paliar el frío. Efectivamente. Aunque confiaba en Nezumi más que en ninguna otra persona de su entorno, lo que menos pretendía era que, en cuanto volviesen a verse, se enterase de su enfermedad. Se llevó ambas manos a la cabeza y se agarró la melena negra. Diez meses. Diez jodidos meses le separaban de ser una buena pareja o ser un completo cabrón. Durante diez meses Shion tuvo que lidiar contra sí mismo y salir adelante sin un soporte que cada noche le dijese que todo iría bien e instaurase de nuevo una semilla de confianza en sí mismo. ¿Qué era lo que había estado haciendo él en todo aquel tiempo? ¿Qué había sido más importante que la persona a la que más había querido en su vida? Cada vez era más y más improbable la explicación de que todo fuese una enajenación nocturna.

-Si hubiese venido… Diez meses antes…-fueron las únicas palabras que se vio capaz de arrancar de la garganta.

Shion salió de la ducha. Tomó su rostro. Qué frío estaba.

-Nezumi, no podías saberlo.

-Debí  haberte escrito. Debí haber venido antes… Joder…-Diez meses, volvió a pensar, y las lágrimas no tardaron en abrazar su córnea y caer muy suavemente por sus mejillas.

-Eh, Nezumi, no llores, mi vida. Por favor.-las frases salían de sus labios sin ni siquiera pensarlo. Solo le había visto llorar una vez y siempre había temido que volviese a repetirse de nuevo.

Se sintió tan impotente. Tan rastrero, tan egoísta. Como bien le había dicho, no podía haberlo sabido,  pero había tenido todos los medios a su alcance. La culpabilidad le azotaba la columna, traduciéndose en violentos escalofríos. Vio cómo Shion inclinó su cuerpo, ahora tapado con una toalla, para alcanzar la peluca blanca. Le agarró el pulso. Lo apretó fuerte. No quería volver a verle seguir viviendo una mentira.

-¿Por qué llevas eso?

-No quiero que lo vean, nadie tiene por qué saber nada de mi vida privada.-seguía sonando tan tierno y sereno como siempre. ¿Cómo podía hacerlo en un momento así?

-¿Te arrepientes de estar vivo?

En ese momento, su amante apoyó ambas manos en su pecho, aferrándose a su ropa para intentar soltarse de su mano. Ambos sabían lo que esa frase significaba. Demasiado como para mantenerse impasible.

-No, Nezumi, no me digas eso, por favor. Ya no somos niños. Tengo un hijo.-“tenemos”, le interrumpió.- ¿Cómo crees que se sentiría si lo supiera? Sé que en mi situación obrarías igual.

No pudo decir nada más al respecto. Estaba en lo cierto. Después de tantísimo tiempo todavía le conocía a la perfección, a pesar de sus intentos en un primer momento por mantener su personalidad en la penumbra. Siempre le decía que no debería involucrarse con nadie si no quería salir herido, mas él mismo rompió al conocerle su propia regla de oro. Allí estaba, otra vez, llorando por él, sabiendo que en ese momento no sería capaz de hacer absolutamente nada para poder  devolverle la salud. Y no solo eso. Devolverle todos los días que habían pasado juntos, los amaneceres que no pudieron vivir uno al lado del otro, los bailes, las risas, los besos que nunca fueron entregados. Y ahora, en un margen de solo 10 meses, era demasiado tarde.

Los brazos de Shion le envolvieron con el mismo cariño incondicional que las nubes al sol.

Apoyó la nariz contra su hombro.

¿Por qué  demonios estaba tan frío?

Le apretó fuertemente. Quizás así podría contagiarle un atisbo de calor de su cuerpo desnudo. Ni siquiera tuvo fuerzas para frotar su espalda con las manos. Se le quebró la voz. Se le quebró el alma.

-A partir de ahora mismo no volverás a utilizar eso.-señaló la peluca sin siquiera separarse. Alzó el tono. Las lágrimas le rompieron la frase en mil fragmentos.

-Solo me la pondré delante de Shionn. ¿De acuerdo?

Sus piernas se flexionaron poco a poco, como bambús que se reverencian ante el grandísimo peso de la impotencia. Nezumi resbaló muy suavemente hasta toparse con el pecho de Shion, donde encontró descanso suficiente. Finalmente, no era un sueño. Lo estaba viviendo. Lo estaba sintiendo. Nunca antes había visto tantísimo parecido en Shion con las flores que llevaban su nombre, marchitándose tan lenta y grácilmente, perdiendo pétalos, quedándose completamente desnudo y yerto, destiñendo la corola su color.

Escuchó latir su corazón.

Demasiado deprisa. El tiempo se agotaba.

Tic, tac, tic, tac.

I am your bitter-fly. Capítulo V


Mierda, mierda, mierda…

Los pies de Spider pateaban asfalto frenéticamente, junto con el traqueteo irregular de las botas de Alois. Apenas si podía seguir el ritmo de su compañero, no hacía más que tropezar, temeroso, agobiado, ansioso. Aferró la mano del rapero con fuerza, hincando incluso las uñas en su piel, imprimiendo en ella su pulso desbocado. Deseaba cerrar los ojos y revivir lo que había ocurrido apenas unos minutos antes, cuando le confesó todos sus miedos, sus frustraciones, y recibió a cambio el amor y la compresión que siempre necesitó y nunca obtuvo. Retornó, lo recordó todo en un instante…





-Lil’ A, ¿por qué sigues llorando?

Efectivamente, después de haberle abierto el cofre de sus recuerdos a Spider sin ninguna pretensión, sin esperar nada a cambio, había roto en llanto. Respiraba entrecortadamente, tapándose la carita con las manos como un niño pequeño. Sus ojos azules estaban completamente irritados por la corrosión de las lágrimas y la fricción con las palmas. El aire parecía escaparse de su alrededor.

-Es que… Yo… Es que siento que… Me he librado de un… de un peso que llevo soportando toda mi vida… Ha desaparecido…pero es como…que sigue ahí…-entreabrió los labios, jadeante, sollozando hasta notar cómo se le desgarraba la garganta.

La presión de sus recuerdos se había aliviado, había cedido en el intento cuasi eterno de oprimir su pecho hasta el día de su último aliento. Sin embargo, lo que Alois todavía no comprendía era que aunque la herida deje de sangrar, la cicatrización mal curada evoluciona en una escara de tejido negro como la misma oscuridad. Y lo sentía, eso sí lo sentía. La formación paulatina de aquella placa necrótica en lo más hondo de su alma, carcomiendo toda la inocencia que alguna vez recordó tener, todo el cariño que le fue negado, hasta convertirlo poco a poco en odio hacia su misma persona.

-Ven aquí, anda, estás temblando.-la voz de Spider le rescató del pozo en el que se estaba ahogando. Se miró las manos. Efectivamente, semejaban las ramas de un sauce azotadas por el viento, con sus hojitas trémulas como dedos. Y se fue dando cuenta de que todo su cuerpo vibraba con la misma intensidad.

Alois no mentiría si confesase que nunca se sintió mejor que en ese mismo momento. Cuando se inclinó hacia él, le rodeó con sus finos brazos y apoyó la mejilla en su hombro. Su regazo era cálido, suave, seguro, no correría ningún peligro si él estuviese cerca para protegerle. Lo malo es que Spider no podía protegerle de sí mismo, y ese era su mayor enemigo hoy por hoy. Aferró su cabello negro acurrucándose para ocultar las lágrimas, mientras notaba la mano de Spider deslizarse por su media melena rubia.

-Tranquilo.-susurraba de vez en cuando, con ese tono vibrante y grave que poseía.-Respira, anda.

No hacía falta que dijese nada más. Spider le tenía conquistado con tan pocas verbas que parecía imposible. Se acomodó con delicadeza sin dejar de abrazarle con todas las fuerzas que le era posible utilizar, aspirando las secreciones que impedían su normal respiración. Sin embargo, la calma, el hecho de estar tan cerca de él, el miedo de perderlo, la propia aceleración cardíaca en contraposición con la relajación del resto de músculos oprimían su garganta obligándole a soltar un gemido. Sus lágrimas húmedas mojaban paulatinamente la sudadera de Spider, pero a ninguno de los dos parecía importarle. Entre caricias se veía obligado a empujar el puente de sus gafas, las cuales llevaba en todo momento debido a su miopía y a un principio de astigmatismo del que empezaba a sufrir sus efectos, al orientar la mirada hacia su hombro durante cierto tiempo. Alois, al percatarse, se enderezó suavemente para colocárselas bien, deslizando las patillas por las sienes. Entonces, la vista de Spider encontró otro lugar que escudriñar, o mejor dicho, que martillear.

-¿Qué coño…?

Alois orientó la mirada hacia el mismo punto, embargado por la curiosidad. Al percatarse de qué era lo que estaba observando, se apartó bruscamente, estrechando su extremidad izquierda contra su pecho. La tenía lleno de cortes, hasta la mitad del antebrazo. Algunos conservaban sangre cuajada en su estructura. Eran irregulares, trazados en un golpe de muñeca, aunque en la gran mayoría el objeto punzante que los dibujó apuñaló literalmente la carne, con fiereza, con rabia. Por eso eran pequeños, seguramente a mitad de la mutilación no sería capaz de soportar el dolor. Ninguno de ellos estaba cubierto, mas se habían limpiado con alcohol. La gente se fijaría más en las tiritas o los apósitos que en la herida, la cual era más fácil que pasase desapercibida. Ciel era el único hasta la fecha que se había percatado que eran autoinfligidos, y a pesar del odio que le procesaba a Alois había sabido ser respetuoso con ese tema. Aunque, desde luego, las personas que comenzaban a llamarle “emo de mierda” se le escapaban de las manos.

-¿Te lo has hecho tú?

No se veía capaz de responderle. Le faltaba el aire, no encontraba fuelle para hablar, incluso sentía una preocupante inestabilidad.

-¿Te lo has hecho tú, Lil’ A?-le preguntó de nuevo, inclinándose hacia delante, para intentar que no escapase a su mirada. Ni siquiera sabe cómo fue capaz de contestar, con el timbre trémulo:

-Echo mucho de menos a mi hermano.

Apenas si pronunció esas palabras y rompió a llorar de nuevo, escudándose en el cuerpo de Spider. Se quedó conmocionado, desde luego. El pequeño Alois, siempre tan vivaz, seductor y alegre se mutilaba a escondidas. Al fin y al cabo, le habían pasado demasiadas cosas con solo 14 años. Lo increíble era cómo había podido sobrevivir sin medicación psiquiátrica. De alguna forma, le tranquilizaba escucharle gimotear en su hombro.

-Eres gilipollas.-le soltó, en un susurro impotente, mientras rodeaba su cadera con los brazos.

Si quisiese matarse realmente, pensó, habría escogido un método que le proporcionase menor sufrimiento y acabase con él en menos tiempo y con mayor efectividad; sin embargo, el método de cortarse las muñecas estaba muy extendido, sobre todo en la población adolescente. Alois recorrió el cuerpo de Spider con sus lágrimas, restándose a sí mismo resistencia para mantenerse erguido. Las veces que ambos habían ido al hospital por algo así quizás podrían igualarse. Deslizó la mano por su tronco, palpando cada pliegue de su sudadera a ciegas. Poco a poco, fue ascendiendo hasta toparse con el lateral de su cuello. Entreabrió los ojos en el instante en el que sintió las suaves palpitaciones del contrario contra sus yemas. Las lágrimas fueron cesando. La respiración ansiosa se tranquilizó. Estaba allí, alejado de todo peligro, con Spider. Era imposible en un momento tan placentero pensar siquiera en cortarse.

-Los latidos de tu corazón son muy relajantes.-susurró, alzando por primera vez en toda la tarde la mirada, simplemente para poder perfilar con precisión el contorno de su rostro.

-Más te vale pensar en ellos la próxima vez que hagas alguna animalada. Que te quede claro.-Alois ni siquiera pareció oír sus advertencias. Encajó los labios sobre los suyos y le besó con muchísima dulzura, con un atisbo de ansiedad y nerviosismo. Spider acababa de dejar claro, una vez más, que su vida significaba algo para él.

Spider se inclinó suavemente y le besó en la mejilla, bebiéndose sus lágrimas. El muchacho, nervioso, tomó su rostro y cobijó sus labios en la boca del contrario, deseoso. No sabía siquiera cómo expresarle su gratitud.



Recordó volver a besarle, recordó apoyarse en su hombro y cerrar los ojos entre caricias. Y después, después… ¿Qué coño vino después? Correr, correr atropelladamente, jadeante, sintiendo sus bronquios estrecharse como mimosas que se cierran ante el roce, hasta llegar a su destino.

De un portazo se mostró ante ellos el pequeño backstage del bar, y en él, un alto y desgarbado hombre de color les recibió con una leve mueca.

-Llegas tarde, Spider. Acaba de empezar.

Efectivamente, comenzaba a escucharse una base de guitarra eléctrica con un beat acompañándola, hilvanando la retahíla de rap que escapaba de los labios de un muchacho. Podía vérsele desde la posición de los tres. Tenía el cabello negro, como Spider, rondando su misma edad, vestido de una manera similar. Acercaba el micrófono ladeado a sus labios, sosteniéndolo con una de sus manos, la cual tenía el tatuaje de un baphomet en el dorso. Se notaba que controlaba bien las respiraciones, los golpes de ritmo, quizás incluso era un rapero profesional. Iba acompañado de una mujer teñida de rosa, que seguía la melodía con movimientos de cadera acariciando su melena con sensualidad. No pasaba desapercibida ante los presentes. Ni ella ni la maestría con la que él jugaba con el rap entre sus dientes.

Look, if you had one shot, or one opportunity
To seize everything you ever wanted in one moment
Would you capture it or just let it slip?
Yo

His palms are sweaty, knees weak, arms are heavy
There's vomit on his sweater already, mom's spaghetti
He's nervous, but on the surface he looks calm and ready to drop bombs,
But he keeps on forgetting what he wrote down,
The whole crowd goes so loud
He opens his mouth, but the words won't come out
He's choking how, everybody's joking now
The clock's run out, time's up over, bloah!
Snap back to reality, Oh there goes gravity
Oh, there goes Doggy, he choked
He's so mad, but he won't give up that
Easy, no
He won't have it, he knows his whole back's to these ropes
It don't matter, he's dope
He knows that but he's broke
He's so stagnant, he knows
When he goes back to his mobile home, that's when it's
Back to the lab again, yo
This whole rhapsody
He better go capture this moment and hope it don't pass him

-Ese es Doggy Demon.-interrumpió Spider, sin dejar de mirar fijamente a su rival. La manera en la que se movía, cómo manejaba las palabras, y el compás que seguía aquella mujer con el movimiento espasmódico que le marcaba el beat del rap. Alois alzó la mirada, sin embargo, para observar el rostro de Spider. Estaba más tenso que nunca. Le parecía escuchar sus palpitaciones furiosas desde su posición. 

-Tranquilo le damos mil vueltas. 

-Ah, por cierto, Tim, este es mi compañero Lil’ A. Va a echarme una mano con el rap.

Alois, educado, le tendió la mano, como le habían enseñado a hacer, murmurando un delicado “tanto gusto”, mas el muchacho de color no pudo evitar soltar una carcajada, inclinándose para despeinarle.

-Pero mira qué niño. ¿Dónde lo has encontrado? Parece un muñeco de porcelana. 

You better lose yourself in the music, the moment
You own it, you better never let it go
You only get one shot, do not miss your chance to blow
This opportunity comes once in a lifetime yo
You better lose yourself in the music, the moment
You own it, you better never let it go
You only get one shot, do not miss your chance to blow
This opportunity comes once in a lifetime yo
(You better)

The soul's escaping, through this hole that is gaping
This world is mine for the taking
Make me king, as we move toward a new world order
A normal life is boring, but superstardom's close to post mortem
It only grows harder, only grows hotter
He blows us all over these hoes is all on him
Coast to coast shows, he's known as the globetrotter
Lonely roads, God only knows
He's grown farther from home, he's no father
He goes home and barely knows his own daughter
But hold your nose 'cause here goes the cold water
His hoes don't want him no more, he's cold product
They moved on to the next schmoe who flows
He nose dove and sold nada

-Aún por encima se pone sentimental, hay que joderse.-masculló Spider, apretando los puños fuertemente. 

-¿Te crees que es gilipollas? Así es como llega a la peña.-la respuesta, esta vez, corrió a cargo de Tim, quien estaba a su lado en todo momento.-Por algo se llama Doggy Demon. Más sabe más el demonio por perro que por demonio, S.

El joven Alois ni siquiera les escuchaba. Cotilleaba en los recovecos del backstage para ver lo que estos escondían. Entonces encontró la ropa que alguna mujer había dejado. Un top verde chillón y unos pantalones cortos de cuero. Desde luego, si las chavalas que acompañaban a Spider día a día podían provocar gratuitamente, él también lo haría. 

Se despojó de la americana con el sello del instituto, tirándola donde no pudiese verla, y se quedó exclusivamente con la camisa de manga corta, la cual abrió un par de botones hasta enseñar algunos de los pelillos rubios que la pubertad le había dejado en su pecho. Se quitó el pantalón del uniforme y, en su lugar, consiguió embutirse en la prenda de cuero, la cual se ceñía perfectamente a su trasero y dejaba entrever un bulto en su entrepierna. Finalmente, con algo de gloss que encontró cerca de un espejo, se resaltó los labios, otorgándoles una apariencia más jugosa. Bajó la mirada para adecentarse y sonrió. Si le viese así, su padre reventaría de ira. 

So the soap opera is told and unfolds
I suppose it's old partner but the beat goes on
Da da dum da dum da da

[Hook]

-Eh, Spider, ¿estoy guapo?-preguntó, plantándose ante él con su nueva apariencia, sin dejar de sonreír. 

-Mucho, sí. ¿Nervioso?

-Muy nervioso. Pero eso significa que me importa lo que voy a hacer. 

No more games, I'ma change what you call rage
Tear this motherfucking roof off like two dogs caged
I was playing in the beginning, the mood all changed
I've been chewed up and spit out and booed off stage
But I kept rhyming and stepped right into the next cypher
Best believe somebody's paying the pied piper
All the pain inside amplified by the fact
That I can't get by with my 9 to 5
And I can't provide the right type of life for my family
Cause man, these goddamn food stamps don't buy diapers
And it's no movie, there's no Mekhi Phifer, this is my life
And these times are so hard, and it's getting even harder
Trying to feed and water my seed, plus
Teeter totter caught up between being a father and a prima donna
Baby mama drama's screaming on and
Too much for me to wanna
Stay in one spot, another day of monotony
Has gotten me to the point, I'm like a snail
I've got to formulate a plot or I end up in jail or shot
Success is my only motherfucking option, failure's not
Mom, I love you, but this trailer's got to go
I cannot grow old in Salem's lot
So here I go it's my shot.
Feet fail me not, this may be the only opportunity that I got

[Hook]

You can do anything you set your mind to, man

-Vamos, S, te toca.-clamó Tim, propinándole una palmada bien sonora en la espalda. 

Spider retrajo y estiró los dedos varias veces, hizo un pequeño sprint con los pies, respiró en el interior del hueco que conformaban sus manos envolviendo su boca. Ahora comenzaba a sentir la adrenalina y la testosterona corriendo por su sangre, burbujeando, atravesando su cuerpo como descargas eléctricas. Alois simplemente respiró hondo y fue el primero en salir al escenario, mientras Doggy Demon y su compañera de cabello rosa todavía recogían las cosas. El rapero observó cómo el muchacho se movía por el lugar como Pedro por su casa, incluso con un deje altivo, y no pudo evitar soltar una estentórea carcajada. 

-¿Esta es tu arma secreta, Spider? Suerte con él. 

-Fuera del escenario, perro.-le contestó Alois, con sorna, con rabia e ira ciegas ante su ahora enemigo, escupiéndole las palabras con desprecio, sobre todo el apelativo de “perro”, el cual pareció arrojar en su cara. Al ver la mirada incendiaria del joven, Doggy Demon se la devolvió con igual fulgor. Parecía que el niño, aunque joven y frágil en apariencia, incluso femenino, le iba a traer más de un problema. 

Spider entró en el escenario sin mediar palabra, tan solo intercambiando, tal y como lo hizo Alois, una mirada con la cual estaba retándole una vez más. 

El Dj entró, Spider y Alois blandieron sendos micrófonos y la música comenzó a sonar. 

I, I, I
I am your butterfly
I need your protection
Be my samurai
I, I, I
I am your butterfly
I need your protection
Need your protection

I'm a spider, yo
My life is like a videogame
I maintain when I'm in the zone
One player one life on the mic
I'm in the dark

Yo, Spider , go

No fuckin around I'm cutting down
Anyone in my path
Tryna fuck up my game with razor sharp
Lyrical throw stars
Killin' my foes like

Hos! Ska!

Wild, outta control

Ninja skop befokte rof taal
Rough rhymes, tough times
Met fokkol kos, skraal
Till I hit triple seven at the ATM
Straight famine or feast,
When you're living on the razor edge
Stay sharp, sharp

Rolling with the SOS
High energy
Never seen zef so fresh
Uh, when we mic check
Hi-def flow's flex
Yo we aren't the messed up
Not fucking the best
We not like the rest
My style is UFO
Totally unknown
You can't fuck with my new Zef flow
I'm hard to miss
"You can't do this, you can't do that"
Yo, fuckin' who said so?
I do what I like
Too hot to handle, too cold to hold
You can't fuck with the chosen one
I-I-I want the knife
I'm a Spider. 

Hook x2

Spider is poes cool
But don't fuck with my game
Boy or I'll poes you
Life is tough
When I get stuck
When my time is up
I push through
Till I break-break-break
on through to the other side
Fantastically poor with patience like a stalker

Spider is hardcore
Been cut so deep, feel no pain
It's not sore
Don't ask for kak or
You'll get what you ask for
I'm like a wild animal in the corner
Waiting for the break of dawn
Trying to get through the night
Just a man with the will to survive

My blade swing free
Decapitate a hater with amazing ease
This is not a game, boy
Don't play with me
I work my light sabre like a wild fucking savage
from the dark side danger

Yin to the yang
Totally Hi-Tek Ninjas
Motherfucking big in Japan
I’ve seen the future, but I never got nothing in my hand
Except a microphone, big dreams and a plan
Fly-talking, sky-walking
Like a spider

Hook x2

Fuck, this is like
The coolest song I ever heard in my whole life
Fuck all of you who said I wouldn't make it
Who said I was a loser
They said I was a no-one
They said I was a fuckin' psycho
But look at me now:
All up on the interweb
World-wide, 2009
Futurista
Enter the spider
Alois Trancy

Al escuchar ese nombre, el resto de los oyentes se quedaron boquiabiertos. ¿Alois Trancy? ¿El de la casa Trancy? ¿En aquel maldito tugurio? ¿Siguiendo el ritmo del rap con su cuerpo como arma bajo la atenta protección del gran Spider? Realmente, los que lo conocían, aunque fuse de vista, confirmaron su identidad, completamente anonadados por su presencia. Incluso Doggy Demon enmudeció, saboreando su derrota. Pocos raperos eran capaces de una hazaña de tan calibre. 

DJ Hi-Tek
Die fokken Antwoord

What's my name?-susurró al oído de Alois, quien, completamente sonrojado, volvió a repetir su línea.

I, I, I (I'm a spider)
I am your butterfly
I need your protection
Be my samurai
I, I, I (yo I'm a spider)
I am your butterfly
I need your protection
Need your protection

I, I, I (Yo I'm a spider)
I am your butterfly
I need your protection
Be my samurai
I, I, I (a motherfuckin' spider)
I am your butterfly
I need your protection
Need your protection

-¡¡Creo que tenemos ganador!!-gritó Tim en ese momento, recibiendo la ovación del público. 

El aristócrata observó a Spider orgulloso, quien le devolvió la mirada, no sin antes haberle hecho un movimiento de ceja a Doggy Demon, restregándole su victoria. El corazón de Alois nunca había traqueteado tan fuerte. La sensación era indescriptible, estaba en una maldita nube en aquel momento. 

-Ahora puedes hacerlo.-susurró Spider al oído de Alois, quien interpretó sus palabras y le hizo un corte de mangas al enemigo derrotado desde el escenario, soltando una carcajada. 

El show semejaba perfecto. 

De no ser por una presencia en el público.

I am your bitter-fly. Capítulo IV


Flashback

-¡Mamá, ya hemos llegado!

Una voz ajena, mas lo suficientemente conocida como para no sobresaltarle, irrumpió en la sala en el momento en el que los dos púberes cruzaron el umbral de la puerta cogidos de la mano. Alois movió levemente los dedos, apretando un tanto más. Le gustaba sentir los surcos de la palma de Ciel, su acompañante. En ese momento, irrumpió en la estancia una mujer vestida de traje, que constaba de americana y falda color rosa pálido a juego. Semejaba una deidad griega, una escultura renacentista, con aquella melena pelirroja recogida en un moño que no era capaz de contener unos mechones ondulados rebeldes que caían por sus hombros con bella virtud. Alois apenas si conservaba un recuerdo difuso de su progenitora; se preguntó entonces ante la visión de la digna matriarca de los Phantomhive, si su madre habría sido una mujer tan hermosa, tan elegante, si caminaría aferrándose a la falda, haciendo malabarismos con los tacones. Rachel Phantomhive sonrió ante la visión de los dos jóvenes, yendo a su encuentro sin hesitar.

-¡Oh, Ciel! ¿Este es tu amiguito? Ya era hora de que lo conociera.-orientó entonces su mirada hacia Alois, tomando su rostro entre sus manos. El muchacho se sintió acorralado, dulcemente acorralado.- ¡Ay, pero qué lindo es! ¡Si parece un muñequito, por favor, pero qué guapo! ¿Te van bien los estudios, bonito?

-S…sí, señora.-apenas si encontró aliento con el que responderle. Sintió cómo Ciel le soltaba la mano, para colocar ambas en su espalda.

-Sabe tocar el piano, mamá. Lo hace muy bien.

Alois le dirigió una mirada cargada de asombro y rabia. Apenas si hacía unos meses que se conocían y ya se habían enmarcado en una relación amor-odio tremendamente intensa. La misma que la que compartía con su piano. Y Ciel lo sabía, vaya si lo sabía.

-¿Ah, sí? ¡Qué preciosidad! ¡Tócanos algo, bonito, me encantaría oírte tocar!

-No…No me gusta el piano.-consiguió murmurar. La actitud de aquella mujer le halagaba, le hacía sentirse seguro, mas estaba pidiéndole algo demasiado difícil para él.

-Oh, qué pena, con lo que me gustaría escucharte, cielo.

Le acarició el cabello. Era la primera vez que alguien le tocaba sin ningún tipo de pretensión, ni laboral, ni sexual. Simplemente lo hizo. Con ternura, con afecto. Sentía que podría permanecer toda la tarde en la misma posición, notando el tacto de Rachel en su frente, en su nuca, en su media melena rubia. Se sentía cálido y próximo, suave, con dulzura. Realmente esperaba algo de él. Y por alguna razón sintió la determinación de no querer defraudarla.

-Puedo tocar una canción, si quiere.-bajó la mirada, como un niño tímido y avergonzado. La mirada de Ciel le atornillaba, lasciva y provocadora, como siempre. El muchacho rubio con el que había mantenido contacto sexual más de una vez en los baños del instituto se comportaba como el hijo prolijo que toda madre desearía tener.

-¡Oh, sería estupendo!-Rachel juntó sus manos, ilusionada, conduciendo a los dos jóvenes al salón, donde había un enorme piano blanco de cola en medio de la estancia.

Desde luego, la familia Phantomhive no ocultaba su nivel socioeconómico bajo ningún concepto: las paredes estaban tapizadas con elegancia, el parqué brillaba impoluto, la americana de la joven madre tenía estampado el logo de Chanel y Ciel, además de ir a un instituto de renombre, tampoco escondía las carísimas marcas de su ropa. Aunque lo que más llamaba la atención de él era el ojo que llevaba siempre oculto tras un parche; poco se sabía del tema, solamente que se lo habían cauterizado por una enfermedad ocular. Y de ahí, emergían toda clase de especulaciones. Desde un ojo vago hasta un glaucoma, pasando, por supuesto, por la anoftalmia y otra serie de anomalías tan espantosas que provocaban un rechazo inmediato hacia su ojo cubierto. Por supuesto, Ciel no estaba dispuesto a afirmar ni desmentir ningún rumor, seguía a rajatabla el consejo de Oscar Wilde de que lo mejor es que hablen de uno. Todo un gentleman.

Alois, temeroso, se acercó al piano, atusando la chaqueta de su uniforme antes de sentarse en la banqueta que había enfrente. Estaba acolchada. Dentro del nerviosismo que le producía aquella situación se sentía cómodo. Apoyó los dedos sobre las teclas, buscando el tono, y cuando lo encontró, comenzó por fin a tocar. Rachel sonrió con amplitud. Yann Tiersen, su compositor actual favorito, comenzaba a sonar bajo las yemas de Alois con “La valse d’Amelie”, una pieza sencilla armónicamente, mas que guardaba una complejidad impresionante en los ritmos y el sentimiento. De pianissimo in crescendo. Se notaba que el joven conocía con precisión los secretos del instrumento, cómo hacerle no solo hablar, sino que transmitiese lo que él quisiese decir. Y reflejaba una tristeza tan hermosa aquella pieza, tan precisa, y a la vez tan visceral, como el bisturí de un cirujano abriéndole en dos el pecho. Él no podía evitar asociar aquella canción a su hermano Luke. No era la primera vez que el niño se sentaba a su lado cuando estaba aprendiéndola y le mandaba tocarla hasta la saciedad a causa de lo mucho que le gustaba. Cuando murió, era lo único que le aliviaba; reproducirla una y otra vez en el piano, como si él estuviese allí, hasta sentir que le faltaban las fuerzas. Incluso Ciel podía notarlo. El tacto bajo los dedos, las lágrimas escurriendo por sus mejillas, ese ritmo desgarrador, atrapante, como la tela de una araña. Cautivador, triste, trémulo, vibrante, inestable. Alois se vio obligado a reprimir las lágrimas hasta el final de la pieza. Se le hacía un nudo en la garganta que le dificultaba la respiración. Apretó los dientes. No iba a permitirse el lujo de llorar delante de aquella amable señora, y por supuesto, no iba a parecer débil delante de Ciel. En cuanto la melodía llegó a su fin, no pudo sino suspirar con intensidad, muchísimo más relajado.

-¡Dios mío!-la exclamación de Rachel hizo que Alois se diese la vuelta. Estaba… ¿llorando?-Se me caen las lágrimas, ha sido maravilloso, intensísimo. Tocas muy bien, precioso.

-No llores…-las palabras salieron de sus labios inconscientemente. Ni siquiera se molestó en tratarla de usted. Se sintió culpable, lo que menos quería era que aquella buena mujer sintiese el dolor que él tuvo que experimentar en su día, aunque fuese a través de una canción. No sería justo. En ese momento, la voz de Ciel irrumpió en la estancia, con un deje estridente:

-Mamá, voy a llevar a Alois a la habitación para que deje sus cosas.

Esa era la razón por la que estaba en casa ajena aquella tarde; Ciel le había invitado a quedarse a dormir con él, y la verdad, no podía negarse dadas las circunstancias. Prometía ser interesante yacer juntos en una cama, para variar. Además, le causaba curiosidad saber en qué ambiente se movía. Alois recogió su mochila, la cual había dejado apoyada al lado del piano, y se la echó al hombro, para seguir a su compañero, quien había abandonado la sala. El muchacho se acercó a la joven madre sin poder evitarlo. Le causaba una fuerte angustia y una profunda pena verla llorar. Apoyó una de sus manos en su mejilla y recogió entre sus dedos una lágrima juguetona, ante su atenta mirada cariñosa. Parecía entrenado en calmar a alguien que llora, aunque se le veía retraído y miedoso. Sentía el pulso desbocado. Temía una negativa, aunque esta no llegó. Rachel sonrió tiernamente y le acarició el cabello en agradecimiento.

-¡Alois! ¡Ven!-la voz de Ciel irrumpió desde el piso de arriba, haciendo que el muchacho rubio saliese de la estancia a trote, dejándola sola tras de sí.



-Tu madre es una buena mujer, Phantomhive. Has de atesorarla bien.

-No me digas que te pone.

-Para mi desgracia quien me pones eres tú.


Tras haber dicho esto, Alois se giró para poder mirar a los ojos a su amante enemigo. Ciel sonrió alzando una de las comisuras de sus labios, como si alguien tirase de ella mediante un hilo invisible. Cuanta menos ropa cubría al joven, más intensos sentía los impulsos de asaltarle de forma furtiva, igual que el león que espera pacientemente a que la grácil gacela esté distraída para saltar a su cuello y reventarle la yugular. Mas el problema de esta gacela era que sus ojos azules tenían hechizado al depredador. Y desde luego, el halo de misterio que desprendía el león había apresado entre sus redes a la ingenua víctima. Ciel reptó hacia la cama y apartó el cabello de Alois para dejar su cuello al descubierto. Su respiración se hacía tremendamente visible al estar desnudo de cintura para arriba. El muchacho deseó despojarse de su parche para poder apreciar en una visión binocular la hermosura de su compañero. Presionó sus labios contra su yugular y la acarició con la lengua, recorriéndola para dejar a su paso un rastro de saliva que delataba el camino que había seguido. Alois respiró hondo por la nariz, provocando un sonido ronroneante, igual que el viento azotando las hojas de los árboles. Ciel deslizó su mano por su tronco desnudo, siguiendo la estela que marcaban su esternón y su línea alba, hasta introducirla en sus pantalones, provocándole un escalofrío. Esperaba alguna frase bella de los labios de Phantomhive, mas no fue eso lo que consiguió. Se bajó de la cama y, sonriente, se colocó de rodillas frente al muchacho rubio, acurrucando la cabeza entre sus piernas. Comenzó a sentir sus propios latidos golpeando en sus genitales, haciéndole sentir incómodo y excitado. Ciel le despojó de la ropa sobrante, introduciendo tras una inhalación intensa su sexo en su boca. A pesar de no haber perdido la inocencia tan abrupta y prontamente como él, Phantomhive conocía perfectamente la manera de hacer una felación. Lamía la zona del meato trazando pequeños círculos alrededor de él, para posteriormente mostrarle la manera de controlar las náuseas aferrando su miembro y envolviéndolo con su boca hasta casi tocar su campanilla, e ir extrayéndolo lentamente estrechando los labios para estimular la sensitiva piel. Ladeaba la cabeza y recorría los surcos de su estructura entre besos húmedos. Soportaba estoicamente los tirones de cabello y los empujones en la nuca de su pareja, obedeciendo a ellos como un buen sirviente. Y en el momento en el que Alois no aguantó más tiempo sin llegar al orgasmo, se bebió, literalmente, todo lo que había expulsado, relamiéndose los labios y los dedos para no dejar ni una sola gota desperdiciada. Alzó la mirada, observando cómo el joven jadeaba intensamente mientras la erección se desvanecía. Desde luego, el sexo oral le otorgaba un poder comparable con el que un rey ejerce sobre una región. Había desmantelado a su rival con una facilidad asombrosa, convirtiéndolo en un cúmulo de escalofríos y gemidos.

Ciel se irguió, limpiándose la boca con la manga de su camisa. No enunció ninguna palabra, sino que se sentó al lado de Alois y presionó su cabeza hacia abajo. El rubio se resistió, todavía en busca de aliento. Aquella mirada de superioridad le hacía vomitar. Se parecía a la de su padre. Ciel volvió a reiterar, golpeando su nuca con la apófisis del radio, y de nuevo obtuvo idéntica respuesta. 

-No, por favor. No quiero.-sollozó Alois, intentando contener sus manos apresando sus muñecas. No podría soportar sentir el ahogo, la sumisión, que producía una felación en sí misma. No quería sentirle intentando que sintiese náuseas al introducir su miembro dentro de su boca. No quería recordar lo que se sentía. 

-Quid pro Quo, Trancy.-conminó en contestación, pugnando por repetir el gesto, aunque el joven le detuvo, ofreciendo nuevamente resistencia. 

-Dejo que me hagas otras cosas... Por detrás. Lo sentirás más intenso. 

-¿En serio?

-En serio, Phantomhive. Solo… no me hagas mucho daño. 

Y de nuevo sucumbió, dejándose hundir en sus caricias. 


El joven se tumbó de costado, acurrucándose en una esquina de la cama en la que supuestamente dormiría aquella noche. Le molestaba colocarse boca arriba. Ciel se había comportado como un perro en celo, ni siquiera le había besado ni tenido algún tipo de consideración con él en el momento del sexo. Se limitó a ensartar fuerte, abriendo la boca solamente para gemir y jadear. Su mano se apoyó ahora en la curva de su cintura, haciendo que el muchacho cerrase los ojos y flexionase las piernas, molesto. Ciel podía notar la respiración forzada de Alois bajo su mano, mientras la otra sostenía el porro que se llevaba a los labios. Aquel olor le tranquilizó un poco, pero seguía sintiéndose mancillado, sucio, ultrajado. Llegó a pensar, fugazmente, que debido a los abusos de su padre nunca jamás sería capaz de disfrutar del sexo. Siempre lo vería como una amenaza a su persona, como una sumisión constante, como un dolor en el coxis y la pelvis insoportable. Ciel apoyó la mejilla sobre el costado expuesto de su compañero tras haber prendido el porro, inhalando muy suave y profundamente su humo. 

-¿Fumas maría, Phantomhive?

-Corrige. Es la hierba de los reyes.-respondió, riéndose levemente. No parecía tener mucho aguante, seguramente era su primera vez, o dejaba pasar demasiado tiempo entre cada consumición para que el cuerpo se adaptase al THC. 

Alois le miró con ternura. Eso era lo que le producía en aquel momento; ternura. A pesar de que le hubiese dañado con la ferocidad del sexo anal que habían tenido hacía apenas unos minutos, verle tan tremendamente colocado con un par de caladas le mostraba en su faceta más indefensa. Parecía que iba a caerse de la cama si no fuese porque estaba fuertemente amarrado a él. Acarició con suavidad su cabello negro, provocando que incluso ronronease como un minino, no sin después soltar una carcajada caótica. 

-Ven aquí, mi niño bonito…-murmuró, dándose la vuelta para poder abrazarle. Se colocó en decúbito supino, mirando hacia el techo, aunque intentando que el colchón no presionase demasiado su trasero y le provocase dolor. Ciel, entre risas cuasi incontrolables, posicionó su cabeza sobre el corazón de su compañero, dejando que la droga y sus latidos hiciesen su efecto y le tranquilizasen. 

Aprovechó pues su descuido para robarle el porro de entre los dedos, dándole una calada intensa, reteniendo el humo en la boca para poder saborearlo antes de expulsarlo en un soplido feble. El muchacho moreno observó maravillado el humo que se escapaba caprichoso de sus labios, jugando con ellos, besándolos, como si estuviese desnudando un diente de león. No podría expresar con palabras cuán loco le volvía. Esos ojos azules de mirada quebrada, su cabello rubio como el reflejo del sol sobre el agua, la piel blanquísima, fina, herida, suave y cuidada, su manera de hablar, su sonrisa traviesa de carcajada descuidada, la dulce presión de sus labios al besar. Le devolvió el porro que le había robado entre caricias en las manos. ¿Podía ser que tuviese un callo en el lateral de su anular izquierdo? Asombroso. No dejaba de sorprenderle. Ciel cerró los ojos, aprehendiendo el peta recién devuelto entre sus dedos, y con muchísima delicadeza envolvió el pezón de su compañero entre lengua y paladar, lamiéndolo, succionando y tirando de él, envolviéndolo bajo una fina capa de saliva, con muchísima parsimonia. Alois se estremeció. No solo por el roce en tan sensible zona, sino porque, después de haberle herido al mantener relaciones, se mostraba más respetuoso y cariñoso que nunca. Desde luego, la “hierba de los reyes” tenía un efecto muy dulce en él. 

-Para, si acabamos de hacerlo.-susurró entre risas de nerviosismo, intentando apartarle con caricias en su frente.-Para. ¡Para, anda! Tengo que ir a darme una ducha. 

Al oír esto último, el heredero de Phantomhive se apartó volviendo a fumar de nuevo, mientras su compañero se levantaba de la cama y se colocaba los calzoncillos para ocultar su desnudez. Antes de cruzar el umbral de la puerta, se volvió hacia él y le besó en el cabello. En su denso cabello alquitranado, bajo su mirada expectante. Reflejaba una nunca vista admiración en sus pupilas dilatadas. 


El agua caliente golpeaba contra su piel furiosamente, arrastrando todo desperfecto que encontraba a su paso. El sudor que envolvía su cuerpo, el semen que corroía las heridas de su trasero, la piel muerta, los hilillos y pelusas de su ropa. Sentía un dolor tan intenso ante la purificación que interrumpía su aliento. Ciel parecía haberle desgarrado algún pliegue del recto creando una úlcera, al oponer resistencia instintivamente ante el sexo anal, y la zona escocía de una forma insoportable. Recordaba aquellos días en los que vivía en casa de su padre. Tenía la costumbre, tras haber consumado, de cerrar la puerta del servicio para evitar que su hermano entrase y acurrucarse en un rincón de la ducha, avergonzado y asustado, arremetiendo una sensación de asco y desagrado contra sí mismo. Solamente era un niño cuando le robaron la virginidad. Relacionaba por inercia el sexo con el dolor, la humillación, el aliento desbocado, el corazón a punto de atravesarle la carne, las lágrimas arrasando sus mejillas, los chillidos corroyendo su garganta. Pero no, no iba a llorar como un crío delante de Phantomhive. ¿Cómo iba a entender el trauma que llevaba a sus espaldas? Seguramente se burlaría de él, o lo utilizaría como arma para atacarle. Y no iba a permitirse desfallecer. 

Vertió el champú que Ciel solía utilizar en sus manos, para poder embadurnar posteriormente su pelo rubio. Cerró los ojos, para evitar que el producto irritase sus ojos, y masajeó con las yemas de los dedos su cuello cabelludo, creando espuma. Se sentía, dentro de su sufrimiento interno, relajado. A veces necesitaba una buena ducha para poner aquellos terroríficos pensamientos en orden. Se escuchó un feble ruido. Sin embargo, no iba a abrir los ojos ahora que se estaba aclarando el champú. Seguramente sería su turbada imaginación. Mas, en ese momento, un violento tirón de cabello sumergió su rostro bajo el chorro de agua. 

Esa sensación. El líquido colmándose en su boca, taponando su nariz. No podía abrir los ojos. Estaba completamente en shock. Opuso resistencia, tiró hacia delante, hacia los lados, mas una fuerza superior a él volvía a empujarlo a merced del agua. Abrió los labios hasta sentir su mandíbula a punto de desencajarse. Necesitaba respirar. Inhalar. Tragaba y se ahogaba, tosía, escupía. El corazón le iba tan deprisa que podría perder la consciencia si no fuese porque un hilo de aire todavía le mantenía vivo. Alzó las manos con desesperación. Llamada de socorro. Intentó soltarse. Quería gritar. Las lágrimas caían de sus ojos violentamente. La inspiración se hacía más y más costosa. Papá, papá, ¿eres tú? No me hagas daño, por favor, no más, no puedo más, vas a matarme. El agua se le tornaba espesa en la garganta. Y entonces, sus labios se sellaron. Herméticamente. Sin dejar pasar ni una brisa a sus pulmones. Elevó de nuevo las manos, sin apenas fuerzas. No podía dejar de llorar. Su pecho comenzó a convulsionar. Un rostro. Había un rostro sobre él. No lo pensó dos veces, lo arañó con saña. Papá, papá, se repetía, para ya, voy a morir, pa, no puedo respirar, déjame, por favor, papá. En ese momento, la presión en el pelo de su nuca desapareció. Se desvaneció. Alois se inclinó hacia delante, abriendo los párpados bruscamente. Se envolvió en sus propios brazos. Tomó aire repetidas veces. Estaba temblando, sentía escalofríos por toda la columna vertebral. Un impulso de supervivencia le ordenó que debería salir de allí corriendo si no quería que la escena se repitiese. Corrió la cortina de la ducha y salió de ella atropelladamente, tropezándose y cayendo en el suelo. Apenas si sus manos alcanzaron a agarrar la toalla del lavabo y taparse con ella, asustado, mientras pugnaba por ponerse de pie. 

-¿Qué diablos te pasa, Trancy?

Su maldita voz. Así que no era su padre. Imposible que así fuese, había muerto. Alois se giró levemente solo para poder mirarle a la cara. En los veinte minutos que había estado en la ducha a Ciel solo le quedaban pequeños resquicios de intoxicación. Aquella mirada dulce e inocente había desaparecido, y había vuelto a su forma de ser dominante y retorcida. Él había sido quien le había agredido. Él. Alois se alejó a gatas, intentando coger su ropa para poder vestirse y que no le viese desnudo. Su pensamiento distaba de la racionalidad. El desasosiego que había sufrido nubló su mente por completo. Su angustia simplemente se había atesiguado, mas seguía inflamada dentro de su pecho. Solo deseaba escapar, tranquilizarse, acurrucarse en una esquinita para dejar escapar todo su temor en forma de lágrimas, abrazarse a sí mismo, repetirse que todo va a ir bien con un tono tembloroso y suave. Pero allí estaba Ciel sin apartar la vista ni un momento, atónito por su comportamiento.

-Me quiero ir a casa…-la voz del joven rubio se escapó de su garganta agarrotada, obligándole a hiperventilar tras haber hablado. Sus bronquios apenas si le permitían enunciar algo más que sollozos. 

-¿A dónde coño vas a ir? Me dijiste que te quedarías. Cuando eres tú el que domina bien que te gusta, ¿eh?

Tenía un tono seco y estentóreo de por sí el muchacho de cabello oscuro, pero todavía se acentuaba más al verle cabreado. Alois se deslizó empujándose con las piernas hacia la pared, estrechando la toalla contra su pecho. En un movimiento seco, una presión fuerte como la garra de un águila salida de la mano de Ciel tomó su barbilla con una de sus manos y prendió su labio con los dientes. Cerró ambas filas y apretó, ahogando los chillidos de su compañero, hasta que notó el sabor de la sangre en su paladar. 

-Eres mío, Trancy. Más te vale no olvidarlo.-murmuró en cuanto se fue separando. 

Alois se llevó las yemas de sus dedos a la boca. Una nueva fuente de dolor comenzaba a florecer en su labio, en tanto que la sangre se desbordaba fluyendo por la barbilla. La mordida había sido hecha a propósito para que le quedase gravada una cicatriz perfectamente visible para todo aquel que le mirase. No podía detener los escalofríos, su carne tiritaba con furia intentando que entrase en calor. Entre lágrimas se levantó bruscamente e imitó el gesto. Tomó el rostro de Ciel hincando las uñas temblorosas en sus carrillos lo más profundamente que pudo y mordió con toda la ira y la saña que arrancó del pecho su labio inferior, retorciéndolo, desgarrándolo, a pesar de los gritos que reprimía por orgullo. En cuanto le soltó, ambos labios de Ciel estaban ensangrentados, y la úlcera creada superaba con creces la fiereza de la que el muchacho rubio poseía.

-Tú también eres mío, grandísimo hijo de puta. 

Dicho esto, se puso los calzoncillos, aprovechando el shock que le había causado, y tomó la toalla y su ropa para salir corriendo. La caída al salir de la ducha le obligaba a mantener el pie lejos de cualquier carga, por lo que la cojera le impedía aumentar demasiado la velocidad. Como siempre, en desventaja ante su rival. Parecía tan fácil vencerle como una paloma con el ala herida. Que la bala acertase en su cuello era solo cuestión de pulso. Y desde luego, las zancadas furiosas de Phantomhive sonaban más amenazadoras que cualquier disparo. El pasillo estaba oscuro. Un ventanal enorme reflejaba el vendaval que azotaba la noche. Alois sintió su brazo siendo aprisionado y se detuvo en seco. Cerró los ojos con miedo. Respiró superficial y despacito. Su cuerpo se agitaba como una rama. 

-¿A dónde se supone que vas? ¿Quieres que mi madre se entere?

Su entrecejo fruncido. Aquellos ojos del color de los zafiros y del mar bravío agitados, turbados e hirientes. Su rostro embadurnado de sangre propia y ajena. Los dientes chirriando. Alois sintió el látigo del terror azotándole al verle de aquel modo. Sus pupilas se contrajeron. Dejó de respirar. Sintió una cosquilleante calor viajar por sus piernas. Incluso su llanto se detuvo en seco. Pronto la calidez se convirtió en un frío intenso y una humedad urente en sus pantorrillas. Ciel desvió la mirada en un golpe seco de vista. Se había orinado de miedo. Él mismo lo notó horrorizado. Hacía años que aquello no le pasaba y tenía que ser delante de su némesis. Desde que su hermano había muerto no había sentido un miedo tan intenso. Rompió de nuevo a llorar, avergonzado, sin siquiera poder percatarse de la mueca de desagrado que mostraba su compañero. Sin embargo, no tardó en florecer dentro de él una semilla de lástima. Rodeó su nuca y obligó a que apoyase su cabeza poblada de cabello dorado en su pecho, prudencialmente separado de sus piernas mojadas, las cuales temblaban violentamente. 

-Tranquilo. Le diré a la criada que lo limpie. Ven, vamos a la habitación a cambiarte. 

Alois obedeció, soltando la ropa que llevaba bajo su brazo al aflojar la tensión de la extremidad. Le entregó la mano al anfitrión, sin hesitar, mas sin dejar de agitarse nervioso y humillado. Ciel le ofreció un pijama suyo, el cual le quedaba algo grande debido a su delgadez, la cual rozaba los límites entre lo normal y lo patológico, y una muda limpia de ropa interior. Los jóvenes se acostaron juntos, tapándose con las sábanas. La lluvia golpeaba los cristales en un tamborileo rítmico semejante al del corazón de Ciel, el cual escuchaba con calma, aunque sin cesar en ningún momento de sollozar. 

-Está cayendo una tormenta.-murmuró el muchacho moreno, acariciando su cabeza con calma.- ¿A dónde ibas a ir con este tiempo? ¿Dónde estás mejor que aquí?

Se centró en respirar. Sus palabras de cariño solían ser siempre las mismas. No obstante, eran capaces de restaurar su confianza en él. Aquel Ciel que le abrazaba con gentil ternura no era el mismo Ciel de la ducha. Rodeó su cabeza con los brazos, manteniéndole cerca de sí, procurando entre roces cruzar ambas miradas cerúleas. 

-¿Quién te quiere a ti, Alois? ¿Quién te quiere más de lo que te quiero yo? Dime… ¿Quién te quiere?

Su garganta se estrechó en un gemido que arrancó de lo más profundo de sus entrañas. ¿Quién te quiere a ti, Alois? Tú, tú me quieres. ¿Quién te quiere más de lo que te quiero yo? Nadie. Nadie podría querer a alguien como yo como tú lo haces. Era el lobo que desgarraba su carne y el perro fiel que lamía sus heridas. Era la aceleración y la calma. Su asesino y amante. Debería agradecerle que se tomase la molestia de cuidar a alguien tan sucio y degradante como él, a alguien impuro, a alguien cuyo cuerpo lo más inteligente que sabe reaccionar en una situación de peligro es orinándose encima. Era el hierro candente que le estigmatizaba. La aguja de tatuador que trazaba dibujos con su sangre. Era Ciel Phantomhive. Y era de su propiedad. Se acurrucó en su pecho, sintiendo cómo sus labios manchados le besaban en el cuero cabelludo. 

-No encontrarás a nadie mejor que yo, Alois. Más de lo que yo me sacrifico por ti nunca lo harán. 

Él asintió suavemente. Su voz le mantenía manso. Sus latidos sonaban suaves y contundentes, rebosantes de vida; al contrario que los suyos, esquivos, trémulos, huidizos. Estaba allí. A su lado. A su disposición. Como un buen mayordomo. Era la cuna que mecía sus miedos. Era imposible igualarle, igualar la sensación que producía su compañía. La lluvia fluía tras sus ojos e inundaba sus pupilas. Alois respiró con serenidad. 

-¿Te sientes seguro conmigo?-cuestionó el joven heredero, alzando una ceja suavemente. 

-Igual que con un chucho con la rabia.-alzó la mirada, sonriendo con suavidad entre lágrimas.-Pero tranquilo. Es lo más seguro que me he sentido nunca. 

La luz siempre arroja sombra y las rosas más bellas tienen las espinas más dolorosas.