sábado, 30 de marzo de 2013

I am your bitter-fly. Capítulo II


-Esta vez tiene que salir perfecto, lil’ dude, la pelea de gallos es mañana y tengo que dejarlos a todos con los huevos de corbata.

-Podrías ser algo más delicado hablando conmigo, ¿no? Soy un Trancy, no una puta de esquina.

-Mira quién fue a hablar…

Alois deslizó su lengua afilada por el papel de fumar que envolvía la aromática hierba que le había proporcionado Spider para compartir. La canción que le había susurrado el joven cuando le había salvado había sido el detonante perfecto para crear un rap que enmudeciese a sus enemigos y le coronasen, de una vez por todas, como el mejor MC de todo Londres. Quizás era por eso por lo que había decidido invitarle al día siguiente a su casa para, con la mesa de mezclas en frente, ponerse a componer y ensayar la nueva creación conjunta. Spider, a pesar de ser un muchacho todavía, ya había cumplido los dieciocho años, con lo que tenía la potestad de vivir solo. Eso tranquilizaba en cierto modo a Alois. Podrían fumarse un porro tranquilamente sin miradas acusadoras a su alrededor, eso era una seria ventaja. Con su propia inhalación avivó el fuego que quemaba la punta, saboreando el costo concentrado de la primera calada. La expulsó muy suavemente, acurrucando su mejilla en la cama de Spider, sobre la que estaba tumbado sin reparo alguno. Quizás era psicosomático, pero se sentía mucho más relajado. Aunque no tenía ningún problema en traspasar puertas ajenas incluso sin permiso, el simple hecho de volver a ver a Spider después del incidente con los trillizos ponía su corazón en ebullición.

-Vale, creo que ya lo tengo. Una base sencilla con sintetizadores realza más la letra y…-Spider se giró al percibir el olor del porro recién encendido, tan inconfundible, y frunció el ceño.-Eh, gracias por avisar, ¿no? Comparte, lil’ dude.

-Oh, por favor, ¿no puedes llamarme de otra forma? Seguro que así los llamas a todos.-refunfuñó el joven, entregándole con resignación lo que le había pedido.

-¿Es normal en ti que te quejes por todo, o solo lo haces conmigo? Puto lil’ dude.

-Me llamo Alois, ¿tan difícil es de memorizar? A-L-O-I-S.-se lo deletreó incluso, con cierta sorna, meneando la cabeza a cada golpe de letra.

Spider suspiró con cierta molestia, inclinándose hacia delante para apoyar los codos en sus propias piernas, desviando la mirada hacia el techo mientras apretaba los dientes. No sería ético cruzarle la cara a su musa, por muy repelente que llegase a ser.

-Bueno. Lil’ A, ¿te vale?

Le entregó de nuevo el porro tras haberle dado la calada de rigor. Alois se abrazó a la almohada, jugueteando con el canuto entre sus dedos antes de acercar el filtro a sus labios. En cuanto la marihuana comenzaba a transitar por su cuerpo, los recuerdos afloraban con una cruel y dolorosa facilidad.

-Mi hermano pequeño me llamaba Lois. No sabía pronunciar muy bien todavía. ¿Te importaría llamarme así alguna vez…?

Spider escudriñó el semblante de su compañero. Sus ojos rozaban el filo de las lágrimas, aunque todavía permanecían cuajadas por voluntad de su dueño. No se atrevió a preguntar. Aunque haber sacado el tema de su hermano repentinamente y el hecho de hablar de él en pasado le intrigaba, era mejor no meterse en los asuntos ajenos. Como él siempre decía, “que cada perro se lamiese su propio capullo”. Romper esa regla de oro solamente le traería problemas, no sería la primera ni la última vez. Sin embargo, dudaba si sería efecto del THC o realmente aquel joven estaba suscitando sentimientos que creía perdidos, le contestó, tornando su tono seco y cortante a una voz más dulce y tibia.

-Si me acuerdo, lo haré.

Si algo bueno tenía fumarse un porro entre dos personas era esa sensación de beso indirecto. Sentir la saliva del otro todavía impregnando el filtro de cartón. Su sabor todavía latente, burbujeante, delicioso. Poco tardó en hacer su efecto la droga. A medida que iba transcurriendo la tarde Alois y Spider iban sintiéndose más cómodos uno con el otro. Tanto, que, sin siquiera mediar entre sus emociones y sus propios actos, acabaron acostados uno al lado del otro en la cama, abrazados fuertemente, sin dejar un recoveco de carne sin cubrir. Se les escapaba alguna risa nerviosa por la situación a la que habían llegado, mas era silenciada con miradas furtivas y ensayos de la canción, utilizando como ritmo el tamborileo de los dedos de Spider contra la cabecera de la cama. Se sentía tan cálido, tan familiar…

-¿Me dejas ver la mano? ¿Cómo la tienes?-tomó la extremidad de Alois para poder acercarla a sí mismo. Estaba vendada hasta la muñeca; una quemadura tan profunda con un cigarrillo no era un asunto liviano. Quizás tendría que visitar la consulta de la enfermera unas cuantas veces para que no le quedase demasiada cicatriz. Sin embargo, al simplemente acariciar la superficie del apósito, Alois no reprimió un fortísimo chillido.

-¡Quieto! No… ¡No toques ahí! ¡Duele mucho!

Spider le obedeció, como un buen sirviente ante las órdenes de su amo. Sin embargo, aprovechó la ventaja de que no le había impedido tocar otras partes de su cuerpo. Sus rudos dedos acariciaron el palpitante cuello níveo del joven púber. Suavemente presionó su mejilla contra su pecho, siendo correspondido automáticamente por un abrazo que olía a costo y colonia de Adolfo Domínguez. Spider inhaló su aroma una vez más, enterrando la nariz en la ropa del contrario con cuidado de no doblar las patas de sus gafas, haciendo que se le escapase un inocente suspiro. Alois retrajo los hombros, acercó la cabeza de Spider todavía más hacia él y notó, porro todavía en mano, cómo su corazón latía con fiereza contra su tímpano.

-Podría hacer un buen rap con este ritmo, ¿te imaginas?-propuso Spider, tamborileando una proyección perfecta de las palpitaciones que escuchaba contra el cabecero de la cama, moviendo incluso la cabeza.

Alois no pudo contener una carcajada de halago. Hasta entonces nadie había valorado su vida de ninguna manera, ni siquiera él. Mas ahora un chaval del instituto de al lado, cuatro años mayor que él y que no conocía apenas de nada valoraba el sonido de su corazón elevándolo a la categoría de melodía. Sentía como si le conociese de siempre, como si ese primer encuentro solo fuese uno de tantos. Acercó el canuto a sus labios para aspirar de nuevo el humo, muy lentamente. Quería que Spider lo notase, lo procesase con calma, se excitase con solo oírlo.

-Es una buena mierda. ¿Dónde la conseguiste?

-La vende un tío de mi clase. Aunque no creo que quiera vendértela.

-¿Por qué?

-Bueno, ya sabes… Sois del colegio de los ricos. No es que os tengamos mucho aprecio… Aunque creo que si les digo que es para mi Lois, me la venderán.

Spider esbozó una cálida sonrisa mientras hablaba. El muchacho no podía creerlo, no solo le había llamado Lois, como solía hacer su hermanito, sino que le había añadido un “mi” delante, declarándolo como de su propiedad. Nada podría hacerle más feliz que eso. Tomó el rostro de Spider entre sus delicadas manos y le robó un beso, comiéndole literalmente la boca entre espasmos de emoción. Juntaron ambas frentes, con los ojos cerrados, guiándose por el resto de sentidos para buscar los labios ajenos. Todo estaba yendo demasiado deprisa.
Mas esa era la magia del rap.
La rapidez, el ingenio, la visceralidad.

...

-Vamos, levanta, lil’ A. Ya son las once, y me niego a ser tu niñera.

Esa voz era inconfundible. Alois entreabrió los ojos, intentando averiguar dónde se encontraba. Desde que había perdido la conciencia de sí mismo no se había movido de la cama de Spider, incluso había dormido en ella. Eso sí, conservaba la ropa puesta. Parece que su calentón nocturno no había llegado a nada más que a unos cuantos besos.

-Hm…No quiero ir a clase…-murmuró, haciendo un mohín, estirando los brazos como un minino para desperezarse.-Además, no creo que me echen de menos.

-Me da igual si te echan de menos o no. Si no quieres ir es asunto tuyo, pero no será problema mío, así que levanta.

Alois obedeció, con cierta pereza en sus movimientos, volviendo a estirarse al encontrarse de pie. Al menos, llevaba el uniforme puesto, por lo que no tendría que pisar su casa.

-Spider, sigo teniendo miedo de ir solo por la calle. ¿Me acompañas?

Diez años


Diez años. Miles de millones de amaneceres. Cientos de recuerdos. El tiempo pasa, la pupila llora. La piel se cuerea, los años fluyen. El cabello crece y se corta, se arranca y vuelve a emerger. La mirada cambia, se conforma más madura, más cansada. Lo que siempre permanece en su lugar son los sentimientos. Si han nacido de la pureza se mantienen adheridos al corazón, latiendo a su ritmo. Y de ellos emerge el anhelo, emerge el desasosiego, la esperanza, la impaciencia. Un deseo común que fluye por venas de cuerpos distintos, que a la vez se han conformado en uno. Una rosa que florece y jamás se marchita.

“Volveremos a encontrarnos”



Nezumi se llevó a los labios el filtro amarronado de su cigarrillo. El tiempo escapa, el futuro se presagia y consolida, pero las malas costumbres permanecen y arraigan en la humanidad. En diez años había aprendido a fumar, a sobrevivir con la mínima aportación de recursos, a amar, a no juzgar. Pero había dos hogueras que no había podido extinguir: su espíritu revolucionario y todo lo relativo a él. Shion, la serpiente que alimentaba su pecado, la única persona que había entrado en su alma para no salir. No había día que no le extrañase. Que no sintiese la culpa azotando sus entrañas. Necesitaba meditar y estar solo, poner en orden su conciencia, abrazar su pasado. Mas siempre lamentó la raíz de su comportamiento adolescente, el hecho de haberle dejado solo, de poder alejarse de él sin siquiera mirar atrás para verle una última vez. Cada noche se cubría los labios con la lengua y aún parecía sentir el sabor del último beso. La reminiscencia de sus caricias todavía palpitaba dentro de su memoria. Tantos amaneceres había despertado solo y todavía se giraba para ver si, por alguna casualidad del destino, el albino dormía a su lado.

Diez años.

Diez años le llevó reconciliarse consigo mismo.

Y decidir volver de una vez por todas a casa.

La ciudad había madurado y florecido como la flor de un cerezo. No era perfecta, pero tampoco era lo que se había pretendido. Los antiguos habitantes de No. 6 y el Distrito Oeste, a pesar de las reticencias, habían sido capaces de dejar a un lado lo que les diferenciaba y sentirse pertenecientes a un mismo lugar. Y todo gracias a su joven presidente. Un hombre de apenas 26 años que había hecho por la nación lo que varios consejos de sabios nunca habrían logrado. Un gobierno basado en la libertad, la igualdad y la fraternidad. No todo el mundo estaría de acuerdo con él, mas la decisión de terminar con las falsas utopías era unánime. Y eso fue lo que le permitió conseguir el mayor cargo administrativo del páramo. Nezumi pateaba las calles observando cada detalle a su alrededor. Apenas si conseguía orientarse entre las ruinas de lo que fue su hogar, entre los edificios que despuntaban al cielo. Hacia el horizonte, se decía, hacia donde el sol se pone. Allí estaría su antiguo hogar. Aquel lugar en el que habían pasado tantas horas juntos.

Ciertamente allí estaba. Como siempre. No había cambiado nada. A pesar de haber modificado toda la ciudad, en las afueras, aquel edificio subterráneo seguía intacto. Al menos en la apariencia externa. Nezumi se adentró en él, mas no podía evitar que los pensamientos lo bombardeasen. ¿Qué pasaría si Shion se había cansado de esperar? ¿Estaría casado con otra persona? ¿Le reconocería? ¿Le ordenaría irse? ¿Estaría resentido con él? Pensó en dar media vuelta. Quizás no había sido buena idea haber vuelto. Quizás Shion había continuado con su vida de tal manera que su presencia solo dañaría su corazón tan puro y frágil.

La puerta se abrió.

Nezumi contuvo su aliento.

Entre el hueco de la puerta se asomó una carita. Era un niño, apenas si rozaría los nueve o diez años. Sus ojos castaños escudriñaron al pasajero. Alzó una ceja. Sin cerrar de nuevo,  giró la cabeza y chilló:

-¡Papá! ¡Hay un vagabundo en la puerta! ¿Le dejo pasar?

¿Un vagabundo? ¿Qué demonios está diciendo este crío? Nezumi estuvo a punto de contestarle, mas en ese momento otra voz le paralizó. Un tono conocido, dulce, que hablaba bajito y tiernamente. Podría reconocerlo en cualquier lugar. Incluso si no pudiese oír sentiría sus vibraciones.

-Espera ahí, cielo, voy a atenderle.

Y el pequeño se mantuvo mirándole sin ningún tipo de recelo. La gente de aquella nueva ciudad parecían individuos confiados. El gobierno de Shion les había convertido en individuos que no tenían nada que temer. Si la seguridad era buena, el miedo estaba fuera de lugar. Le había llamado “papá”. ¿Entonces sí tenía un hijo? ¿Y quién se supone que era la madre? ¿Había hecho bien en haber perturbado su vida familiar? ¿Se vería con ella en algún momento? ¿Podría soportar el odiarla, por Shion? En ese momento la puerta se abrió completamente.

El hielo apuñaló al fuego.

Las llamas le convirtieron en agua.

No habían cambiado nada. Absolutamente nada. El pelo de Nezumi solamente había crecido hasta la mitad de la espalda. Shion simplemente había mudado su vestimenta por un traje negro. Sus ojos color rubí se llenaron de lágrimas en un instante. Quiso consolarle, mas descubrió que no podía moverse. El shock les había paralizado los cuerpos. Era él. La persona que le había salvado la vida. El príncipe que había convertido sus sueños en una tangible realidad. Sus labios, su mirada, sus manos. Solo habían envejecido diez años. Diez malditos años. Su trasfondo permanecía. Aunque a una rosa le varíes su nombre seguirá manteniendo su fragancia. Qué demonios, ni siquiera Shakespeare sería capaz de describir en la mente de Nezumi todas las emociones que le golpeaban en aquel momento. Estaba hermoso. Más mayor, pero hermoso. El amor que sentían se inflamó en su interior. Dolía. Latía. Se sobrecalentaba. Con solo una mirada miraron dentro del otro, ventanas abiertas, espejos inversos. Notaron todas las lágrimas, todos los desvelos, todo lo que habían vivido, sufrido y soportado. Lo compartieron todo. Con una simple mirada.

Apenas un suspiro. Una lágrima. Un aliento.

Los pies de Shion se precipitaron. Le rodeó con sus brazos. Le estrechó contra sí. Tanto tiempo que no sentía su torso contra el suyo. Una calidez tras el esternón. La sangre burbujeando. Un escalofrío. El placer, el alivio, la ausencia total de dolor. El llanto se convirtió en cascada que emanó de sus ojos cerrados fuertemente. Escondió la cabeza en su cuello. Su olor. No lo había perdido. Seguía allí, remanecía el sonido del viento y los árboles, el aroma a hojas, a tierra, a hierba fresca. Le quería cerca, más cerca, tan cerca que le cortase la respiración. Diez años que se le habían hecho eternos. Diez años añorándole, echándole de menos. Diez años de incertidumbre, diez años preguntándose si estaba siquiera vivo. Diez años que se disiparon, que se resumieron en un solo minuto, en un abrazo. Las manos se Nezumi envolvieron su espalda. No podía creerse que aquel momento hubiese llegado. El deseo que su lengua púber enunció antes de evaporarse en el horizonte. “Volveremos a encontrarnos”. Y todo seguía igual. Sus lágrimas cálidas acariciaban su cuello. Su propio llanto se sintió como una liberación. No pudo reprimirlo, su fuerza se desvaneció, quiso sentirse débil en los brazos del hombre al que siempre había amado en silencio. Quiso chillarlo, que todo el mundo supiese que Shion era su vida entera, que los años que había pasado sin él le habían creado un vacío interior que solo aquel contacto llenaba.

Shion se apartó. Juntó su frente. Sintió la oposición del cráneo ajeno. Sonrió entre lágrimas.

-Sigues como te recordaba. Dime que no estoy soñando.

Un gemido se atragantó en sus labios. Nezumi le acarició. Negó con la cabeza. Era real. Demasiado real. De una vez por todas era real.

-Papá, ¿por qué lloras?

La voz del pequeño les interrumpió abruptamente. Su padre giró el rostro para poder mirarle. No podía detenerlo. Era demasiado intenso. Sonó tan dulce como siempre, con un atisbo de temblor y ahogo que llenaba a Nezumi de ternura.

-¿Recuerdas que te dije que papi volvería?-se llevó una mano a la boca, antes de poder continuar.-Es él.

Nezumi se sintió conmocionado. ¿Papi? ¿Le había hablado de él? ¿Entonces aquel niño no era fruto de ningún matrimonio? ¿Realmente había sido capaz? ¿Su corazón había soportado la soledad, el sufrimiento, solo para poder estar con él?

-¿Me has estado esperando todo este tiempo?-no pudo evitar preguntarlo. Tampoco pudo evitar que sus ojos grises se cristalizasen en llanto.

-Nunca dejé de hacerlo.

Te amo tanto, Nezumi…



I am your bitterfly. Capítulo I

Apenas si rozaba los quince años y ya podría distinguírsele por llevar un cigarrillo siempre entre los dedos. En el instituto al que iba, una institución privada de las más elitistas de Londres, en pleno corazón del barrio de Westminster, no le permitían fumar en el recinto, pero se escabullía siempre que podía. Las clases se le antojaban aburridas, demasiado tediosas para su forma de ser infantil e hiperactiva. Podía decirse que no era más que un niño con un pitillo. Aunque debajo de su piel guardaba una seria y pesada responsabilidad. Era el futuro heredero de los Trancy, una familia chapada a la antigua, con ciertos parentescos con la nobleza, que se dedicaban a manejar grandes cantidades de dinero viviendo de sus influencias. Él se aprovechaba, desde luego, de su poder, mas ejercerlo no era más que otra ocupación odiosa que le restaba tiempo para divertirse. Ahora que había abrazado su sexualidad y otros tantos placeres de la vida no quería encerrarse en un despacho a trabajar. Se pasaba las tardes en su habitación fumando como un tren en marcha, fingiendo estar estudiando, hasta que por la noche salía a la discoteca a provocar, con unas cuantas copas encima, y quizás alguna que otra raya de cocaína. Al menos su padre estaba muerto. No podría volver a ahogarle nunca más bajo su yugo.

 La clase de matemáticas no le ofrecía nada interesante. Los números no eran nada más que inventos del hombre para intentar mantener todo bajo control. Y Alois disfrutaba de la entropía. Caminaba por la calle moviendo las caderas como una mujer, embutido en unos pantalones vaqueros pitillo que se ceñían a sus huesos, y una camiseta de rayas un tanto floja debido a su delgadez. Encendió un cigarrillo y comenzó a caminar sin rumbo por la ciudad, sintiendo el viento acariciar su cabello rubio suavemente. Comenzó a tararear una canción improvisada mascullada entre el filtro del cigarro. Su voz sonaba dulce y aguda como una campanilla, como un xilófono tocando sus notas más agudas. Ni siquiera se percató, en su ensoñación, que se introducía en un oscuro callejón...

 -Vaya, vaya, mira a quién tenemos aquí.-se escuchó la voz de un chaval entre las tinieblas, que poco a poco fue haciendo su aparición, junto con otros dos, exactamente iguales a él. Altos, desgarbados, con el cabello teñido de violeta, portando varios piercings y tatuajes de dragones japoneses. Aquel que alzó la voz llevaba una navaja con la que apuntó al joven Alois, provocando un estremecimiento en su corazón.-¿No es uno de los niños ricos del instituto de al lado?-desgraciadamente, se reconocía por su uniforme escolar.

 -No es uno cualquiera, Thomson. Es el hijo puta Trancy. ¿Te crees con el derecho de venir a nuestro callejón? ¿Crees que vales más que nosotros?

 Desde luego, si algo caracterizaba a Alois era su poca capacidad para callarse cuando debía hacerlo.

 -Voy a donde me sale del culo, gilipollas, este sitio no tiene vuestro nombre de perros sarnosos. Apartáos.

 Los pandilleros soltaron, al unísono, una carcajada que le enmudeció de repente. Entre los tres le arrinconaron contra una pared, y con un simple gesto de uno de ellos, que parecía ser el líder, los otros dos le inmovilizaron, propinándole un codazo en el estómago para tumbarle en el suelo y pisando su espalda para poder mantenerle en el sitio. Era evidente que entre los tres le podían con creces. Uno de ellos cogió el cigarrillo que todavía sujetaba y con él, todavía encendido, le quemó el dorso de la mano con saña. Los chillidos de Alois quebraron el silencio de la calle en dos.

-¡¡Soltadme!! ¡¡Os mataré, lo juro, os juro que os mato!!

 -Parece que todavía necesitas una lección, Trancy. Canterbury, ¿tú crees que tendrá el culo tan prieto como parece? Bájale los pantalones. Vamos a ver lo que soportas que te metan, maricón.-y en ese momento, alzó la navaja ante sus ojos. La intención estaba más que clara. Alois se retorció, pegando patadas al aire, gimiendo, aunque sin pedir clemencia en ningún momento, sino ordenándoles que le dejasen libre, lo cual todavía enfurecía más a los trillizos, quienes se reían con malicia.

 El joven sentía que se desvanecía su aliento. Sus pantalones descendieron por sus piernas llenas de vello incipiente. El dolor de su mano era insoportable. Retrajo sus glúteos, flexionó las rodillas, pugnó por darse la vuelta, pero era inútil. Eran tres contra uno, su victoria era más que imposible. Sus sollozos sonaban agonizantes y entrecortados como sus palpitaciones atemorizadas. Poco a poco podía sentir con mayor claridad la navaja acercándose a su carne.

 En ese momento, todo se detuvo. El tiempo, el aire, las risas. Alois levantó suavemente su cabeza, intentando averiguar qué sucedía a través de su visión borrosa por las lágrimas. Un chaval bastante mayor que él, vestido con una sudadera blanca y unos pantalones caídos, al más puro estilo Eminem, les daba a aquellos tres la paliza de sus vidas. La sangre salpicaba las paredes, unos cuantos dientes abrazaban el asfalto, uno de ellos tenía el tabique nasal roto. Alois no daba crédito a lo que sus ojos vislumbraban. Un guerrero callejero había emergido de entre las sombras para salvarle. Un hermoso samurai moreno que consiguió no solo acobardarlos y que huyeran, sino salvaguardar su integridad física. Se arrodilló ante él, tendiéndole su mano ruda llena de raspazos en los nudillos. Le conocía, al menos de vista, de haber oído hablar de él entre sus compañeros y señalarlo al verle pasar. Era del instituto de Balham, repetidor nato. En la calle le conocían como Spider, uno de los mejores raperos de los alrededores.

 -¿Estás bien, lil' dude?-le cuestionó, con una voz grave y cavernosa.

Alois se abrazó a él sin pensarlo dos veces, presionando su cuerpo propio con el ajeno. No podía creer que estuviese bien. Había podido recuperar el privilegio de respirar, mas sus labios temblaban provocando un suave ronroneo ante la entrada y salida del aire en sus pulmones. Flexionó sus rodillas, intentando con ello colocar mejor su pantalón, aunque no le importaba estar medio desnudo. Los brazos del desconocido le proporcionaban una protección cálida que nunca había sentido.

-Gracias... Gracias, gracias, gracias...

 -Eh, no te molestes, lil' dude, esos eran unos hijos de puta a los que se la tenía jurada.

 -Te lo compensaré, lo prometo... Tengo algo que sé que quieres.

 Spider alzó una ceja, observando desde arriba al muchacho rubio, quien se aferraba a su pecho como a un clavo ardiendo.

 -¿Qué se supone que tienes?

 Entonces lo supo. La canción de Alois encontró letra. El ritmo de Spider comenzó a latir en su cabeza. Efectivamente, él era lo que estaba buscando, la pieza clave que su rap necesitaba. Mas no se percató hasta que el joven se irguió, acariciando su rostro, tarareando con su cristalino tono:

 I, I, I, I am your butterfly. 
I need your protection, be my samurai. 
 I, I, I, I am your butterfly. 
 I need your protection, need your protection

martes, 1 de mayo de 2012

Miau

Cuando te sientas triste recuerda
que en algún momento, en algún lugar del mundo
un gatito está necesitando tu cariño.



Y entonces sonreirás.

Russian Roulette

Juguemos a la ruleta rusa, juntos. Terminemos con la tristeza, embebámonos, juntos. Dejaré que tú aprietes el gatillo. Sé que no va a doler... más aún

sábado, 3 de marzo de 2012

Red Riding Hood

¿Dónde se ha visto una Caperucita que no domine el reino de los cuentos, que tema deambular por el bosque por mancharse de barro sus zapatos comprados en la calle de moda en París, que cada vez que las espinas se enreden en su capa chille un
AY, COÑO
con toda la fuerza del mundo? ¿Cómo ha de concebirse que en medio del bosque, donde no existen los GPS, los taxis, los iPhone ni los teléfonos móviles se sienta perdida? Podría ser un pasto fácil para un lobo feroz que poseyese una migaja de ingenio.


En medio de un descampado, en el corazón del bosque, una cama, y en esa cama dos personas abrazadas, durmiendo plácidamente, siendo acariciados por la apacible sombra que les brindaban las copas de los árboles. La curiosidad mató a la Caperucita. En cuanto se encontró lo suficientemente cerca pudo observar miles de colores parcialmente cubiertos por una sábana. Eso es...¿un corazón? ¿Y unos pulmones? ¡Se mueve!
AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH

Venus abrió los ojos súbitamente. Su corazón se desbocó, sus pulmones comenzaron a hincharse y deshincharse rozando la hiperventilación. ¿Quién era aquella mujer vestida de rojo, qué demonios hacía mirándola y chillando? ¿No habría visto...? Oh, Dios, su interior. Se llevó ambas manos a las vísceras palpitantes, confiando en poder salvaguardar un ápice de intimidad.

-¿Qué cojones pasa?

-Oh, Ville, gracias a Dios, gracias a Dios que tú...

De barbilla para abajo podía incluso verse a través de su piel de cristal cómo resbalaba la saliva.
AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH

Ambos aferraron las sábanas a la vez para poder cubrirse. Dios mío. ¡Nadie podría haberles pillado más desnudos!

-V...Vale. Ville, llevamos diez días saliendo juntos, diez, ¿¡y ya me has puesto los cuernos con una....una...muerta!?

-No es una muerta, es Venus, llevo tres años a su lado.

-¿Y a ti por qué coño se te ve...TODO? Ay, Dios, esto es de locos, de locos.

-Vamos, en este lugar todo es posible. Podría abrirte en canal y tu corazón seguiría latiendo con normalidad.

-Haz eso y te juro que te arranco la polla.

Venus volvió de nuevo a orientar la mirada hacia la joven Caperucita, y hacia Ville. Juraría haber visto una escena similar, frente a frente, aunque más acaramelada de ellos dos. Recordó lo mucho que sufrió el día en el que concibió lo que había pasado.

-Es ella, ¿verdad?-se atrevió a preguntar, sabía que llegaría ese día, le sobraba tiempo para levantarse de la cama, mas ni siquiera se pudo mover.

-Veréis, no es lo mismo lo que sienta mi cuerpo que lo que sienta yo. Él está enamorado de Sandra, pero yo te amo a ti, Venus. Ni él manda en mí ni yo en él, así que no puedo dejar a ninguna de las dos. Supongo que tendréis que acostumbraros una a la otra.

Una lágrima resbaló de los ojos de Venus, convirtiéndose en un amoroso copo de nieve al llegar a la sábana. Ojalá el cuerpo de Ville estuviese enamorado de ella, y pudiesen hacer el amor sin que se desvaneciese en humo, pudiese tocar su piel blanca mate sin ver cómo se libera la testosterona de sus cápsulas suprarrenales, cómo sube la oxitocina por su médula espinal para llegar al hipotálamo, que pudiese ser una relación normal, una pareja normal, en el mundo real. Pero no iba a pedirle algo imposible. Sandra y ella intercambiaron una mirada fugaz. Envidiaban la suerte de la otra con una voracidad feroz. Mas pronto se supo quién fue la que supo darlo todo.

-Sabes que haré lo que sea por ti, Ville. No dejaré de sentir lo mismo por ti por algo así

-Te quiero tanto...

Dudo que alguien pudiese resistir el magnetismo de un amor tan grande. Los dedos de Ville recorrieron la cicatriz abierta, acariciando con el dorso de la mano la sangre que envolvía sus órganos e iba resbalando poco a poco. Venus se inclinó, como lacayo buscando perdón de un amo compasivo, y sus labios no tardaron en apoyarse sobre la piel de cristal de su amado. Podía notarse la aceleración cardíaca tras el beso en el entrecruzamiento entre la vena cava y el cayado de la aorta.

-Madre...creo que voy a vomitar...

La Caperucita parisina se inclinó hacia delante, mas de la arcada se desgajó del fondo de su estómago, impulsada por la pared muscular el esófago, una mariposa violácea. Podían incluso verse los nervios que atravesaban su tórax y abdomen.

-Me temo que me va a costar acostumbrarme

viernes, 2 de marzo de 2012

Epístola

Cuídalo bien, maldita, zorra, porque nunca tendrás a nadie que sea igual que él. Dale todo lo que se merece, no escatimes, nunca te guardes un beso si se lo puedes entregar, ni nunca reprimas una caricia si la puedes apoyar sobre su mejilla. Nunca dejes que llore, jamás, ni una sola lágrima, dile que hay tanta gente que le ama aunque él no sea consciente que no puede permitir rendirse por nada del mundo. Susúrrale cada mañana lo guapo que está, dile lo mucho que te conmueve su música, hazle el amor como nunca se lo hiciste a nadie, hasta que notes cómo se le sale el corazón. Cuéntale todo lo que sientes, sabes perfectamente que él sabrá escucharte. Perdónale si se encuentra cansado, espérale si alguna vez se va, concédele soledad si la necesita. Recuérdale que es lo más bonito que tienes en tu vida, y que jamás vas a dejar que se vaya.



No, estúpida, no estoy llorando. Cállate.


"Yo te amo, sí. El que tú no supieses nada de ello fue culpa mía. Pero no tiene importancia. Tú has sido tan tonto como yo. Trata de ser feliz"
El principito.