jueves, 25 de abril de 2013

Diez días, primera parte: De la mentira/ Del recuerdo


Día 1-De la mentira. 

Las lágrimas dejan cicatrices.

Cicatrizan en los ojos. En las mejillas. Dejan breves senderos en la piel, marcan las venas que irrigaron los lacrimales.

Y lo más importante. Cicatrizan en el alma.

Shion no quería mirarse al espejo.

 Por poco se había desmayado en medio del aparcamiento del hospital. Se desplomó al lado de su coche, aferrando la manecilla de la puerta del conductor todavía al tocar en el suelo. De nuevo el dolor de cabeza, una opresión en el pecho, la tierra moviéndose bajo sus pies. Estaba pálido como una vela. Pero no cerró en ningún momento los ojos, los clavó en los orbes grisáceos de su compañero mientras comprobaba su consciencia. No podía dejar de llorar. Nezumi le llevó hasta casa en brazos. Poco le importaba que les mirasen. Nunca le había importado, y mucho menos ahora. Él no sabía conducir, y no dejaría que su Shion, su preciado tesoro, su niño, se pusiera al volante después de aquello.

Le sentía como un cristal entre las manos.

Karan había dejado a Shionn dormido. Una nota yacía sobre la mesa de la cocina, como solía, excusando su ausencia. Mas sabía que no iba a pasarle nada al pequeño, su perro le vigilaba como un guardián y su padre no demoraría. Al entrar en la estancia solo les recibió un profundo silencio.

Shion no quiso un vaso de agua solo por no soportar ver su reflejo.

Su cabeza. Las marcas en su piel. Sus ojos inflamados. No quiso ver en qué se había convertido. No quiso reconocer lo que estaba pasando. Quiso ensordecer la realidad. Sentía las caricias de Nezumi, le acercaba el vaso lentamente, una tras otra vez, sin rendirse. Eso… era su frente… ¿Dónde estaba su pelo blanco? ¿Dónde estaba? ¿Por qué tenía que pasar todo eso, por qué? Le apartaba bruscamente la mano y se escondía en su pecho para llorar como un niño.  No podía estar sucediéndole todo aquello a él. Tenía que suceder un milagro. Tenía que desaparecer el dolor, la sensación de fragilidad, el temblor del suelo. Tenía que estar bien. Nezumi estaba con él. ¿Por qué tenía que morirse cuando por fin lograban estar juntos?

Tantas noches te he esperado, tantas noches, tantas noches mirando por la ventana por si venías, tantas noches echándote de menos. ¿Por qué, Nezumi? ¿Por qué ahora? ¿Por qué tengo que perderte siempre?


Se inclinó para coger la peluca de la mesa de noche. Su compañero le apresó las muñecas y las estrechó contra su pecho. Le ardían. Las retorció, forcejeó. Solo quería olvidar que todo aquello estaba sucediendo. Pensar que tan solo era una horrible pesadilla.

Sus caricias. Su cuerpo. Su voz. Le acariciaba suavemente la cabeza. Acercaba los labios a su oído. Respiraba sobre él. Estaba a su lado. Le cantaba. Le arrullaba en sus brazos.

In joy and sorrow my home is in your arms. 
In world so hollow is breaking my heart. 





¿La estaría improvisando? ¿La habría guardado en su corazón todo aquel tiempo? Cerró los ojos. No quería verle. Solo quería escucharle cantar. Sonaba como el viento soplando entre los árboles, jugando con las hojas, creando armonía con la naturaleza. Sintió sus latidos calmarse. Traquetear mucho más despacio. Tenía todo lo que quería bajo el mismo techo que él. A su hijo y a su amor. No necesitaba nada más para ser feliz. Envolvió sus costados y le abrazó con fuerza. Mientras estuviese a su lado nada más debía importarle. No tenía que pensar en nada más que en seguir respirando. Tenía que ser fuerte, se lo había prometido. Se lo prometía cada día de enfermedad. Cada recaída, cada ingreso, cada mareo, cada palpitación. Durante diez meses se prometió que sería fuerte por él. No podía flaquear. Ser fuerte duele. Ser fuerte trae consigo una lucha. Una lucha que, se gane o se pierda, nunca se abandona. Le asolaban intensísimas jaquecas que le hacían estremecerse de arriba abajo, como las acometidas de una ola. Pero Nezumi no dejaba de abrazarle. ¿Nunca se cansaría? ¿Había dejado de lado todo lo que le había dicho cuando todavía eran adolescentes, que involucrarse con alguien solo traería derrota tras derrota?...

Fue cerrando los ojos. Le acostó en la cama. Notó sus manos sobre su estómago.

La melodía de Nezumi fue lo último que escuchó antes de quedarse profundamente dormido.



Papá.

Papá.

Papáaa.

Apenas si aquel sonido era el resquicio de un susurro. Nezumi abrió suavemente los ojos. No soltó en ningún momento a su amante. Su vientre se elevaba bajo sus manos al respirar. Si hincaba un poco más los dedos junto a sus costillas flotantes notaría el latido tranquilo de su corazón. Estaba a gusto en la posición que había adoptado. Sintió entonces una leve presión en la cama. Miró a su lado.

-Eh, eh, ¿qué haces despierto?-se incorporó rápidamente, agarrando por la cintura al pequeño intruso.

Shionn se detuvo con una rodilla sobre el colchón, a punto de subir y acostarse entre ellos. Sus manos agarraron los brazos de Nezumi, aunque no ejercieron presión alguna. Quería que le soltase, pero estaba demasiado cansado y alterado para forcejear.

-Tuve una pesadilla.

Suspiró profundamente por la nariz, provocando una contundente exhalación a causa del tabaco. Así que eso era lo que pretendía, dormir al lado de su padre para que ahuyentase todos los monstruos que le perseguían. Esa costumbre solo Shion podría habérsela metido en la cabeza. Era el gesto propio de un padre que se esfuerza para darle a su hijo incluso no que no tiene. Nezumi se apresuró a sentarse en la cama frente a él, sin parecer nervioso, para hacer el ademán de levantarse.

-Ven, vamos a tu cama entonces y dormimos allí.

El niño se inclinó hacia delante. Su padre dormía contra la pared, de espaldas a él. Su cabeza estaba parcialmente cubierta por la almohada blanca y la oscuridad.

-Papá…-murmuró, alargando uno de los brazos hacia él. Sonaba mimoso, incluso casi a punto de llorar. Se preguntó qué era lo que habría estado soñando para que sintiese la necesidad de estar tan apegado a él.

Pero Shion… Shion se había dormido sin nada cubriendo su cabeza. La peluca blanca aún estaba sobre la mesita, medio escondida de forma inconsciente. No debía verla. Si se diese cuenta, su alma se rompería en mil pedazos. Si el ser que más quería en el mundo, más que a su propia vida, más que a nada y más que a nadie, se enterase de que estaba a punto de ser derrotado por una maldita enfermedad no se lo perdonaría a sí mismo. Se flagelaría hasta su último aliento. Y Nezumi no permitiría que algo así sucediese.

-No le despiertes. Está muy cansado y mañana tiene que trabajar. Anda, ven conmigo.

Le cogió de la mano. Era pequeñísima, apenas si ocupaba poco más de su palma. Estaba cálida, repleta de sudor, palpitante. Parecía que aquella pesadilla había explorado miedos inconscientes que ni el mismo creía tener. Se aferró fuerte a los dedos de su progenitor, siguiéndole ciegamente y a la vez indicándole el camino hacia su habitación. Se sentía seguro a su lado, aunque  en esencia no le conocía de nada. Dicen que cuando un niño se encuentra con su padre, aunque nunca se hubiesen visto, todavía nota ese amor condicional que entreteje el vínculo de la oxitocina. ¿Era eso lo que estaba sintiendo? ¿Por eso había accedido a entregarle el arma con la que librase batallas contra sus peores temores para protegerle? ¿Por eso algo en el interior de Nezumi se conmovía cada vez que miraba esos ojitos de avellana astutos y juguetones? Golpeó su mente el recuerdo de su madre. Sí. De aquella mujer de cabello negro y lacio, tan largo que acariciaba sus tobillos, con esos jugosos labios del color de las rosas, los iris grandes y turquesa y esa voz, ese tacto, esos besos que chispeaban en sus mejillas y que le hacían tranquilizarse por completo. Ella también sentía ese vínculo que unen la carne y el espíritu hacia su hijo. Y a pesar de haberla perdido siempre la tendría a su lado, como una dulce espinita clavada en el corazón sin la cual no podría seguir latiendo. ¿Sentiría eso el pequeño Shionn hacia él? ¿El mismo sentimiento de sosiego que el que había suscitado en él su propia madre? El pequeño se subió a la cama y se hizo un ovillo, flexionando las rodillas hasta que tocaron su pecho. Nezumi tomó las sábanas entre sus dedos y las apartó solo un instante para meterse a su lado. Le miró. Se parecía a Shion. A pesar de no ser sus padres biológicos, se notaba cada vez más la influencia que tenía sobre él. Le arropó suavemente, hasta que las mantas rozaron su barbilla. Su madre también se lo hacía, cada noche, antes de darle el beso de buenas noches. Se inclinó. Le besó en la frente. Shionn cerró los ojos. Parecía comenzar a comprender por qué su padre le había echado tantísimo de menos. Nezumi se separó suavemente, acostándose de lado, espalda contra espalda. Qué pequeño que era…

-Papi.

-Dime.

-¿Tú me quieres?

-Claro.

-¿Te fuiste por mi culpa?

-No. No digas eso ni en broma.

Si se escuchase a sí mismo su yo adolescente se burlaría de él.

-¿No te vas a volver a ir?

-No, peque.

-¿Nunca, nunca, nunca?

-Nunca, te lo prometo.

Se hizo un breve silencio. El pequeño respiró tranquilo. Quizás esa había sido su pesadilla. Volver a ver a su padre mirando por la ventana, como cada noche durante diez años, tapándose los labios con el puño para evitar sollozar, con un nombre escrito en cada una de sus lágrimas. La desesperación que le producía no encontrar respuesta cada vez que le preguntaba por qué lloraba, pero saber que en algún lugar del mundo tenía a alguien que les había abandonado cruelmente, y a pesar de ello a quien su padre le guardaba una admiración y un amor tan intensos como el propio dolor. Desconocer si les había dejado porque nunca querría tener un hijo como él, o porque el sentimiento no fuese correspondido con el bueno de su progenitor. Solo pensar que el crío no se había sentido nunca plenamente querido, que siempre le asaltaba aquella pizca de duda de si todo había sido culpa suya, le apuñalaba con una tremenda culpabilidad. Él se había alejado para no herirles y tan solo había empeorado las cosas. Shion seguiría perdonándole eternamente, pero no estaba demasiado seguro de si el pequeño también lo haría. Teniendo en cuenta el diagnóstico de su pareja, solo le quedaban diez semanas para darle lo que él tuvo en su niñez más temprana: dos progenitores que le quisieran de forma incondicional reunidos en el mismo lugar. La voz del pequeño Shionn volvió a irrumpir en la estancia, apagando el silencio:

-Papi.

-Qué.

-Papá me abraza cuando duermo con él.

Nezumi suspiró profundamente. Se dio la vuelta parsimoniosamente y le envolvió con sus brazos, cruzando ambas manos en su tronco. Así se sentiría acompañado. Ojalá pudiese haber sido una persona tan cariñosa y paternal como su madre o como Shion. Había heredado el amor silencioso de su padre, ese que no se ve y pocas veces se demuestra, pero se siente. Estaba tenso. Incluso su propia habitación, su cama, le recordaba a su sueño. Nezumi volvió a traerla de vuelta a su mente, a ella, a aquella joven mujer que le dio la vida. Se inclinaba hacia su cama y le cantaba una hermosa canción cada noche. La misma que entonaba en las ceremonias que le ofrecían a su Diosa para rogar por su benevolencia.

She rules until the end of time.
She gives and she takes.
Until the end of time.
She’ll go her way.



No pudo evitar tararearla. Si realmente existía aquella deidad a la que había adorado toda su vida, tanto él como su familia como el poblado en el que había crecido, guiaría sus pasos hacia la claridad, la serenidad, y le haría permanecer fuerte. El pequeño se acurrucó. Shion tenía razón. Su voz sobrepasaba los límites de lo meramente humano. Sonaba como si deslizasen un arco con las cerdas bien tensadas sobre sus cuerdas vocales y entonase con tal maestría que ni siquiera Paganini sería capaz de igualarlo. Un murmullo grave que calmaba hasta las tormentas, la marejada más furiosa, su cuerpecillo que había dejado de temblar. Ya no necesitaba encogerse sobre sí mismo para dar una sensación de falsa protección.

Estaba protegido.


Nezumi

Nezumi, ¿dónde estás?

Abrió los párpados lentamente, despegando las pestañas unas de otras. Algún resquicio de luz entraba en la estancia, aunque no semejaba ser demasiado tarde. Eran los colores del alba. Fue poco a poco levantándose, soltando al pequeño Shionn sin que ni siquiera se percatase. Respiraba fuerte. Puede que tuviese asma o algún problema respiratorio. Lo arropó de nuevo con cuidado de no despertarle y siguió la fuente de la voz que le llamaba.

Nezumi.

Nezumi.

Una sombra blanca caminaba por el pasillo. Desprendía un color mortecino, una presencia tenue y etérea. Se liberaba de la misma palabra una y otra vez, dejando su timbre como estela para seguir su rastro. Nezumi fue la oscuridad que persiguió a la nívea luz hasta que la atrapó rodeándola por la espalda con sus brazos. Se dio la vuelta y se lo correspondió abrazándose a su cuello.

-Nezumi, ¿dónde estabas? Al no verte en la cama me dio un vuelco el corazón.-oprimió más el cuerpo del compañero contra el suyo, hasta notar sendas costillas encajar perfectamente.

-Estaba en la habitación del crío. Tuvo una pesadilla y fui a dormir con él.

-Podía dormir con nosotros, a mí no me molesta.-respondió dulcemente, acariciando su mejilla con el dorso de la mano.

Nezumi deslizó sus dedos por su columna. Como un escalofrío.

-No tenías la peluca.

El habla de Shion se vio completamente interrumpida. Apenas hacía dos días tan solo que le había prometido que jamás volvería a cubrir su cabeza a no ser que su hijo estuviese ante él y, aunque le había costado, no la había quebrado. Sintió un fortísimo ardor en la garganta. La faringe se constriñó, se retorció como una serpiente impidiéndole tragar. Apartó la mirada. La guerra era cruenta y se estaba quedando sin armas.

-Nezumi, creo que ya basta. Sé que lo haces con buena intención, pero no puedo…

Las yemas de sus dedos empujaron suavemente su cuerpo desde el esternón, apartándole de él lo suficiente como para que la presencia de su cuerpo no le hiciese sentirse cobarde e insignificante. Aunque su mirada metalizada brillaba como el filo de una navaja apuntándole directamente a la yugular.

Pero no hería.

Solo acariciaba la vena con el envés. Vibrando con sus latidos.

-No es que lo haga o lo deje de hacer con buena intención. Es solo que me jode que te escondas. Es lo que siempre haces, incluso cuando te hiciste la cicatriz que te cubre el cuerpo querías ocultarla con la ropa.

Tomó su barbilla. La alzó con suavidad. Cruzaron sendas miradas.

-En el lugar en el que me crié los guerreros enseñaban sus heridas con orgullo. Incluso si les faltaba media cara o tenían los brazos quemados. No quiero que te avergüences de no tener pelo. Eso solo demuestra lo fuerte que eres. Mucho más incluso de lo que pensaba, y abismos más de lo que piensas tú. Yo solo quiero que vayas por la calle con la cabeza alta, diciéndole al mundo que no te vas a rendir, que eres lo suficientemente valiente como para volver a levantarte y seguir peleando hasta morir. Porque ese eres tú, Shion. Aunque no te lo creas.

Una lágrima cálida acarició sus dedos. De sus ojos de reflejos borgoña se deslizaban gotas de agua salada. Pero no eran lágrimas de reproche, ni de tristeza. Demostraban el amor más profundo que un ser humano puede sentir hacia otro. El agradecimiento más intenso, el anhelo que por fin deja de ser un sueño. Rodeó su cadera con sus brazos. Le estrechó fuerte contra sí. Ahora el tacto de su cuerpo era como un bálsamo.

No puedo mentirte, Nezumi. Ves dentro de mí tan perfectamente que incluso me aterra.



La puerta se abrió. Un feble chirrido hizo estremecer el alma del hombre de melena negra. Entraron unos mocasines blancos, un pantalón negro, una camisa impoluta y un cabello inmaculado. Cruzó el umbral parsimonioso, arrebatándose de la cabeza la peluca con total naturalidad. Igual que aquel que se quita la chaqueta o un sombrero. Suspiró muy feblemente. Todavía le costaba cargar con el peso de las miradas. Una voz, como el viento, hizo resonar el do mayor de su alma. Le liberó de la opresión en un solo soneto:

-¿Qué luz es la que asoma por aquella ventana? ¡Es el Oriente! ¡Y Julieta es el sol! Amanece, tú, sol, y mata a la envidiosa luna. Está enferma, y cómo palidece de dolor, pues que tú, su doncella, en primor la aventajas.

-Qué idiota eres, Nezumi.

Shion se rió feblemente. Con el niño en el colegio, del cual venia de llevarlo, sentía como si el tiempo no hubiese pasado dentro de aquella habitación. Su compañero fingió no escucharle. Se levantó del sillón, se le acercó, continuó su pantomima. Sus movimientos eran plásticos y volátiles, intensos. Su entonación, contundente y sentida.

-¡No la sirvas ya más, que ella te envidia!
Su manto de vestal es verde y enfermizo,
Lo propio de bufones. ¡Aléjalo de ti!
¡Es ella, sí, mi dama! ¡Es, ay, mi amor!
¡Si al menos ella lo supiera!
Habla y no dice nada. Mas, ¡qué importa!
Lo hacen sus ojos y he de responder.
¡Mi esperanza qué necia, pues no es a mí a quien habla!
Dos estrellas del cielo entre las más hermosas
Han rogado a sus ojos que en su ausencia
Brillen en las esferas hasta su regreso.
¡Oh, si allí sus ojos estuvieran! ¡Y si habitaran su rostro las estrellas
La luz de sus mejillas podría sonrojarlas
Como hace el sol con una llama! ¡Sus ojos en el cielo
Alumbrarían tanto como los caminos del aire
Que hasta los pájaros cantarán ignorando la noche!
Mirad cómo sostiene su mano la mejilla.
¡Fuera yo guante de esa mano,
Para poder acariciar su rostro!

Apoyó la palma fría de su mano en su mejilla, la cual cruzaba, igual que el resto de su cuerpo, una cicatriz rosada y gruesa. La adecuó a su carne. Sintió las comisuras de sus labios elevarse. Sus mejillas se habían sonrojado. Siempre le recordaría de aquella manera. Sonriendo sin contemplaciones, mostrándole todos y cada uno de sus dientes, con aquella estela brillando en el centro de sus pupilas, y un suave rubor espolvoreado bajo sus ojeras. Shion ladeó suavemente su cabeza para besarle la mano. Ningún beso sería tan sincero. Tan directo del corazón. Nezumi se conmovió ante su belleza.

-Deberías volver a trabajar en el teatro. Se te da demasiado bien.

-Si el manager me vuelve a ver por allí me corta los huevos. Me he largado diez años sin decirle nada. Tendría suerte si me dirigiera la palabra.

-No importa lo que él diga, nadie interpreta Shakespeare como tú. Haces magia.

-Puedo hacerte una representación privada siempre que quieras. Y pagues.-bromeó, soltando una estentórea carcajada. Shion le dio un leve empujoncito.

-No seas cafre.

Su mirada no pudo evitar posarse en la mesa que había frente al sofá, la cual antes utilizaban para comer y ahora, por cuestión de higiene, simplemente era un soporte adicional para los libros que se acumulaban en la habitación. Un par de tazas de un blanco impoluto desprendían un aromático olor a café recién hecho.

-¿Has preparado el desayuno?

-Hombre, te fuiste a llevar al niño al colegio sin comer nada. Al menos un café con un par de rebanadas de pan siempre entran.

-No me lo puedo creer. Tú preparando el desayuno. ¿Dónde está Nezumi y qué has hecho con él?

-Sh, sh, sh. Siéntese, alteza, y tan solo disfrute.

Shion se sentó en el sofá y no tardó en sentir el hombro de su amante a su lado. Tomó la taza entre sus manos, gozando de su calor. La acercó a su pecho y se inclinó sobre la mesa, para mover unos libros e ir acercando hacia sí pequeñas cajas de colores, con letras impresas tanto en tinta como en braille. Nezumi pudo contar, al menos, seis.

-¿Qué es eso?

-Son las medicinas que tengo que tomar.-dejando la taca en su regazo, comenzó a contarlas, extrayendo una pastilla de cada blíster.-Este es un analgésico, para el dolor. Antiemético, para los vómitos. Coagulante, para parar las hemorragias. Antiarrítmico, para evitar las palpitaciones. Protector de estómago para que no me hagan daño al tomármelas. Y este último para las defensas, el tratamiento me las mina.

Sus ojos grises escudriñaron todos y cada uno de los medicamentos. De formas, colores y tamaños distintos. Alguna era tan grande que le aterraba pensar que la frágil garganta de Shion pudiese tragarla sin ahogarse. Otras, de tonos inofensivos, que tenían aspecto de caramelos. Suspiró profundamente. El albino comenzó a introducirse una tras otra en la boca. Al menos, tomó dos o tres, y el resto las dejaría para cuando su estómago tuviese algo de comida.

Nezumi apartó la mirada.

Siempre que le veía tenía que estar apresado como un esclavo.

-¿Has pensado en contárselo a Shionn?

Dejó la taza, cuyo contenido había sido bebido parcialmente para tragar las pastillas, entre sus piernas.

-Lo he pensado. Pero es muy niño. Solo tiene diez años.

-Cuando te conocí tenías 12 años y ya sabías coser una herida.

Le insistía. Cada vez que le mentía al pequeño sentía que su corazón se encogía.

-No es lo mismo, Nezumi. Si mi madre estuviese enferma en aquel entonces se me rompería el alma. No va a entenderlo, es demasiado difícil de explicar.

¿Cómo el tema pudo derivar en algo así? Estaban tan tranquilos, pensó Shion, tan felices, como si nada hubiese pasado, y tuvo que hablarle de aquello. ¿Es que no había manera de ocultarlo? ¿La enfermedad iba a perseguirle siempre? ¿No podía ser feliz de una maldita vez?

Te he esperado tanto tiempo y ahora, ahora que estás junto a mí… Me desvanezco.

Cerró los ojos.

Una presión latente oprimió sus sienes. Le restó las fuerzas.

El suelo se empapó de café candente.

-¡Shion! ¿Qué te pasa?

-Es solo un mareo…

Siguió sin abrir los ojos. Cayó sobre el pecho de Nezumi.

Exento de voluntad.

-Joder, Shion, ¿qué hago?

-Tranquilo… Solo es que no comí desde ayer por la mañana…

¿Por qué se le hacía todo tan difícil? ¿Tan cuesta arriba?

-Voy a buscarte un poco de agua.

-No… Solo quédate así…

Pum…Pum…Pum…

Te amo, Shion. ¿Por qué es todo tan jodidamente doloroso?


Día 2-Del recuerdo.

Quiero perderme en tu piel. En tus poros, en tus cicatrices. No hagas que me encuentre.  Quiero crear recuerdos contigo

Su respiración iba acompañada de un denso humo grisáceo. Se concentraba en el lecho húmedo de su lengua para rozar los labios con maestría y salir girando en el aire. Como bailarinas de niebla. Shion observaba maravillado. Algo tan simple, e incluso tan repulsivo a su modo, como podía ser fumarse un cigarro cuando lo hacía Nezumi semejaba magia. Apoyó la mejilla en sus costillas, adaptándola a su forma. Sus manos se deslizaron como agua por sus costados hasta serpentear hacia su espalda. Bajo ambos omoplatos permanecían los restos de quemaduras que sufrió siendo tan solo un niño. Las repasó. Sintió su contorno. Su carne caliente. Su exhalación profunda.

-Shion, ¿por qué tocas ahí?

-¿Molesto?

-No, es solo que antes les tenías mucho respeto. Ni siquiera las mirabas.

Su ademán se tornó dulce como solía. Dejó de mirarle a los ojos. Se guió por un ciego impulso, escuchando los latidos de su corazón como si fuese un mensaje encriptado.

Quiero saber más de ti, Nezumi.
Dame la mano. ¿Qué sientes?
Tu corazón.
Efectivamente. Estoy vivo. Es lo único que debes saber de mí.

-Me gustan tus cicatrices. Cicatrizas en queloide, así que se notan muy bien. Relatan toda tu historia a través de mis dedos, es fascinante.

-¿Qué cicatrizo en qué?-alzó una ceja cómicamente.

-En queloide. Una cicatriz normal se mantiene en el plano de la piel. Sin embargo, las tuyas protruyen, ¿ves? -sus dedos se deslizaron por los bordes de la antigua herida. Nezumi sintió un profundo escalofrío.- Es una condición genética, seguramente tus padres o tus abuelos también cicatrizarían así. No es algo maligno, aunque genera algunos problemas en cuanto a lo que estética se refiere. Pero a mí me gustan.-susurró esta última frase contra su pecho, concentrándose en el tacto de las marcas de su espalda.

Abrió lentamente los ojos. Una pequeña cicatriz rosácea formando un círculo cuasi perfecto, muy pequeña, sobresalía sobre el manubrio esternal. Shion soltó una feble risita, mirándola muy de cerca.

-Mira, Nezumi, qué bonita. ¿Sabías que tenías esta? Es muy redondita. Y parece reciente.

-Pues no… debe ser de una picadura de alguna araña o algo así.

-¿Ves lo que te decía? Tienes un gran diario cubriendo tu carne, es sencillamente impresionante.

Nezumi se inclinó para besarle en la cabeza. Él también era una fábrica de recuerdos que vivía y respiraba. Los almacenaba todos y cada uno en su mirada color carmín. Shion alzó la cabeza suavemente, para posicionar su punto de apoyo en la barbilla, intercambiando miradas. El corazón de su compañero palpitaba fuerte contra su mandíbula.

-Te quiero.-susurró entre calada y calada.

Me llevó diez malditos años reconocerlo.

-Yo soy Nezumi.-murmuró el albino.-Tú eres Shion.

-Tristán e Isolda, ¿me equivoco?

-Si te equivocases en algo así dejarías de ser tú.

-Veo que te has puesto al día con la lectura.

-Me he devorado una buena parte de la biblioteca, me falta la estantería del fondo.

¿Y cómo encontrar la frase perfecta que resuma lo que siento?

-Joder, ha debido llevarte su tiempo.-respondió el moreno soltando una carcajada que se disolvió entre el humo.

-Fueron diez años, mi amor.-se inclinó suavemente para alcanzar sus labios. Rozarlos. Saborearlos brevemente.

Diez años.

Yo soy Nezumi, tú eres Shion. Yo siento toda tu pena y tú sientes todo mi dolor.

Ya no soy yo cuando estoy contigo. Te siento tan profundo que me difumino.

-Hablando de eso, te he traído algo.

Nezumi se incorporó, obligándole a apartarse un poco. Se irguió de la cama y se inclinó para coger de una esquina de la habitación su mochila, la cual ni siquiera había abierto en su presencia desde su llegada. ¿Qué podía guardar allí? ¿Ropa, tabaco? Se sentó con las piernas cruzadas sobre el colchón, frente a su compañero. Lentamente abrió la cremallera y apartó las solapas con suavidad.

-Dios mío…

-Un regalo para el señor ecólogo.

La habitación se llenó de colores. Miles de pétalos, de corolas bellamente pigmentadas, de cálices y pistilos escondidos, de hojas marchitas, y un suave aroma a polen quedaron suspendidos ante los ojos maravillados de Shion. De la mochila emergían cientos de flores, de todas clases, grandes y pequeñas, era un espectáculo visual magnífico. Sus dedos aferraron delicadamente un tallo al azar. Un bello clavel. Era igual que Nezumi. Un exterior vistoso de tonalidades color vino que ocultaban unas raíces frágiles, etéreas y precarias.


Hemos pasado diez años pensando el uno en el otro sin atrevernos a volver atrás.

-Estas no son como las que tienen en las ciudades, modificadas genéticamente y esas cosas. Son flores salvajes. Respiran como tú y como yo. Les late savia en su interior. Se marchitan. Son de verdad, Shion.

La yema de sus dedos acarició el lecho de las uñas del albino. Respiraba. Latía su sangre. Se marchitaba. Como un clavel agónico.

-Lo sé, lo he estudiado en su día. Dios, Nezumi, son preciosas, preciosas.

Como tú.

Se inclinó él esta vez hacia la mochila, como un niño al que le han mostrado miles de chucherías. Introdujo las manos entre las plantas. El tacto de los pétalos era como seda, como unos labios, como la piel de Nezumi. Tomó un tallo grueso y fuerte y tiró de él, extrayendo poco a poco la corola que lo acompañaba. Una rosa roja. Intensamente roja. La rosa de sus ojos.

-Las rosas rojas simbolizan el amor pasional, el deseo, la lujuria.

-¿Cómo sabes eso?-cuestionó Shion. Su mente estaba encerrada en el pensamiento matemático y científico. No controlaba el mundo fuera de las ecuaciones, los datos y las series de Fibonacci.

-El lenguaje de las flores se utilizaba en la época victoriana, igual que el de los abanicos. Era una buena manera para que los amantes se comunicasen entre sí sin usar las palabras y fuese más difícil pillarles. En mi pueblo se usaba en algunas ocasiones. Por ejemplo, no es lo mismo una rosa roja como esta que una blanca, que significa la inocencia, algo más platónico, o una amarilla, que apela a los celos.

Shion escuchó atentamente su explicación, acariciando los pétalos de la flor con las yemas de los dedos. Nunca dejaría de sorprenderle su vasto intelecto. Parecía tener un conocimiento profundo de todo aquello que le rodeaba, un dominio impresionante de la poesía que mueve el mundo. Podría tumbarse en la cama y escucharle hablar horas y horas, con ese tono penetrante y grave que le hacía sonrojarse como un niño. Su mano izquierda, juguetona, fue bajando por el tallo de la flor. Como si fuese su cuerpo. Sí, él también había sido una rosa. Tremendamente bello, orgulloso incluso, con una armadura punzante que protegía su corazón herido a miles de kilómetros.

¡Auh!

Miró su dedo. El índice de la siniestra. Una espina se le había clavado en la piel, penetrado en sus capilares y vertido todo el líquido que contenían. Regueros de sangre comenzaron a emanar de la yema apuñalada, empapando la palma de la mano en cuestión de segundos.

-¡Mierda, joder!-clamó el albino, metiendo una mano en el bolsillo en busca de un pañuelo de papel.

-Anda, Shion, no seas melodramático. Solo es una picada.

-Ya, pero tengo problemas de coagulación.-su susurro ansioso enmudeció a Nezumi, quien abandonó el tono de broma avergonzado. Se lo había mencionado, no podía excusarse con que desconocía su patología. Hasta donde él podía saber, las plaquetas de su compañero escaseaban, o no trabajaban en suficiente medida, por lo que eran incapaces de taponar una herida con suficiente rapidez.

Su rostro se tornó serio. Adusto.

Inclinó su espalda, arqueándola hacia el dedo herido.

-Presiona la muñeca para cortar la hemorragia. Voy a sacarte la espina.

-¿Sabes hacerlo?

-Lo hice millones de veces. Presiona rápido, ¿quieres que se infecte?

Le obedeció. Sus dientes aprehendieron la carne, constriñéndola, para poder succionar la espina clavada. Era bastante pequeña, pero conseguiría extraerla. La notaba en su lengua. Saboreó su sangre. Sintió los latidos de la herida. Shion le observaba sereno. Ese era el Nezumi que había conocido. Visceral. Seco.  Hombre de acciones frías. Como si aquella habitación hubiese retrocedido en el tiempo, por un instante volvieron a ser adolescentes. Por un instante, notó la muerte lejos, el cabello creciendo y su amor inflamado.

-Listo. Te la he quitado. Ponte una venda o una gasa y presiona.

No pudo contenerse. Le envolvió con sus brazos. Nezumi se topó contra el pecho de Shion en apenas un latido.

Todas las rosas tienen espinas. Nezumi, tú fuiste mi espina durante diez años. Dolías, pero me hacías sentirme yo mismo.



Su melena alquitranada acabó empapando las piernas del albino. El tope de su cabeza rozaba su vientre, notando su calmada respiración. Mantuvo los ojos cerrados. De vez en cuando sentía algún mechón removerse. Su cabello estaba siendo decorado por varias flores, en tanto que las iba extrayendo de la mochila. Su aroma era indescriptiblemente bello. Los pétalos emergían de aquella oscura densidad. Hacía tiempo que no se sentía tan relajado. No. Nunca se había sentido tan relajado. Las manos de la única persona a la que jamás había amado le acariciaban muy suavemente mientras tarareaba. El murmullo que se escapaba de los labios de Shion le desarmaba por completo.

Yo adivino el parpadeo
De las luces que a lo lejos
Van marcando mi retorno.
Son las mismas que alumbraron
Con sus pálidos reflejos
Hondas horas de dolor.
Y aunque no quise el regreso
Siempre se vuelve al primer amor.
La vieja calle, donde el eco dijo
Tuya es su vida, tuyo es su querer.
Bajo el burlón mirar de las estrellas
Que con indiferencia, hoy me ven volver.
Volver.
Con la frente marchita.
Las nieves del tiempo platearon mi sien.
Sentir.
Que es un soplo la vida.
Que veinte años no es nada.
Qué febril la mirada
Errante en la sombra
Te busca y te nombra.



Nezumi suspiró con ambas manos cruzadas en el pecho, sintiendo su lenta elevación y su vertiginoso descenso. Quizá la voz de su compañero no había sufrido un entrenamiento tan exhaustivo desde tan pequeño como él, pero su naturaleza salvaje se conformaba como un diamante que aún en bruto seguía siendo hermoso. Le estaba cantando a él. Su madre siempre le había dicho que las canciones ayudan a salir adelante, y que dedicar una significaba que sentías algo por esa persona. Shion sentía algo por él. Le acariciaba. Le arrullaba. No le guardaba rencor. Le amaba. Sintió una tranquilidad tan intensa como la letra de su canción.

-Nezumi.

-¿Hm?

-Tienes que contarme todo lo que has hecho estos diez años, dónde has estado.

No había ofensa. Ni ira. Solo curiosidad. Y mucho, muchísimo amor.

-He estado en muchos sitios. ¿Por dónde empiezo?

-¿Eran como el Distrito Oeste? ¿O como la ciudad?

-¡No!-se irguió para poder mirarle a los ojos. Hablar de sus aventuras le entusiasmaba tanto como a un niño.-Para nada, eran lugares maravillosos. He estado en colinas, en tundras, en bosques. No hay nada mejor que despertarse con la luz del sol acariciándote la cara y el viento azotando detrás de las orejas. He visto manadas de lobos inmensos, águilas tan grandes como un coche, había animales y plantas que jamás se verían por aquí.

Shion le observaba atentamente, sin pestañear, conteniendo el aliento. Sus historias eran dignas de un joven Darwin descubriendo el mundo. Aquel era su hábitat. Entre los árboles, la hierba, la inmensidad de un mundo todavía por conocer. El mismo que le vio comenzar a respirar.

-Y el mar. He visto el mar. Dios, Shion, no te imaginas lo bonito que es. Trae un olor como a sal, pica bajo las heridas. Y el sonido de las olas es tan relajante. No es como ese que venden en las tiendas de música para hacer yoga y esas mierdas. Es mil veces más hermoso. Suena como… como la sangre. ¿Sabes cuando te tapas los oídos y oyes tu propia sangre? Es el mismo sonido, el mismo. Es como… shhhhh…-intentó imitarlo, sonó como un siseo. Shion entrecerró los ojos, parecía estarlo imaginando. Soltó una feble carcajada, él también se sentía emocionado solo con escucharlo.-Y ves las olas chocando contra las rocas, la espuma haciéndote cosquillas bajo los pies. Te ves reflejado en la superficie, las gaviotas volando encima de ti, el aire con ese aroma a salitre y a pescado. Deberías haber estado…

…Allí

Su discurso se interrumpió abruptamente. Mierda, mierda, ¿es que acaso era idiota? Le estaba echando en cara que se había ido sin él. Y solo les quedaban diez semanas. Ahora el albino nunca sentiría el agua del mar acariciar su piel, ni escucharía la brisa crujir entre las hojas, ni vería los lobos, ni las águilas, ni la nieve pura. Su corazón se quebró en pedazos con sus propias palabras. Le había dicho algo tan cruel que incluso le dolía a él. Lo sentía como una opresión enorme en el esternón.

Y entonces, su voz.

-¿Me llevarás?

Nezumi giró la cabeza bruscamente. Él estaba sonriendo. ¡Sonreía! Ambas manos cruzadas sobre sus rodillas, una chispa de ilusión en sus ojos. Se mordió los labios. No podía contener las lágrimas. Apenas si le salió un susurro.

-Q… ¿Qué?

-Que si me llevarás. Quiero ver todo eso, Nezumi. Tienes que enseñármelo.

Frunció los párpados fuertemente, apretándolos. Intentó respirar por la boca un par de bocanadas. Sabía que no podría vivir para disfrutar de todo aquello que le había contado, ¿por qué le decía aquello? ¿Es que no podían ser una pareja normal, o eso era lo que estaba pretendiendo a través de la mentira? No, no podía negárselo. Sus ojos. Su sonrisa. Shion.

-Te lo prometo. Te prometo que te llevaré.

Notó su mano acariciándole la mejilla. Tomó todas y cada una de sus lágrimas. Cumpliría su promesa. No era capaz de hacerle daño otra vez. Aunque fuese su último designio, en su agónico aliento, aprovechando los últimos latidos de su corazón, le llevaría. Fuese como fuese. Le llevaría. Años y años abría los ojos y le veía cual espejismo. Entre las rocas, bajo el agua, enredando flores en su cabello blanco. Tan virginal, tan joven, tan inocente como siempre. No volvería a defraudarle. La próxima vez que estuviese en aquellos paraísos terrenales le acompañaría él. Con la cabeza desierta, con la respiración frágil, con la mirada cansada, con aquella sonrisa. Pero estaría con él.

Shion se tumbó en la cama abrazándole. Como un girasol al llegar la noche.

Muy despacio.

-Tengo sueño. ¿Me recitas algo para que me quede dormido?

Rodeó su cintura con una mano, aguantando su propia cabeza con la otra. Incluso sus pestañas escaseaban. El tratamiento le estaba deshojando.

-Lo que tú quieras, mi príncipe.

Volvió a arquear las comisuras de los labios. Se acercó a su pecho, anhelaba su calor, sus latidos bajo sus manos, saber que seguía allí. Con él. A su lado.

-Machbeth. Acto V, escena quinta. Después de la muerte de Lady Machbeth. ¿Sabes a lo que me refiero?

-Claro.

Necesito oírla, Nezumi. Necesito oírla de tus labios. Tú eres mi mar, solo tu voz me calma.

-Mañana, y mañana, y mañana,
Repta a mínimos pasos, día a día,
Hasta agotar las sílabas del tiempo recordable.
Todos nuestros ayeres iluminaron para pobres tontos
El camino a la muerte polvorienta.
Apágate. ¡Apágate, breve llama!
La vida es una sombra que camina,
Un pobre actor que sobre el escenario
Se agita y pavonea en su momento,
Y a quien nadie volverá a oír nunca más.
Un cuento contado por un idiota
Lleno de sonidos y de furia
Que no significan nada.

Pétalo, tras pétalo, tras pétalo te voy perdiendo. Mi Shion.

sábado, 6 de abril de 2013

Diez semanas


 El día apuñaló por la espalda a la noche haciéndola descansar entre las sombras que arrojaba el sol del alba. Apenas si ellos dos podían verlas en su pequeño hogar bajo tierra. Algunos rayos serpentearon por las mirillas de la puerta y fueron a dar directamente en los ojos de Shion. Abrió los párpados lentamente. Sus iris brillaban igual que si fuesen piedras preciosas incrustadas en la córnea, talladas con mimo y precisión. Intentó ubicarse. Estaba en la cama, con el pijama puesto. Notó un leve peso sobre su pecho que le hizo orientar hacia él la mirada. Nezumi dormía plácidamente sobre él, con las piernas flexionadas en posición fetal. Tenía ojeras. ¿Cuánto tiempo había estado llorando? Le acarició el cabello. Sostenía fragmentos de la noche anterior entre las pestañas. Le había confesado su secreto mejor administrado. Sabía que tarde o temprano se enteraría, sus ojos grises le harían cantar hasta la última palabra. Pero no fue así. No habría manera más abrupta de que lo supiera, ni puñalada más violenta. Recordó haber estado toda la noche juntos. Abrazados. Sintiendo el calor del otro. Nezumi era un hombre que desde siempre supo reprimir las lágrimas de una forma sorprendente, tanto, que cuando era capaz de expulsarlas le hacían el doble de daño de lo normal. Mas aquella noche fluyeron por sus mejillas desde el primer momento. Las sentía como un ácido dulce, que quemaba gentilmente su piel al despuntar hacia la barbilla. ¿Qué podía hacer en aquella situación sino llorar? ¿Acaso iba a curarle con el roce de su mano? Solo Elyurias como Diosa había sido capaz de  resucitarle de entre los muertos, y si algo enseña la religión es que son contados los milagros. Aunque le implorase que volviese a salvarle, sería un acto de egoísmo por su parte, y a pesar de que a él no le inmiscuyese el destino de los demás, Shion nunca se lo permitiría. Nunca le abrazó tan fuerte como aquella noche, nunca derramó tantas lágrimas desde el día en el que nació. Era suyo. Solo suyo. Completa y absolutamente suyo. No iba a dejar que una enfermedad se lo arrebatase por las buenas. Shion no había podido evitar dejar aflorar el llanto también. Apenas si le salían las palabras para calmarle; no recordaba lo doloroso que llegaba a ser escucharle sollozar. “Todo irá bien, te lo prometo, te lo prometo, mi vida”. Palabras vacías y a la vez tan repletas de angustia. Se acostaron en la cama. Nezumi no le soltaba. No pretendía hacerlo. Apoyó su cabeza en su pecho. Solo el latido de su corazón podría tranquilizarle entonces. Saber que TODAVÍA seguía siendo solo suyo.


Shion deslizó sus pies por el suelo con la gracilidad de un cisne que alza el vuelo a ras del agua. Apartó la cabeza de su amante con muchísima delicadeza, procurando no despertarle. Sintió la necesidad de coger la peluca, la cual yacía en el suelo después de que Nezumi la pisotease desesperadamente, una y otra vez, hasta llenarla de barro y de polvo. Suspiró profundamente. Se lo prometió. No iba a volver a ponerla mientras no estuviese ante su hijo. No iba a engañarle, él tampoco lo había hecho en ningún momento. Se dirigió al armario, al final de la biblioteca, para poder coger una muda limpia y un traje. Una camisa blanca, una americana negra, un pantalón oscuro y una corbata que le cruzaba el pecho como la rúbrica de una esquela fúnebre.  Se acarició la propia cabeza. La envolvía un fragmento de cicatriz que nunca antes había visto, por la zona de la nuca. Se sentía desnudo sin nada cubriéndola. Las palabras que Nezumi había pronunciado cuando había cambiado de apariencia  eran lo único que conseguían hacerle sentir cómodo consigo mismo y sonreír.

“Tener una serpiente alrededor de tu cuerpo me parece encantador, ¿no crees?”

“Considéralo una medalla de honor por sobrevivir”

Por sobrevivir… ¿mh?

Una suave calidez envolvió su cuerpo. Se liberó de un escalofrío.

“La gente está caliente cuando está viva”

-¿Qué haces levantado tan pronto?-la voz de Nezumi se arrastraba por su garganta. Todavía estaba medio despierto. ¿Qué hora sería? ¿Las seis de la mañana, quizás? Con razón aún no había sonado el despertador.

-Me estoy preparando para trabajar. Puedes volver a la cama, si quieres.-ladeó levemente su rostro para poder besarle en la frente.

-¿Cómo te encuentras?- Shion se preguntó si había escuchado lo que le había dicho.

-Bien. Hoy voy al médico al mediodía, después del trabajo.

-Iré contigo. No me voy a separar de ti en todo el día.-restregó su melena negra contra su hombro. A pesar de tener los ojos cerrados a cal y canto con las legañas, estaba completamente despierto.

-¿De verdad quieres venir? Sabes a lo que te expones.

-Bah, no me importa que me echen a los leones si estás tú para recoger los pedazos.

...

Las puertas del Congreso se abrieron ante ellos. Ni las águilas reales extenderían sus alas con tal majestuosidad. Shion cruzó el umbral decidido, sin mirar atrás, con paso firme y sonoro. Su cabeza desnuda no pasó desapercibida desde el minuto uno. Los presentes clavaron la mirada en él sin ningún tipo de reparo, sin disimular. ¿Cómo es que ayer tenía una media melena blanca y hoy no? ¿Qué arrebato le había dado? Nezumi también le observó. Sentía su determinación, su aplomo, su valentía. Le fascinaba. Le tomó la mano, ante sorpresa del hombre moreno. Se la apretó. Notó sus latidos en los dedos. Shion respiró con profundidad. Y continuó andando.

-Presidente,-le asaltó una mujer, caminando a su vera toda su conversación.- recuerde que tiene una reunión ahora a las nueve y media con el ministro de cultura sobre la preservación de las ruinas de No 6.

-Lo sé, lo sé. Gracias por recordármelo.

-Presidente,-esta vez fue un hombre el que repitió la misma acción.- tenemos que hacer balance de los gastos de la nación este mes.

-De acuerdo, pero yo a las dos y media debo estar fuera. Tengo una cita muy importante.

-Pero tenemos que...

-Por favor, no puedo faltar a esa cita. Mañana seguiremos con lo que hoy comencemos.

Su voz se le notaba cansada cuando mencionó que tenía que irse antes. El médico. Recordó que Shion le había comentado que tenía que ir al médico cuando él aún estaba medio dormido. Un violento escalofrío recorrió su vientre hasta colisionar con el esternón. ¿Qué le iba a hacer? ¿Iba a tocar su cuerpecillo pálido y consumido por la enfermedad con esos guantes congelados? ¿Iba a introducirle miles de sustancias por sus finas y frágiles venas? ¿A qué iba a enfrentarse? Su espalda se liberó de otro temblor que le golpeó como un látigo. ¿Qué era lo que iba a ver una vez hubiesen entrado en la consulta...?

Shion abrió la puerta de su despacho, liberándose de un suspiro de nuevo. Su cargo era tanto menos agotador; a pesar de tener el respaldo de una serie de ministros y consejeros, el peso del nuevo país recaía sobre sus hombros. Un paso en falso y todo lo que había construído se vendría abajo. Se desabrochó un botón, o quizá dos, de la camisa. Necesitaba respirar. En el momento en el que ambos entraron en la sala se percataron de que no estaban solos.

-Shion.-ese timbre de voz...-me gusta que seas puntual, te he recopilado una serie de puntos que es bueno que toques en la reunión para hacerte de gui...

Detuvo su charla en el momento en el que alzó la mirada de los papeles que tan obcecado había estado revisando toda la mañana. Los ojos grisáceos de Nezumi se toparon con los suyos. No sería la primera ni la última vez.

-Eve... ¿Eres tú?

-No, soy el fantasma de tu puta madre. Claro que soy yo, viejo loco.

Rikiga soltó una estentórea carcajada en tanto que se le acercó, solo para darle una fortísima y sonora palmada en la espalda al recién llegado.

-¡Coño, parece que han pasado mil años!-de nuevo guardó silencio al desviar fugazmente la mirada hacia el joven presidente. ¿Dónde estaba... la peluca?- Shion, te has... olvidado...ejem...

-Tranquilo, él lo sabe.-respondió, con esa sonrisa dulce dibujada en sus labios que tenía el magnífico poder de inculcar calma a quien la admirase.-Y he decidido no volver a usar la peluca. Me gusta estar así.

-¿Lo sabe?

-Espera, ¿ÉL lo sabe?

Ambos entrecruzaron sus voces, señalándose mutuamente. Shion contuvo una leve risita, contestándoles por orden, intentando que ambos comprendieran la situación actual.

-Por supuesto que lo sabe, es mi pareja. Nezumi, se lo he contado a Rikiga porque es mi secretario. Y... se ha casado con mi madre hace unos cinco o seis años.

-Vaya, así que lo has conseguido, vejestorio.-ahora la palmada se la devolvió Nezumi, riéndose con desparpajo, como solía.

La sonrisa del joven volvió a trazarse en sus labios finos y quizás un tanto resecos por la destrucción celular masiva del tratamiento. Se inclinó hacia él y le besó suavemente. Ya no le importaba que Rikiga supiese lo suyo. Ni él ni nadie. Había vuelto. Le sentía a cada momento dándole cuerda a sus latidos.

-Me adelanto a la reunión para ir repasando un poco los puntos, ¿vale? Espérame si quieres en la cafetería. Te quiero.

-Y yo a ti.

Sellaron el trato con un beso más, antes de separarse poco a poco. Ir perdiendo lentamente el calor ajeno que se impregnaba en la propia ropa era ciertamente angustioso. Shion salió del despacho, llevando los esquemas en sus manos para darles un rápido vistazo. En cuanto cerró la puerta, Rikiga apresó el brazo de Nezumi con fuerza, tirando de él hacia atrás. Le cortó literalmente el aliento durante un instante.

-¿Qué pasa?-no se vio capaz de añadirle ningún tipo de calificativo, ni de llamarle por su nombre. Solo le aferraría de esa manera si quisiese revelarle algo importante. Y temía saber sobre qué tema.

-Mira, Eve, no es que te guarde rencor, pero voy a dejarte las cosas claras. Nunca me has gustado para Shion, puede que antes no lo exteriorizase, pero ahora soy su padrastro. No va a decírtelo, desde luego, pero le jode que hayas vuelto justo en este momento. Está muy enfermo, y le dejaste con un crío a los 16 años. Eres peor que los chavales que preñan a las niñas y después no se les ve el pelo.

-Oye, yo no le obligué a que le salvase. Él se hizo cargo del bebé porque quiso.-interrumpió el hombre moreno, apartando la mirada. Sus verbas le hacían daño. Se le clavaban. Le ardían por dentro.

-¿Ves? No has cambiado nada. Sigues siendo el mismo tío egoísta y narcisista que cuando te fuiste. Pero Shion sí que ha cambiado. Es padre de  familia, presidente de un país y aún por encima enfermó de cáncer. Vas a volver a crearle falsas esperanzas y cuando vuelvas a irte se sentirá mucho peor.

Tuvo que decirla. Tuvo que pronunciar esa palabra. Esa maldita palabra entre todas las que existen en el idioma. No utilizó un sinónimo, no volvió a utilizar "enfermedad" para referirse a ello. Nezumi apretó los puños. Su corazón arremetió contra las costillas. Sintió sus uñas clavársele en la piel. Cáncer, cáncer, cáncer, se repetía. Shion tiene cáncer. Tiene cáncer, ¿la culpa es mía? ¿Yo le enfermé? ¿Tiene el maldito cáncer por mi culpa, porque me fui? Ni siquiera supo de dónde sacó las fuerzas para responderle con serenidad.

-He podido cometer errores, pero yo también he cambiado. Vivo por y para Shion, y le cuidaré, porque le quiero. No me importa lo que opines.

Apartó a Rikiga de un empujón que ni siquiera controló y salió de la sala mirando al suelo.  No sabía a dónde iba, solo tenía que alejarse de allí. Aún sentía el olor de Shion. Su presencia. Su beso. Aquella palabra martilleaba su mente. Cáncer, cáncer, cáncer. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez veces. Se ahogaba con su propia respiración. Comenzó a dolerle el pecho. Se dirigía a ciegas por el pasillo, se lo repetía, desgranando la palabra, rompiendo su estructura, penetrándola hasta no sentir nada. Cáncer, cáncer, cáncer. Después juntaba las dos. Shion. Cáncer. Y un gemido le desgarraba los pulmones. Se encontró fuera. Necesitaba aire. Se dejó caer. Apoyó la espalda en una columna. Abrazó sus propias rodillas y se replegó sobre sí mismo. No podía permitirse el lujo de hiperventilar. Perdería el sentido. Shion se enteraría. Shion, pensó. Mi Shion. Mío, mío, mío, mío, que no se atrevan a quitármelo. Acabaré con ellos. Acabaré con quien se atreva a arrebatármelo de mi lado. Rompió a llorar. Su abuela le había dicho desde niño que no lo hiciera, que no mostrase su debilidad, pero el sentimiento era demasiado abrumador. Su Shion. Su Shion tenía cáncer. Y por si fuese lo suficientemente doloroso, por si no tuviese suficientes lágrimas que malgastar, tenía que decirle aquel viejo cabrón con quién tenía que estar. Con ese tono tan afable de "quiero lo mejor para los dos". Los cojones. Él no podía vivir sin Shion. Shion le había echado de menos. Por fin se tenían el uno al otro, podían dejarles en paz. Vivir en paz...

La taza de tila ardía en las manos de Nezumi. Aquel líquido amarillento de tan vomitivo aspecto parecía magma volcánico al tocar con su piel. Había decidido ponerse de pie, respirar muy profundamente, y dirigirse al bar que Shion le había indicado. Seguramente sería el primer sitio en el que buscaría por él, y no quería demorarse en estar a su lado. Sus ojos dibujaban todas las venas borgoña que transitaban por ellos. Había llorado lágrimas que no sabía que tenía. ¿Le quedaría alguna para empapar sus ojos? Lo más irónico es que, de todo lo que le dijo, lo que más daño le provocó fue haber pronunciado esa maldita verba con tanta airosidad. ¿Es que no le importaba nada? Seguramente, no tanto como a él. Se llevó la taza a los labios y bebió un pequeño sorbo. Ya no temblaba. Sus nervios se habían paralizado. Insensibilizado. Al menos ahora podría comportarse de una manera normal, sin dejarse llevar por la ansiedad.  Esperó pacientemente. No supo cuántas horas pasó con la taza en las manos. ¿Una, dos, tres tal vez? De vez en cuando la acercaba a los labios y los mojaba con la infusión. Nada más. Apenas si bebía un pequeño trago. En el fondo  de sí temía su reacción al ver a Shion entrar por la puerta.

Sintió un beso en la melena.

Se estremeció. No muy bruscamente. Simplemente un breve temblor.

-Ya he acabado, ¿nos vamos ya? En mi coche llegamos en diez minutos.

En contra de todo pronóstico, su voz le tranquilizó. Se llevó una mano al corazón. Latía muy despacio, casi no lo notaba. Ya no tenía palpitaciones.

-Vale. ¿Te encuentras bien, Shion?-sonó calmado, tierno, dulce.

-Ahá. Un poco cansado, no saben hacer nada sin mí.-bromeó, soltando una carcajada mientras le tendía la mano. No para ayudarle a levantarse, sino para caminar los dos juntos. Sintiéndose mutuamente.

-¿Te han preguntado algo del pelo?

Shion se mantuvo un instante en silencio.

-No. Solo se me quedaron mirando. Pero no me dijeron nada.

Quiso dejar el tema zanjado. Selló sus labios con una capa de saliva. Nezumi lo notó. Quizás no estaba diciendo toda la verdad. Era tan trasparente como el cristal. Cada vez que le miraba era como radiografiar su conciencia. Podía incluso ver las manchas que carcomían su corazón cuando guardaba una mentira. Rikiga estaba equivocado, no había cambiado. Seguía siendo el niño del que se enamoró cuando tenía 16 años. Quizás más mayor, con una distinta vestimenta, sin cabello, pero era él. Con el mismo con el que hacía el amor a escondidas de sí mismo, el mismo muchacho sensible, tímido, alegre, soñador, inocente. Su visión de él no variaría por muchos años que pasaran. Notó la presión de su mano. Las comisuras de sus labios se elevaron suavemente, mostrando aquella sonrisa que le mantuvo tanto tiempo apresado a su recuerdo. Era tan injusto lo que estaba viviendo aquel hombre justo y bueno que Nezumi creía no ser capaz de soportarlo en el momento en el que se metió en el coche y se cruzó con su pupila la imagen de Shion apoyando una mano en el volante y la otra en su frente, paralizado por las punzadas en la cabeza.



Los hospitales siempre habían sido lugares fríos exentos de humanidad. Más y más a medida que el tiempo avanzaba. Las puertas de las consultas eran de color plateado, las citas salían por unas pantallas de manera automática, ahorrándose un secretario que las llamase. A cada persona se le asignaba un número, el de su historia clínica, y al fichar en cuanto entraban en la sala de espera, su turno quedaba registrado.  Nezumi sentía escalofríos en aquel lugar. Echó de menos en aquel momento el bosque en el que su madre le había criado, las montañas, el campo, los animales, el olor de un cigarro. Miró de soslayo a su compañero. Jugaba con la cartilla entre los dedos, un tanto tenso, aunque más que acostumbrado al ambiente. Sus ojos color vino escudriñaban la portada, en la que figuraba su nombre y el susodicho número que le identificaba dentro del sistema de salud. Había adquirido un albinismo encantador, igual que el del conejo blanco del cuento de Lewis Carroll. Si por él fuese no dejaría de mirarle.

-¿Nervioso?-su tono grave irrumpió en los pensamientos de Shion.

-Un poco.-susurró, sin perder esa maravillosa sonrisa. Estrechó la libreta contra su pecho en un acto reflejo.-Tendría que tener la sangre muy fría para no estarlo.

El moreno inclinó poco a poco su cuello clavando la mirada en el techo. Era de un blanco tan límpido que daba náuseas. Suponía que así era como tenía que ser. La decoración invitaba a la gente a que limitase lo máximo posible sus visitas, hasta quedar solamente con los pacientes que realmente tenían algún problema serio. Como era el caso de Shion…

-Tranquilo.-sonaba con tanta dulzura que le acariciaba con la voz.-Es el mejor oncólogo de la ciudad, me he asegurado de ello. Está muy especializado en la materia.

“Oncólogo”. Esa palabra tampoco le acababa de caer simpática.

-Más le vale a ese matasanos dejarte preciso como un reloj o me encargaré de hacerle la vida un infierno.

Ni siquiera pensó en lo que decía. Arrancó las palabras de dentro tal y como las sentía, sin pasar por ningún filtro previo. Su compañero sonrió. Tomó su melena negra y lentamente fue ladeando su cabeza, flexionándola, hasta encontrar descanso entre sus dos clavículas. Le besó justo donde su mejilla se había apoyado. La sensación de tranquilidad que le invadió en aquel momento fue inigualable. Irrepetible. Las miradas escandalizadas de la gente se disiparon. Les cubrió una densa niebla que les ocultaba del mundo. Ya no notaba los chispazos de incomodidad en su columna, ni la desazón ardiendo en su esternón. El huequecillo que le ofrecían los brazos de Shion era un universo aparte. Cerró los ojos. Podría besarle en el límite que separaba la piel y del cuello de la camisa hasta que dejase de ser consciente del paso del tiempo. Lo único que le iba marcando una ubicación dentro de la realidad eran los latidos de su corazón contra su oído. Tan solo eran un feble eco. Sonaban como un suspiro. Como las gotas de lluvia rompiendo contra el suelo. Como las manecillas de un reloj. Deseó no volver a abrir los ojos. Morirse en cuanto sintiese ese corazón apagarse. Sin variar de posición. Sin moverse más que para respirar. Le había extrañado tanto. Pensar que los latidos que escuchaban no eran los suyos propios al haberse acostado sobre su antebrazo. Eran los de Shion. Ni siquiera el mar abrazaba la arena con tanta delicadeza en el vaivén de sus olas.

-691832. Puede pasar a consulta.

La máquina arrancó de sus metalizadas entrañas aquella frase. El albino abrió los ojos de golpe. Su corazón se estrujó en una fuerte palpitación. Esa era su identificación. Rompió el halo con un balanceo en el hombro de Nezumi. “Me tengo que ir” susurró. “Voy contigo” recibió como respuesta. Se levantaron casi al tiempo, cogiéndose de la mano en un acto reflejo. Tenían miedo.

El médico apenas si rozaría los cincuenta. Mascaba un chicle de nicotina parsimoniosamente, revisando sus datos en un sofisticado ordenador. Parecía no haber ni un solo movimiento de Shion que se les escapase dentro de la información que poseían. Incluso, se excedían del terreno de la salud. Lo primero que les pidió en cuanto entraron por la puerta, con una voz rasposa, fue que tomasen asiento. Seguían con los dedos entrelazados. El cuerpo entero de Nezumi temblaba imperceptiblemente.

-Bien, ¿cómo te has encontrado estos días, Shion?

-Me ha dolido mucho la cabeza. Y me he mareado unas cuantas veces. Me he controlado la tensión como me mandó y no ha subido de 10, 5. El pulso lo tengo algo más elevado.

Anotó todo en su ordenador, con una diligente mecanografía.

-¿Has conseguido comer algo?

-Poco. Alguna cosa pasada por la plancha y así. Si no soy capaz, tomo un zumo o un batido, pero no tengo mucho apetito.

-¿Y dormir? ¿Problemas para conciliar el sueño todavía?

-No. Creo que se han ido.

Le miró. ¿Estaba sonriendo? ¿Había sido él quien había mejorado sus noches?

-Doctor,-esta vez fue el muchacho albino el que le preguntó a él, en proceso inverso.- ¿Ha recibido los resultados del escáner?

Cesó en seguir rumiando su clicle para mantenerse completamente estático. Suspiró profundamente por la nariz, empujando el aire que movía su vello como si se tratasen de anémonas. Uno nunca estaba acostumbrado a decir cosas así.

-Te seré sincero. Una gran parte de su cerebro está afectada. Operar sería una monstruosidad. Será cuestión de tiempo que alcance el centro respiratorio o el bulbo raquídeo.

Apretó más fuerte la mano de Nezumi. Le devolvió la fuerza. Shion lo comprendió en un segundo. Sus conocimientos sobre ciencia nunca antes le habían parecido tan prescindibles. Su compañero se inclinó hacia delante, clavando sus ojos grises en el facultativo. ¿No le estaría diciendo…?

-¿Y eso qué quiere decir?

Se relamió los labios, manteniéndole la mirada. Todos los músculos del joven Shion se entumecieron. Se tornaron en hielo. En mármol. En acero.

-Siendo optimistas, solo le quedarían unas diez semanas de vida.

Sus pupilas se quebraron. No podía dejar de escudriñar al médico. Su semblante era tan serio, sus palabras tan duras. Tenía que estar equivocado. ¡Tenía que estar mintiendo! Diez semanas… Shion… Sintió la presión que ejercía sobre su mano desvanecerse en un segundo. Su alma parecía haberse apagado, dejando el cuerpo atrás. Solo respirando, bombeando sangre, con la mirada en la pared. No, él no podía hacerle eso. Él no podía estar diciéndole eso. No tenía derecho a sesgar su vida de ese modo. Shion… Miles de palabras se agolparon en su mente. Martillearon sus entrañas. “Pedazos”, “narcisista”, “egoísta”, “cáncer”, “diez”, “semanas”. Todo estaba tan jodidamente planificado, encajaba de una manera tan cruelmente exacta que sintió que no podía soportarlo. Diez semanas. Solo diez semanas. Compensar el dolor de años y años de abandono, de desespero, de angustia, de soledad en diez semanas. Nezumi sintió tornarse azul. Sintió quedarse sin aire. Apretó los puños. Alzó el tronco. Golpeó la mesa. La sangre comenzó a correr a la velocidad de la luz.

-¡¿Es que no piensa hacer nada?! ¡¡Tienen tanta mierda de tecnología, para qué!! ¡¿Para dejar que se muera así?! ¡¡Es usted el que le está matando!!

Los gritos salían de su pecho tan naturales como la propia respiración. Aunque el médico intentó razonar con él, estaba completamente cegado por aquella fecha. Por la sentencia. Diez semanas. Era de su novio de quien estaban hablando. Del único hombre que consiguió hacerse un hueco en su corazón tan profundo que para salir de allí tendría que quitarse la vida. Nunca más vería el iris rojizo de sus ojos. Los mechones blancos de sus patillas. Su sonrisa infantil cargada de dulzura. La cicatriz que cruzaba su cuerpo desde el dorso de los pies. El tacto de sus manos. Su voz. Su aura. Su calor. “La gente está cálida cuando está viva”. Sus propias palabras se volvieron contra él como un arma de doble filo. La impotencia ascendió por su columna como un rayo atronador atravesando la coraza de frialdad que le protegía. Shion. Diez semanas. No, Shion no, por favor. Que se lo llevasen a él. Ya no le importaba seguir adelante. El mundo sin él no tenía sentido, no, no tenía. Deseó arrancarse desde la médula espinal y entregárselo todo. No podía morir. Era injusto. Mierda, Shion. Shion. Shion.

Una mano apresó su muñeca.

-Nezumi, ya basta. Siéntate.

Tan suave pronunciación. Tan dulce susurro. Tan temblorosa frase.

-¿Piensas seguir con el tratamiento, Shion?

-Sí.-ni pensó su respuesta. La escupió.

-Entonces seguimos con la pauta que tenías establecida. Si te encuentras mal, llama al 091 y mandaremos una ambulancia de inmediato. Si por el contrario deseas el ingreso voluntario en algún momento, yo te lo avalaré. Lo siento muchísimo. De veras que lo siento.

El albino se levantó. Le estrechó la mano y salió por la puerta. Sin más.



Los pasos de Nezumi eran largos y costosos. Apenas podía alcanzarle, caminaba demasiado deprisa. Miraba al frente, sin detenerse. Pero no como cuando entró en su edificio de trabajo. No. Era una marcha desesperada. Intentó cruzarse con sus ojos. Quería verlos. Quería ver aquellos iris bermejos. Escuchar la voz salir de su boca.

-Shion. Shion, espera. ¿Qué coño, Shion? ¿Por qué no dices nada? Espera.

La desesperación se enraizaba con la ansiedad en su interior. Le oprimían. Necesitaba que le hablase. Que le dijese algo. Cualquier cosa. Aunque fuese una mentira. No le importaba, solo quería oírle hablar. Mas se movía casi como un autómata, labios sellados uno contra el otro, ojos clavados en el horizonte, cuello erguido, espalda recta. Nezumi no podía dejar de gritarle. Cuanto más ignoraba sus ruegos, más angustiado se sentía. Se fueron acercando a la puerta. No le quedaban lágrimas. El dolor se le acumulaba todo dentro, como ácido, burbujeaba, quebraba y crecía.

Nubes negras. Lluvia que se presagia. Viento que corta. Shion se detuvo en seco. Respiró profundo. Nezumi permaneció a su lado. Respuestas que nunca parecían llegar. Se preguntó en qué jodido momento decidió que la mejor opción había sido haber vuelto. La culpa le empujaba al abismo, le golpeaba, le dejaba exento de fuerzas. Si tan solo hubiese vuelto en el instante justo. ¿Pero cuál era? ¿Es que no existía el instante justo? ¿Estaba ya en él? ¿Contando sus errores de diez en diez?

Shion abrió los labios.

Tomó aire.

Sintió su alma derrumbarse.

Permaneció con la boca abierta. Unos segundos.

Estrechó la garganta.

 -¡Aaaaaaaaaaaah!

Un gemido tan profundo como el mismo abismo arrasó con todo buen pensamiento, arrancó de sus entrañas toda esperanza. Su voz se rompió en mil fragmentos que se escapaban con su propia respiración, que se convirtieron en lágrimas que herían su piel. Nunca antes había llorado con tanta intensidad. Nezumi. ¡Nezumi! Quiso pronunciar su nombre, mas no pudo cerrar los labios. Se dejó caer. Sus brazos le rodearon. Ya no sabría distinguir si su presencia era real o una simple ensoñación de su mente enferma. Olía a él. Tenía que estar allí. Enterró la cabeza en su ropa. No le importaba no poder respirar. Los sollozos temblaban en la punta de su úvula. Iba a irse sin poder pasar más de diez semanas con él. ¿Para qué echarle de menos si su enfermedad se lo quitaría todo? ¿Para qué luchar ya, de qué serviría? ¿Por qué no podía morirse en los brazos de Nezumi? Sintió sus manos oprimir su espalda, clavarse en su carne. El dolor, la desazón, la impotencia. Seguía vivo. Le empapó con sus lágrimas. Le sumergió en sus alaridos. Se hundían. Se hundían juntos.

-Shion, deja de llorar. No llores, por favor. Tranquilo. Nos quedan diez semanas.-lo repetía. Se le había clavado entre ceja y ceja.-Diez semanas para nosotros solos. Diez semanas. Tranquilo. Tranquilo, mi vida.

Nunca le había llamado así. En su adolescencia, una palabra así de los labios de Nezumi le habría emocionado tanto que no podría soportar sus propias lágrimas de alegría. Y ahora, escucharle con la voz hecha pedazos, le apuñaló en medio del corazón. Aunque se sintió calmado. La correspondencia ahora era tangible. No tenía que buscar su amor entre la niebla. Se agarró fuertemente a su cazadora. Arqueó la espalda. Sus vértebras protruyeron. ¿Cuánto había adelgazado? Le abrazó fuerte. Quería sentir su llanto, sus gemidos, su calor. Quería sentir que estaba vivo, de pie, allí, con él.

-Le arrancaré la cabeza a ese cabrón.

Cerró los ojos. Apretó los dientes.

Una mano acarició su mejilla.

Shion.

¿Sonreía entre lágrimas?

-¿Por qué todo tiene que ser blanco o negro contigo…?

sábado, 30 de marzo de 2013

Diez meses



Nezumi dejó su mochila encima de su antigua cama y se sentó a su lado. El piano, los libros, las estanterías, todo seguía tal y como lo había dejado. Shion había optado por mantener todo como si nunca se hubiese ido. Quería que cuando por fin llegase el momento del reencuentro no se equivocase de casa, ni se sintiese extraño en la morada que él habitase. Cenaron juntos. Como en los viejos tiempos. La presencia del niño no le incomodó; todo lo contrario, se sentía completo con él. No hacía más que acribillarle a preguntas, mirándole con aquellos ojos almendrados y curiosos.

-Papi, ¿por qué eres un vagabundo?

-No soy ningún vagabundo.

-Shionn, no le hables así a tu padre.

-¿Entonces por qué andas con esa ropa tan sucia?

-Pues…

-Porque no tenía otra, cielo. Se la había olvidado en casa.

-¿Y por qué no estabas en casa con papá y conmigo?

-Eh…yo…

-Tenía trabajo que hacer fuera, vida, pero ya lo ha acabado.

Nezumi intercambió una mirada cómplice con su pareja. Tenía siempre la respuesta adecuada. Siempre la tuvo. Su inventiva, que siempre le pareció innecesaria e idealista, le estaba salvando el pellejo ante el bombardeo de cuestiones del pequeño. Todavía no se acostumbraba a eso de “papi”. Aunque al menos el origen del pequeño le fue aclarado al rebuscar entre sus recuerdos mientras perseguía un pedacito de patata que nadaba en el resto de la sopa. Shionn, que así le habían llamado, era el niño que habían salvado de la limpieza humana en la que se habían visto inmersos antes de introducirse en las entrañas de la ciudad santa. Al parecer no solo había sobrevivido, sino que Shion se encargó de él y le crió como hijo suyo todo ese tiempo. Le había cuidado bien. Se le veía sano, alegre, inteligente y mordaz. Igual que su padre, quien se apartaba el cabello blanco para engarzarlo tras el oído al comer. Incluso el corte era el mismo que cuando se había ido. El tiempo parecía no haber transcurrido en aquella habitación. El pequeño cogió un pedazo de pan y se inclinó para dárselo a los tres ratones. Cravat, Moonlight y Hamlet. ¿Todavía seguía allí esa anticuada tecnología? Definitivamente, no había cambiado nada. Intentando que sus progenitores no se diesen cuenta, Shionn tomó la taza de sopa entre sus manos, a medio terminar, y se la entregó a los animalitos. Su padre, al verle, le regañó, pero sin evitar reírse, envolviéndole con sus brazos para impedírselo.

-¡Eh, eh, esa es tu comida! ¡Nada de trampas! ¡Tienes que comértelo todo!

-Joooo, papáaaaa, no tengo hambreeee-se quejó, carcajeándose igual que su padre.

-Anda, come un poco más, ¿eh? O papi va a pensar que aún eres un niño pequeño.

Shion se enderezó con su hijo contra su tronco, quien dejó sobre la mesa el tazón de sopa, pues sabía que recibiría una buena bronca si lo rompía. Nezumi sonrió, haciéndole un gesto con la cabeza para indicarle que le hiciera caso. Aunque no se le daban demasiado bien los niños, se sentía aceptado en el seno de aquella pequeña familia.

En cuanto terminó la cena y Shionn se fue por fin a la cama llegó el momento que habían estado durante tanto tiempo anhelando, especulando, deseando. La regresión, la calidez, la cercanía. El albino dejó los platos encima de la mesa. Tendría tiempo para fregar más tarde, pero el momento le reclamaba, tendría que ser ahora, ahora o nunca. Sin mediar una palabra tomó entre sus manos el rostro de Nezumi y sus labios se fusionaron en un profundo beso. Viajó por todos los recovecos de su boca, la exploró, acarició sus encías, escaló sus dientes, bailó con su lengua. Y ambas pelvis se juntaron a ritmo de vals. Subió poco a poco su camiseta hasta arrebatársela. El contrario fue desabotonando uno a uno los botones de su camisa. La ropa cayó al suelo por su propio peso. No tenían nada que esconder. Nada que reprocharse. Estaban allí, desnudos, uno enfrente del otro. Sin escudos. Sin armas. Sin complejos. La cicatriz todavía envolvía el cuerpo de Shion con magistral dulzura. La espalda de Nezumi seguía quemada hasta la capa interna de la dermis. Podrían reconocerse leyendo en braille en la piel del otro. Se abrazaron de nuevo. Tantísimo tiempo llevaban añorando el tacto que desprendían hasta que por fin lo sentían. Y era tal y como recordaban. Mas ya no eran dos adolescentes que jugaban a amarse. Eran adultos que conocían ya los recovecos de su propio corazón. Y en todos y cada uno de ellos tenían al contrario reflejado. Nezumi besó el cuello de su amante, mordiendo con suavidad el contorno de su mandíbula, mientras él trazaba dibujos en su espalda. Lentamente se acostaron en la cama, sin soltarse ni un solo instante. Absorbiendo el calor ajeno. Bebiendo el sudor. Mezclando la saliva. Se oprimieron uno contra el otro. Ambos pares de manos otearon la fuente de placer que estaban buscando. No podían dejar de besarse, de tocar el cuerpo del contrario, necesitaban saber que todo permanecía en su lugar, que nada había desaparecido. Silenciaron sus gemidos con suaves caricias. Apretaron los dientes. Shion escondió el rostro contra la almohada. No podía contenerse. Deseaba soltar un chillido del que toda la ciudad fuese consciente. Necesitaba hacer saber que ya no era el hombre solitario que esperaba por un sueño incumplido. Estaba allí, en la misma habitación, con Nezumi, haciendo el amor. Él había vuelto. Contra todo pronóstico, a contracorriente, desoyendo lo que sus allegados le decían. Que siguiese con su vida, que dejase de esperarle, que nunca jamás estarían juntos de nuevo. Que su recuerdo solo le haría daño. Pero estaba allí, estaba allí, le sentía entre sus brazos, notaba sus piernas entrelazadas, sus dedos aprehendiendo su sexo. No era un espejismo. No estaba muerto. Se oía a sí mismo respirar. Nezumi besó su cabello blanco con dulzura. Su cabeza se despegó de la almohada y se hundió en su pecho. Sintió sus latidos contra su frente. Estaba vivo, como él le dijo aquella vez, y nada más importaba.

Un gemido.

Un suspiro profundo.

“Te quiero”.

“Te quiero, te quiero, te quiero”.

Podría decirlo miles de veces y eso no resumiría lo que sentía por él.

Y el sentimiento era más que mutuo.

-Parece que ha pasado una eternidad desde que hicimos esto por última vez.-el tono de Nezumi se convirtió en un susurro. El ronroneo de su voz húmeda le hizo estremecerse.

-Sí. Lo haces muy rico, vas aprendiendo.

-Eh, eso debería decírtelo a ti. Tú eras el que no tenía ni idea sobre sexo.

Shion soltó una carcajada nerviosa contra el pecho de Nezumi. Era cierto, cuando se habían conocido apenas si era un chaval de 16 años sin nada que perder, inexperto y asustado. Un muchacho que se había convertido en todo un hombre, en un cabeza de familia, en el presidente de una nueva ciudad que consiguió convertirse en un lugar pacífico a pesar de haber nacido del odio y la destrucción. Un hombre que desde su juventud no había vuelto a sentirse a gusto en su propia cama hasta aquel preciso instante. Sin embargo, tuvo la necesidad de levantarse, no sin antes besar en los labios a Nezumi.

-Voy a darme una ducha, me encuentro un tanto pegajoso. Tú también deberías.-le guiñó un ojo, antes de bajarse definitivamente de la cama y salir de la habitación, camino al cuarto de baño.

El moreno observó en todo momento cada pequeño gesto, cada mirada, cada detalle, cada atisbo de lenguaje no verbal de Shion. Definitivamente no había cambiado nada. Quizás sí en que ya no temblaba indeciso cuando hacían el amor, igual que si fuese un niño que cometía una travesura. Se inclinó hacia su mochila, la cual yacía en el suelo para dejarles sitio, y extrajo de ella un paquete de tabaco con su mechero correspondiente. Cuando se habían conocido no se le pasaría por la cabeza echarse un pitillo después de consumar, pero ahora realmente lo necesitaba. El humo le tranquilizaba. Sus curvas danzantes en el aire le recordaron aquella “primera vez”. Incluso él se cuestionó en aquel momento, cuando por primera vez vio a su amante desnudo, si estaba haciendo lo correcto, aunque en ningún momento lo exteriorizó. Mas fue la mejor decisión que tomó en su vida. Seguir el camino de su corazón hacia una dirección correcta.

Antes de que le diese tiempo a comenzar a culparse a sí mismo por haberse ido de una manera tan abrupta, se fijó en que Hamlet deslizó su cuerpecillo por un hueco de la puerta para salir afuera. Una infantil curiosidad hizo que dejase el cigarrillo aparcado en uno de los cuencos todavía sin lavar, se pusiese los calzoncillos y saliese a espiar al ratoncito. Escuchó desde el pasillo el fluir del agua de la ducha. ¿Habría algo de malo en que entrase? Por supuesto que no.  Quería pasar cada momento de su vuelta con Shion, y qué mejor para ello que una pequeña y morbosa sorpresilla. Se le acercaría por detrás, abriría la cortina de la ducha muy despacito y le besaría en un hombro. Solo pensarlo le excitaba.

Giró la manecilla.

Entró despacio. Sin hacer ruido.

Entonces, se quedó completamente paralizado.

Encima del lavabo, colocada en un pequeño soporte con forma de una semi esfera, había colocada una peluca blanca, sobre la cual jugueteaban los tres ratones.

¿Qué clase de broma pesada es esta, maldita sea?

Bruscamente, sin siquiera pensar en sus actos, la cogió con ira y corrió la cortina, cegado por la incertidumbre y el odio.

-¡¿Qué se supone que significa esto?!

Shion se giró rápidamente. Sus ojos eran como agujas incandescentes.

Tenía la cabeza completamente despoblada de cabello.

¿Qué coño está pasando, joder?

No podía creerlo.

No, no QUERÍA creerlo.

Shion se tapó la cabeza con ambas manos. Sus ojos le seguían mirando. Su mirada dolía tanto, pero no podía apartarla en ningún momento.

-Nezumi, yo… Deja que te explique, por favor.

-Cojonudo, porque me debes una explicación.

En un suspiro apagó el agua de la ducha. Ni siquiera se preocupó por secarse o vestirse. Tenía que arrancarlo de dentro ya o le perdería. Y no podría permitirse eso. No ahora.

-Tengo cáncer.

Aquellas palabras le atravesaron el pecho. Eran lanzas envenenadas. Eran lo más cruel que podía oír salir de sus labios. No, no, no iba a creerlo. Había vuelto a verle, ¿le estaba diciendo que había caído enfermo justo el día en el que se habían reencontrado? Tenía que ser una pesadilla. Seguramente abriría los ojos y se encontraría a Shion durmiendo a su lado, con su media melena blanca tendida sobre la almohada como si de nieve se tratase. Si eso fuese cierto, no sería menos que un monstruo. ¿Se había atrevido a dejarle solo durante diez largos años, con un niño a su cargo y una enfermedad a sus espaldas? No, no, no.

-Eso es imposible.-fue lo único que articuló. Su voz temblaba.

-Me lo diagnosticaron hace diez meses. Me encontraba mareado y sentía que a veces me fallaba el equilibrio, así que me hicieron un TAC y una biopsia. Tengo un tumor en el cerebro, parece ser que es de una naturaleza bastante extraña, que no habían visto nada igual desde hacía mucho tiempo. Investigué en los archivos médicos y las autopsias. Uno de los antiguos fundadores de No. 6, el que también sobrevivió al ataque de las abejas parásito, murió debido a un tumor poco más grande que el mío. Me han sometido a un tratamiento experimental. Es muy agresivo, más que el convencional, de ahí que me haya caído el pelo.

La peluca resbaló de los dedos de Nezumi. Se convirtió en hielo frío y escurridizo. Sus ojos se anegaron en
lágrimas. Su aliento le falló. ¿Acaso era verdad lo que le estaba diciendo? Su semblante se veía tan serio. Veía cómo su pecho temblaba al respirar. Mierda, Shion, si es una broma más te vale desmentirlo de una buena vez. Tenía que serlo, tenía que ser una broma de mal gusto.

-Lo siento, Nezumi.-se envolvió con sus propios brazos. Se le notaba el miedo en la mirada. La tristeza, la incertidumbre, el arrepentimiento.-No quería que te enterases así.

-Sé que no ibas a decírmelo.-respondió secamente. ¿Cómo podía sonar tan insensible con todos aquellos sentimientos arañando su interior?

Shion desvió la mirada hacia el suelo, sin dejar de abrazarse para paliar el frío. Efectivamente. Aunque confiaba en Nezumi más que en ninguna otra persona de su entorno, lo que menos pretendía era que, en cuanto volviesen a verse, se enterase de su enfermedad. Se llevó ambas manos a la cabeza y se agarró la melena negra. Diez meses. Diez jodidos meses le separaban de ser una buena pareja o ser un completo cabrón. Durante diez meses Shion tuvo que lidiar contra sí mismo y salir adelante sin un soporte que cada noche le dijese que todo iría bien e instaurase de nuevo una semilla de confianza en sí mismo. ¿Qué era lo que había estado haciendo él en todo aquel tiempo? ¿Qué había sido más importante que la persona a la que más había querido en su vida? Cada vez era más y más improbable la explicación de que todo fuese una enajenación nocturna.

-Si hubiese venido… Diez meses antes…-fueron las únicas palabras que se vio capaz de arrancar de la garganta.

Shion salió de la ducha. Tomó su rostro. Qué frío estaba.

-Nezumi, no podías saberlo.

-Debí  haberte escrito. Debí haber venido antes… Joder…-Diez meses, volvió a pensar, y las lágrimas no tardaron en abrazar su córnea y caer muy suavemente por sus mejillas.

-Eh, Nezumi, no llores, mi vida. Por favor.-las frases salían de sus labios sin ni siquiera pensarlo. Solo le había visto llorar una vez y siempre había temido que volviese a repetirse de nuevo.

Se sintió tan impotente. Tan rastrero, tan egoísta. Como bien le había dicho, no podía haberlo sabido,  pero había tenido todos los medios a su alcance. La culpabilidad le azotaba la columna, traduciéndose en violentos escalofríos. Vio cómo Shion inclinó su cuerpo, ahora tapado con una toalla, para alcanzar la peluca blanca. Le agarró el pulso. Lo apretó fuerte. No quería volver a verle seguir viviendo una mentira.

-¿Por qué llevas eso?

-No quiero que lo vean, nadie tiene por qué saber nada de mi vida privada.-seguía sonando tan tierno y sereno como siempre. ¿Cómo podía hacerlo en un momento así?

-¿Te arrepientes de estar vivo?

En ese momento, su amante apoyó ambas manos en su pecho, aferrándose a su ropa para intentar soltarse de su mano. Ambos sabían lo que esa frase significaba. Demasiado como para mantenerse impasible.

-No, Nezumi, no me digas eso, por favor. Ya no somos niños. Tengo un hijo.-“tenemos”, le interrumpió.- ¿Cómo crees que se sentiría si lo supiera? Sé que en mi situación obrarías igual.

No pudo decir nada más al respecto. Estaba en lo cierto. Después de tantísimo tiempo todavía le conocía a la perfección, a pesar de sus intentos en un primer momento por mantener su personalidad en la penumbra. Siempre le decía que no debería involucrarse con nadie si no quería salir herido, mas él mismo rompió al conocerle su propia regla de oro. Allí estaba, otra vez, llorando por él, sabiendo que en ese momento no sería capaz de hacer absolutamente nada para poder  devolverle la salud. Y no solo eso. Devolverle todos los días que habían pasado juntos, los amaneceres que no pudieron vivir uno al lado del otro, los bailes, las risas, los besos que nunca fueron entregados. Y ahora, en un margen de solo 10 meses, era demasiado tarde.

Los brazos de Shion le envolvieron con el mismo cariño incondicional que las nubes al sol.

Apoyó la nariz contra su hombro.

¿Por qué  demonios estaba tan frío?

Le apretó fuertemente. Quizás así podría contagiarle un atisbo de calor de su cuerpo desnudo. Ni siquiera tuvo fuerzas para frotar su espalda con las manos. Se le quebró la voz. Se le quebró el alma.

-A partir de ahora mismo no volverás a utilizar eso.-señaló la peluca sin siquiera separarse. Alzó el tono. Las lágrimas le rompieron la frase en mil fragmentos.

-Solo me la pondré delante de Shionn. ¿De acuerdo?

Sus piernas se flexionaron poco a poco, como bambús que se reverencian ante el grandísimo peso de la impotencia. Nezumi resbaló muy suavemente hasta toparse con el pecho de Shion, donde encontró descanso suficiente. Finalmente, no era un sueño. Lo estaba viviendo. Lo estaba sintiendo. Nunca antes había visto tantísimo parecido en Shion con las flores que llevaban su nombre, marchitándose tan lenta y grácilmente, perdiendo pétalos, quedándose completamente desnudo y yerto, destiñendo la corola su color.

Escuchó latir su corazón.

Demasiado deprisa. El tiempo se agotaba.

Tic, tac, tic, tac.

I am your bitter-fly. Capítulo V


Mierda, mierda, mierda…

Los pies de Spider pateaban asfalto frenéticamente, junto con el traqueteo irregular de las botas de Alois. Apenas si podía seguir el ritmo de su compañero, no hacía más que tropezar, temeroso, agobiado, ansioso. Aferró la mano del rapero con fuerza, hincando incluso las uñas en su piel, imprimiendo en ella su pulso desbocado. Deseaba cerrar los ojos y revivir lo que había ocurrido apenas unos minutos antes, cuando le confesó todos sus miedos, sus frustraciones, y recibió a cambio el amor y la compresión que siempre necesitó y nunca obtuvo. Retornó, lo recordó todo en un instante…





-Lil’ A, ¿por qué sigues llorando?

Efectivamente, después de haberle abierto el cofre de sus recuerdos a Spider sin ninguna pretensión, sin esperar nada a cambio, había roto en llanto. Respiraba entrecortadamente, tapándose la carita con las manos como un niño pequeño. Sus ojos azules estaban completamente irritados por la corrosión de las lágrimas y la fricción con las palmas. El aire parecía escaparse de su alrededor.

-Es que… Yo… Es que siento que… Me he librado de un… de un peso que llevo soportando toda mi vida… Ha desaparecido…pero es como…que sigue ahí…-entreabrió los labios, jadeante, sollozando hasta notar cómo se le desgarraba la garganta.

La presión de sus recuerdos se había aliviado, había cedido en el intento cuasi eterno de oprimir su pecho hasta el día de su último aliento. Sin embargo, lo que Alois todavía no comprendía era que aunque la herida deje de sangrar, la cicatrización mal curada evoluciona en una escara de tejido negro como la misma oscuridad. Y lo sentía, eso sí lo sentía. La formación paulatina de aquella placa necrótica en lo más hondo de su alma, carcomiendo toda la inocencia que alguna vez recordó tener, todo el cariño que le fue negado, hasta convertirlo poco a poco en odio hacia su misma persona.

-Ven aquí, anda, estás temblando.-la voz de Spider le rescató del pozo en el que se estaba ahogando. Se miró las manos. Efectivamente, semejaban las ramas de un sauce azotadas por el viento, con sus hojitas trémulas como dedos. Y se fue dando cuenta de que todo su cuerpo vibraba con la misma intensidad.

Alois no mentiría si confesase que nunca se sintió mejor que en ese mismo momento. Cuando se inclinó hacia él, le rodeó con sus finos brazos y apoyó la mejilla en su hombro. Su regazo era cálido, suave, seguro, no correría ningún peligro si él estuviese cerca para protegerle. Lo malo es que Spider no podía protegerle de sí mismo, y ese era su mayor enemigo hoy por hoy. Aferró su cabello negro acurrucándose para ocultar las lágrimas, mientras notaba la mano de Spider deslizarse por su media melena rubia.

-Tranquilo.-susurraba de vez en cuando, con ese tono vibrante y grave que poseía.-Respira, anda.

No hacía falta que dijese nada más. Spider le tenía conquistado con tan pocas verbas que parecía imposible. Se acomodó con delicadeza sin dejar de abrazarle con todas las fuerzas que le era posible utilizar, aspirando las secreciones que impedían su normal respiración. Sin embargo, la calma, el hecho de estar tan cerca de él, el miedo de perderlo, la propia aceleración cardíaca en contraposición con la relajación del resto de músculos oprimían su garganta obligándole a soltar un gemido. Sus lágrimas húmedas mojaban paulatinamente la sudadera de Spider, pero a ninguno de los dos parecía importarle. Entre caricias se veía obligado a empujar el puente de sus gafas, las cuales llevaba en todo momento debido a su miopía y a un principio de astigmatismo del que empezaba a sufrir sus efectos, al orientar la mirada hacia su hombro durante cierto tiempo. Alois, al percatarse, se enderezó suavemente para colocárselas bien, deslizando las patillas por las sienes. Entonces, la vista de Spider encontró otro lugar que escudriñar, o mejor dicho, que martillear.

-¿Qué coño…?

Alois orientó la mirada hacia el mismo punto, embargado por la curiosidad. Al percatarse de qué era lo que estaba observando, se apartó bruscamente, estrechando su extremidad izquierda contra su pecho. La tenía lleno de cortes, hasta la mitad del antebrazo. Algunos conservaban sangre cuajada en su estructura. Eran irregulares, trazados en un golpe de muñeca, aunque en la gran mayoría el objeto punzante que los dibujó apuñaló literalmente la carne, con fiereza, con rabia. Por eso eran pequeños, seguramente a mitad de la mutilación no sería capaz de soportar el dolor. Ninguno de ellos estaba cubierto, mas se habían limpiado con alcohol. La gente se fijaría más en las tiritas o los apósitos que en la herida, la cual era más fácil que pasase desapercibida. Ciel era el único hasta la fecha que se había percatado que eran autoinfligidos, y a pesar del odio que le procesaba a Alois había sabido ser respetuoso con ese tema. Aunque, desde luego, las personas que comenzaban a llamarle “emo de mierda” se le escapaban de las manos.

-¿Te lo has hecho tú?

No se veía capaz de responderle. Le faltaba el aire, no encontraba fuelle para hablar, incluso sentía una preocupante inestabilidad.

-¿Te lo has hecho tú, Lil’ A?-le preguntó de nuevo, inclinándose hacia delante, para intentar que no escapase a su mirada. Ni siquiera sabe cómo fue capaz de contestar, con el timbre trémulo:

-Echo mucho de menos a mi hermano.

Apenas si pronunció esas palabras y rompió a llorar de nuevo, escudándose en el cuerpo de Spider. Se quedó conmocionado, desde luego. El pequeño Alois, siempre tan vivaz, seductor y alegre se mutilaba a escondidas. Al fin y al cabo, le habían pasado demasiadas cosas con solo 14 años. Lo increíble era cómo había podido sobrevivir sin medicación psiquiátrica. De alguna forma, le tranquilizaba escucharle gimotear en su hombro.

-Eres gilipollas.-le soltó, en un susurro impotente, mientras rodeaba su cadera con los brazos.

Si quisiese matarse realmente, pensó, habría escogido un método que le proporcionase menor sufrimiento y acabase con él en menos tiempo y con mayor efectividad; sin embargo, el método de cortarse las muñecas estaba muy extendido, sobre todo en la población adolescente. Alois recorrió el cuerpo de Spider con sus lágrimas, restándose a sí mismo resistencia para mantenerse erguido. Las veces que ambos habían ido al hospital por algo así quizás podrían igualarse. Deslizó la mano por su tronco, palpando cada pliegue de su sudadera a ciegas. Poco a poco, fue ascendiendo hasta toparse con el lateral de su cuello. Entreabrió los ojos en el instante en el que sintió las suaves palpitaciones del contrario contra sus yemas. Las lágrimas fueron cesando. La respiración ansiosa se tranquilizó. Estaba allí, alejado de todo peligro, con Spider. Era imposible en un momento tan placentero pensar siquiera en cortarse.

-Los latidos de tu corazón son muy relajantes.-susurró, alzando por primera vez en toda la tarde la mirada, simplemente para poder perfilar con precisión el contorno de su rostro.

-Más te vale pensar en ellos la próxima vez que hagas alguna animalada. Que te quede claro.-Alois ni siquiera pareció oír sus advertencias. Encajó los labios sobre los suyos y le besó con muchísima dulzura, con un atisbo de ansiedad y nerviosismo. Spider acababa de dejar claro, una vez más, que su vida significaba algo para él.

Spider se inclinó suavemente y le besó en la mejilla, bebiéndose sus lágrimas. El muchacho, nervioso, tomó su rostro y cobijó sus labios en la boca del contrario, deseoso. No sabía siquiera cómo expresarle su gratitud.



Recordó volver a besarle, recordó apoyarse en su hombro y cerrar los ojos entre caricias. Y después, después… ¿Qué coño vino después? Correr, correr atropelladamente, jadeante, sintiendo sus bronquios estrecharse como mimosas que se cierran ante el roce, hasta llegar a su destino.

De un portazo se mostró ante ellos el pequeño backstage del bar, y en él, un alto y desgarbado hombre de color les recibió con una leve mueca.

-Llegas tarde, Spider. Acaba de empezar.

Efectivamente, comenzaba a escucharse una base de guitarra eléctrica con un beat acompañándola, hilvanando la retahíla de rap que escapaba de los labios de un muchacho. Podía vérsele desde la posición de los tres. Tenía el cabello negro, como Spider, rondando su misma edad, vestido de una manera similar. Acercaba el micrófono ladeado a sus labios, sosteniéndolo con una de sus manos, la cual tenía el tatuaje de un baphomet en el dorso. Se notaba que controlaba bien las respiraciones, los golpes de ritmo, quizás incluso era un rapero profesional. Iba acompañado de una mujer teñida de rosa, que seguía la melodía con movimientos de cadera acariciando su melena con sensualidad. No pasaba desapercibida ante los presentes. Ni ella ni la maestría con la que él jugaba con el rap entre sus dientes.

Look, if you had one shot, or one opportunity
To seize everything you ever wanted in one moment
Would you capture it or just let it slip?
Yo

His palms are sweaty, knees weak, arms are heavy
There's vomit on his sweater already, mom's spaghetti
He's nervous, but on the surface he looks calm and ready to drop bombs,
But he keeps on forgetting what he wrote down,
The whole crowd goes so loud
He opens his mouth, but the words won't come out
He's choking how, everybody's joking now
The clock's run out, time's up over, bloah!
Snap back to reality, Oh there goes gravity
Oh, there goes Doggy, he choked
He's so mad, but he won't give up that
Easy, no
He won't have it, he knows his whole back's to these ropes
It don't matter, he's dope
He knows that but he's broke
He's so stagnant, he knows
When he goes back to his mobile home, that's when it's
Back to the lab again, yo
This whole rhapsody
He better go capture this moment and hope it don't pass him

-Ese es Doggy Demon.-interrumpió Spider, sin dejar de mirar fijamente a su rival. La manera en la que se movía, cómo manejaba las palabras, y el compás que seguía aquella mujer con el movimiento espasmódico que le marcaba el beat del rap. Alois alzó la mirada, sin embargo, para observar el rostro de Spider. Estaba más tenso que nunca. Le parecía escuchar sus palpitaciones furiosas desde su posición. 

-Tranquilo le damos mil vueltas. 

-Ah, por cierto, Tim, este es mi compañero Lil’ A. Va a echarme una mano con el rap.

Alois, educado, le tendió la mano, como le habían enseñado a hacer, murmurando un delicado “tanto gusto”, mas el muchacho de color no pudo evitar soltar una carcajada, inclinándose para despeinarle.

-Pero mira qué niño. ¿Dónde lo has encontrado? Parece un muñeco de porcelana. 

You better lose yourself in the music, the moment
You own it, you better never let it go
You only get one shot, do not miss your chance to blow
This opportunity comes once in a lifetime yo
You better lose yourself in the music, the moment
You own it, you better never let it go
You only get one shot, do not miss your chance to blow
This opportunity comes once in a lifetime yo
(You better)

The soul's escaping, through this hole that is gaping
This world is mine for the taking
Make me king, as we move toward a new world order
A normal life is boring, but superstardom's close to post mortem
It only grows harder, only grows hotter
He blows us all over these hoes is all on him
Coast to coast shows, he's known as the globetrotter
Lonely roads, God only knows
He's grown farther from home, he's no father
He goes home and barely knows his own daughter
But hold your nose 'cause here goes the cold water
His hoes don't want him no more, he's cold product
They moved on to the next schmoe who flows
He nose dove and sold nada

-Aún por encima se pone sentimental, hay que joderse.-masculló Spider, apretando los puños fuertemente. 

-¿Te crees que es gilipollas? Así es como llega a la peña.-la respuesta, esta vez, corrió a cargo de Tim, quien estaba a su lado en todo momento.-Por algo se llama Doggy Demon. Más sabe más el demonio por perro que por demonio, S.

El joven Alois ni siquiera les escuchaba. Cotilleaba en los recovecos del backstage para ver lo que estos escondían. Entonces encontró la ropa que alguna mujer había dejado. Un top verde chillón y unos pantalones cortos de cuero. Desde luego, si las chavalas que acompañaban a Spider día a día podían provocar gratuitamente, él también lo haría. 

Se despojó de la americana con el sello del instituto, tirándola donde no pudiese verla, y se quedó exclusivamente con la camisa de manga corta, la cual abrió un par de botones hasta enseñar algunos de los pelillos rubios que la pubertad le había dejado en su pecho. Se quitó el pantalón del uniforme y, en su lugar, consiguió embutirse en la prenda de cuero, la cual se ceñía perfectamente a su trasero y dejaba entrever un bulto en su entrepierna. Finalmente, con algo de gloss que encontró cerca de un espejo, se resaltó los labios, otorgándoles una apariencia más jugosa. Bajó la mirada para adecentarse y sonrió. Si le viese así, su padre reventaría de ira. 

So the soap opera is told and unfolds
I suppose it's old partner but the beat goes on
Da da dum da dum da da

[Hook]

-Eh, Spider, ¿estoy guapo?-preguntó, plantándose ante él con su nueva apariencia, sin dejar de sonreír. 

-Mucho, sí. ¿Nervioso?

-Muy nervioso. Pero eso significa que me importa lo que voy a hacer. 

No more games, I'ma change what you call rage
Tear this motherfucking roof off like two dogs caged
I was playing in the beginning, the mood all changed
I've been chewed up and spit out and booed off stage
But I kept rhyming and stepped right into the next cypher
Best believe somebody's paying the pied piper
All the pain inside amplified by the fact
That I can't get by with my 9 to 5
And I can't provide the right type of life for my family
Cause man, these goddamn food stamps don't buy diapers
And it's no movie, there's no Mekhi Phifer, this is my life
And these times are so hard, and it's getting even harder
Trying to feed and water my seed, plus
Teeter totter caught up between being a father and a prima donna
Baby mama drama's screaming on and
Too much for me to wanna
Stay in one spot, another day of monotony
Has gotten me to the point, I'm like a snail
I've got to formulate a plot or I end up in jail or shot
Success is my only motherfucking option, failure's not
Mom, I love you, but this trailer's got to go
I cannot grow old in Salem's lot
So here I go it's my shot.
Feet fail me not, this may be the only opportunity that I got

[Hook]

You can do anything you set your mind to, man

-Vamos, S, te toca.-clamó Tim, propinándole una palmada bien sonora en la espalda. 

Spider retrajo y estiró los dedos varias veces, hizo un pequeño sprint con los pies, respiró en el interior del hueco que conformaban sus manos envolviendo su boca. Ahora comenzaba a sentir la adrenalina y la testosterona corriendo por su sangre, burbujeando, atravesando su cuerpo como descargas eléctricas. Alois simplemente respiró hondo y fue el primero en salir al escenario, mientras Doggy Demon y su compañera de cabello rosa todavía recogían las cosas. El rapero observó cómo el muchacho se movía por el lugar como Pedro por su casa, incluso con un deje altivo, y no pudo evitar soltar una estentórea carcajada. 

-¿Esta es tu arma secreta, Spider? Suerte con él. 

-Fuera del escenario, perro.-le contestó Alois, con sorna, con rabia e ira ciegas ante su ahora enemigo, escupiéndole las palabras con desprecio, sobre todo el apelativo de “perro”, el cual pareció arrojar en su cara. Al ver la mirada incendiaria del joven, Doggy Demon se la devolvió con igual fulgor. Parecía que el niño, aunque joven y frágil en apariencia, incluso femenino, le iba a traer más de un problema. 

Spider entró en el escenario sin mediar palabra, tan solo intercambiando, tal y como lo hizo Alois, una mirada con la cual estaba retándole una vez más. 

El Dj entró, Spider y Alois blandieron sendos micrófonos y la música comenzó a sonar. 

I, I, I
I am your butterfly
I need your protection
Be my samurai
I, I, I
I am your butterfly
I need your protection
Need your protection

I'm a spider, yo
My life is like a videogame
I maintain when I'm in the zone
One player one life on the mic
I'm in the dark

Yo, Spider , go

No fuckin around I'm cutting down
Anyone in my path
Tryna fuck up my game with razor sharp
Lyrical throw stars
Killin' my foes like

Hos! Ska!

Wild, outta control

Ninja skop befokte rof taal
Rough rhymes, tough times
Met fokkol kos, skraal
Till I hit triple seven at the ATM
Straight famine or feast,
When you're living on the razor edge
Stay sharp, sharp

Rolling with the SOS
High energy
Never seen zef so fresh
Uh, when we mic check
Hi-def flow's flex
Yo we aren't the messed up
Not fucking the best
We not like the rest
My style is UFO
Totally unknown
You can't fuck with my new Zef flow
I'm hard to miss
"You can't do this, you can't do that"
Yo, fuckin' who said so?
I do what I like
Too hot to handle, too cold to hold
You can't fuck with the chosen one
I-I-I want the knife
I'm a Spider. 

Hook x2

Spider is poes cool
But don't fuck with my game
Boy or I'll poes you
Life is tough
When I get stuck
When my time is up
I push through
Till I break-break-break
on through to the other side
Fantastically poor with patience like a stalker

Spider is hardcore
Been cut so deep, feel no pain
It's not sore
Don't ask for kak or
You'll get what you ask for
I'm like a wild animal in the corner
Waiting for the break of dawn
Trying to get through the night
Just a man with the will to survive

My blade swing free
Decapitate a hater with amazing ease
This is not a game, boy
Don't play with me
I work my light sabre like a wild fucking savage
from the dark side danger

Yin to the yang
Totally Hi-Tek Ninjas
Motherfucking big in Japan
I’ve seen the future, but I never got nothing in my hand
Except a microphone, big dreams and a plan
Fly-talking, sky-walking
Like a spider

Hook x2

Fuck, this is like
The coolest song I ever heard in my whole life
Fuck all of you who said I wouldn't make it
Who said I was a loser
They said I was a no-one
They said I was a fuckin' psycho
But look at me now:
All up on the interweb
World-wide, 2009
Futurista
Enter the spider
Alois Trancy

Al escuchar ese nombre, el resto de los oyentes se quedaron boquiabiertos. ¿Alois Trancy? ¿El de la casa Trancy? ¿En aquel maldito tugurio? ¿Siguiendo el ritmo del rap con su cuerpo como arma bajo la atenta protección del gran Spider? Realmente, los que lo conocían, aunque fuse de vista, confirmaron su identidad, completamente anonadados por su presencia. Incluso Doggy Demon enmudeció, saboreando su derrota. Pocos raperos eran capaces de una hazaña de tan calibre. 

DJ Hi-Tek
Die fokken Antwoord

What's my name?-susurró al oído de Alois, quien, completamente sonrojado, volvió a repetir su línea.

I, I, I (I'm a spider)
I am your butterfly
I need your protection
Be my samurai
I, I, I (yo I'm a spider)
I am your butterfly
I need your protection
Need your protection

I, I, I (Yo I'm a spider)
I am your butterfly
I need your protection
Be my samurai
I, I, I (a motherfuckin' spider)
I am your butterfly
I need your protection
Need your protection

-¡¡Creo que tenemos ganador!!-gritó Tim en ese momento, recibiendo la ovación del público. 

El aristócrata observó a Spider orgulloso, quien le devolvió la mirada, no sin antes haberle hecho un movimiento de ceja a Doggy Demon, restregándole su victoria. El corazón de Alois nunca había traqueteado tan fuerte. La sensación era indescriptible, estaba en una maldita nube en aquel momento. 

-Ahora puedes hacerlo.-susurró Spider al oído de Alois, quien interpretó sus palabras y le hizo un corte de mangas al enemigo derrotado desde el escenario, soltando una carcajada. 

El show semejaba perfecto. 

De no ser por una presencia en el público.